El virus de la vejez

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El director de mi banco, que es un señor muy previsor ya entrado en años, me ha enviado una nueva contraseña de cuenta bancaria que deberé utilizar a partir del mes de abril. Y me ha dejado un poco cariacontecido y casi con mala conciencia. No me atrevo a decirle que no estoy seguro de poder seguir sus instrucciones.No porque, como él sabe, yo sea muy negado para esas combinaciones de cifras y letras, sino que no sé si me lo permitirá el virus de la vejez, que es hasta más peligroso que el coronavirus, ese otro horror que nos ha llegado de Asia, y que mata sin consideraciones bancarias.

¿Qué hago entonces?

Porque resulta que para los que tenemos ya un cierto número de años, hechos, construidos, tallados, bordados a veces a base de vivencias y experiencia, el coronavirus es doblemente o triplemente peligroso. Se nos ha advertido sin miramientos que estamos en primera línea para que nos trague, por nuestra edad, y que somos una población de riesgo. Todas estas consideraciones expresadas con el mayor desprecio. Lo que no comprenden esos médicos a los que deberían enseñar cortesía elemental, urbanidad se llamaba cuando sus padres estudiaban, es que los viejos que somos nosotros tal vez resistamos menos que ellos, los más jóvenes, claro, a las embestidas de la bestia. Pero se olvidan de que pese a nuestros huesos cocidos por los años de trabajo, manual o intelectual, a menudo somos el último refugio que tienen los nietos cuando los padres no pueden atenderlos a necesitan una mijita de la experiencia a la que todavía no han llegado.Por lo tanto, si se nos lleva el coco asiático, ellos, los papás y mamás van a perder mucho más que nosotros. Ya no tendrán a quien cargarles la prole cuando ellos tengan ganas de pasear.Lo indignante que revela el coronavirus es la falta de respeto que se le tiene a los mayores en este país llamado España y donde existe el chiste de algunos viejos abandonados en las gasolineras cuando la familia joven se para para echar gasolina. Fuimos nosotros los que les hicimos a ellos. Si ese médico que despectivamente dice que eres un despojo humano de alto riesgo, tuviera dos dedos de frente pensaría en que está donde está porque sus papás, que hoy están enrolados en ese batallón de los deshechos humanos, han sabido siempre en su mayoría cincuenta veces más que ellos. Los que han estudiado porque han ejercido una profesión, incluso la de médico, mucho antes de que ellos aprendiesen las tres reglas, suponiendo que sepan que son tres reglas y no cuatro. Sabrían o deberían saber que la vejez es, salvo en el caso de cuatro imbéciles, de los que ellos quizá formen parte un día, un pozo de sabiduría.

Cualquiera prefiere un médico viejo que uno joven y reluciente que todavía tiene que preguntarse si tres por cuatro hacen doce o 120.La maldita pandemia china ha servido para revelar todas estas cosas. Lo malo es que quienes formulan esas palabras de “pacientes de alto riesgo” o simplemente de “riesgo” no piensan que esos viejos tienen también derecho a seguir viviendo un ratito más, aunque sea arrastrando un problema cardíaco o cualquier otra enfermedad. Echarlo a los animales invisibles que nos atacan actualmente es poco cristiano y todavía menos inteligente.Un viejo tiene mucho que enseñar y a un joven o medio joven le queda mucho por aprender, a veces cosas muy esenciales que su orgullo juvenil no le permite asimilar. Un viejo no es imbécil. Un joven en general sí por el orgullo y la suficiencia que arrastra. Pero, sea como fuere, tener ochenta años no quiere decir que hay que morir a la primera de cambio y, sobre todo, que ya no es un material reciclable. Porque uno, el viejo que tanto trabajó para aprender y para enseñar, cosas que tú, joven médico, quizá no aprendas en toda tu vida por muy talentoso que te creas, todavía te podría enseñar muchas cosas, la piedad por ejemplo. Hay un mínimo respeto. Un ser humano no deja de serlo porque tiene más años y diez veces más experiencia que el jovenzuelo que acaba de ser contratado porque faltan médicos y da igual quien atienda una consulta. Jóvenes médicos, ¿no se han fijado ustedes nunca que la mayoría de los enfermos, sobre todo cuando tienen la edad de saber elegir, escogen siempre un galeno de cierta edad, es decir de experiencia garantizada, que no necesite ver una radiografía para saber que su paciente tiene una neumonía? Sepan menos y sean más modestos. Un día ustedes también serán mayores para no decir viejos y entonces querrán que se les respete. Pues del mismo modo un enfermo viejo que sea o haya sido carpintero o albañil pide y exige el respeto y poder seguir vivo. Si a usted, maestro, le parece bien y cree que no estorbará.