Un bicho llamado coronavirus aterroriza al mundo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nunca me hubiese imaginado en ochenta años de vida que un día, de pronto, sin que siquiera soplara viento mortecino íbamos a volvernos todos locos.El pánico sacude a los europeos, acostumbrado a las simpáticas gripes de todos los años, a las vacunas sin más. De pronto, los caballos del apocalipsis han empezado a recorrer Europa de un rincón para otro cortando cabezas, deshaciendo tranquilidades, hundiendo las certidumbres. Todo el mundo tiene miedo, el coronavirus, la peste china nos persigue. Y poco a poco gana terreno-muertos.Los hospitales están desbordados, el miedo a lo irrefrenable, a lo inenarrable, a lo increíble, se va instalando en el mundo entero. Empezó por el continente europeo, cuando el bicho llegó sin que nadie lo esperaba. Ahora va de país en país, como si peregrinara en una venganza ancestral. No se escapa nadie. Ni niños, ni viejos, ni jóvenes. La vida ya no vale nada porque no sabes cuándo te va a llegar la peste. Los médicos están desbordados, quizá también asustados, porque nadie les garantiza inmunidad por bata blanca. El bicho tiene hambre y se va comiendo a lo que encuentra. Algunos médicos bromean, en las radios surgen emisiones simpáticas que quieren ridiculizar el virus que nadie sabe cómo, dónde ni cuándo llegó. ¿En una caja de frutas, en una botella de refresco? ¿O saltó por los aires desde un pueblo de nombre impronunciable de China, donde estaba agazapado. Las imaginaciones galopan. ¿No será una guerra bacteriológica? ¿No se le habrá escapado el bicho a alguien que jugaba con él?Imaginen en España. En la provincia de Valencia, donde tradicionalmente se queman muñecos construidos a lo largo de todo el año, auténticas obras maestras, es lo que llaman las Fallas, ha sido anulado. Nunca se había visto tamaña decisión desde que estalló la guerra civil española, en 1936. Pero lo peor es que nadie ha protestado. Porque el miedo es más fuerte. Este país llamado España que vive del turismo está asustado. Los turistas huyen, no vienen. Las reservas de los hoteles caen, la gente corre aunque no sabe por dónde hay que correr. Pronto llegará la Semana Santa, la celebración religiosa más importante de España. ¿Quién va a a atreverse a anular esa semana de folclore de misa perpetua, con enormes pasos, plataformas con imágenes de Cristo, de la Virgen y de otras representaciones de la crucifixión de Jesús el Nazareno? Y un público de miles y miles de gente. Y todo el mundo sabe que hay que evitar las aglomeraciones para dificultar el trabajo al bicho asiático. Pero, ¿quién va a atreverse a prohibir las procesiones con su música y sus ritos milenarios? ¿Qué sería España sin la Semana Santa? ¿Podrá más el miedo que la superstición y la tradición? Pues una gerente de un hotel de Sevilla, que como todos los otros establecimientos que viven de las camas y del mantel blanco dice esta mañana soleada de miércoles: “Nuestras reservas están en blanco. Nadie ha llamado para pedir una habitación”.

En países vecinos, las medidas son a veces más radicales. Igual que en España, se han cerrado las escuelas, trabajos abandonados o hechos desde casa, niños metidos en las casas, condenados a huir, mientras los padres no saben qué hacer. Italia en estado de sitio, cerrado a cal y canto. Y los abuelos sirven de poco porque como son mayores son el manjar predilecto del bicho. Las bolsas se derrumban, el petróleo ya ni se sabe. ¿Serán los gobiernos capaces de aguantar el tirón, de hacer frente a tanto muerto que no hace más que aumentar? 117.000 casos confirmados en el mundo entero. ¿Y cuántos muertos? Miles. ¿Y cuantos miles? Se hablaba el miércoles por la mañana de 4.131. Pero son cifras sin ninguna seriedad.

Los viejos tienen miedo. Son ellos los preferidos del bicho chino. Los roe, se los traga. Los viejos tienen miedo. Muchos ni salen a la puerta de la calle. Otros creen tomar precauciones con guantes, mascarillas y otras pavadas. Pero el coronavirus puede con todo. ¿Rezar? ¿Emborracharse porque dijeron que el alcohol mataba al virus? Da susto, pánico. Los grandes almacenes de alimentación son desvalijados en un santiamén. Los elegantes directores tratan de que no se les mueva la corbata cuando aseguran que no pasa nada. Que habrá comida para todos. Pero, ¿y si el bicho atacara a los alimentos, los inutilizara, los hiciera inservibles? Cuando en los años cuarenta los norteamericanos probaron sus bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, los japoneses no tuvieron más remedio que resignarse y además sabían que ya no habría más bombas. Pero la peste asiática no ha puesto fecha de caducidad a su maldad. Hasta cuándo va a seguir matando, estropiando, rompiendo ilusiones.

Los gobiernos dicen que toman medidas, anuncian medidas, dan dinero para que la gente pague algo, para que algunos puedan quedarse trabajando con el ordenador en casa. Pero están perdidos porque es la primera vez que tienen que enfrentarse con un enemigo tan astuto.¿Y mañana? ¿Y pasado? ¿Y el otro? Nadie se atreve a ponerle fecha a la pandemia. Nadie sabe cuánto durará.

Estábamos acostumbrados a las gripes anuales y a los cinco o seis mil muertos que dejaba. No parecía gran cosa. Pero el virus de la gripe está identificado, hay vacunas, la gente lo conoce, lo trata como de la familia. Pero, el coronavirus nadie le conoce, ni los chinos. Nadie sabe de sus intenciones. Si ha venido para quedarse semanas, meses, años, o toda la vida. Y salir de su escondrijo, de la nada, cuando se le antoje y armar de nuevo otro lio. En las calles de mi pueblo parece que veo menos gente en las calles y eso que es un lugar de playa y de sol. Y los que atraviesan la calle lo hacen como los toreros, desafiando el destino. Porque todos tememos que el bicho nos propine una cornada en cualquier momento, aunque no dejes de lavarte las manos, que es el remedio que nos aconsejan.Los hospitales están llenos y se dice que no se sabe si cabrán todas las víctimas del coronavirus.¿Y cuando se vaya? ¿Cómo será la vida cuando se vaya puesto que no se conoce su siclo, sus costumbres? ¿Viviremos con el alma en un puño esperando que en el momento menos pensado aparezca otra vez? ¿Y por cuánto tiempo?

Voy a lavarme las manos.

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