Dalí y la peste china
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr. 

Tengo muy poco de galo y mucho de todo lo demás, pero ahora siento como Asterix el Galo que el cielo se me va a caer sobre la cabeza. Mario Benedetti dijo algo así como que siempre había que volver a empezar, nunca darse por vencido, y creo que él sabía de lo que hablaba. Me merece un respeto enorme desde que un día escribió que cuando veía las piernas de su mujer creía en Dios. Ya hay que tener fe. Pero en estos tiempos de la peste china (coronavirus le llaman los científicos) se me aflojan las alforjas esas que todos llevamos una vez por lo menos llenas de esperanza. Se me ha caído el cielo sin que lo viese venir y la fe se me va a chorros. Sigo, como Benedetti, admirando las piernas de las mujeres pero ya no me parece tan milagroso como para creer en un dios que no existe a menos que sea un infame redomado.. Y el cuento contado con Jesús por medio no es lo mismo. Un celebérrimo historiador francés del siglo XIX y otras fuentes perdidas en el tiempo cuentan mil maravillas de Jesús el Nazareno, que era hijo de un pobre carpintero, vaya usted a saber lo que ganarían en aquellos tiempos, y tenía un don divino de curar y hacer todo tipo de milagros. Era como mi Orfidal, que una vez que lo tomo tengo fuerzas de pegar en el fondo de la piscina y salir a flote, como mandan los cánones. Hasta la próxima. Estoy releyendo un artículo que escribí hace tantos años que ya no me acuerdo si mis mocasines con los que había llegado a París estaban todavía suficientemente vivos como para arrastrarse al paso de Salvador Dalí que, por un capricho del destino, me había acogido con una especie de cariño condescendiente en el Hotel Meurice junto a su esposa en su suite, una especie de catedral dedicada a un genio. Yo era un chaval ambicioso, para pretender ser periodista era indispensable serlo, que se tomaba por Eugène de Rastignac, aquel muchacho de Balzac que busca fortuna en un París donde entonces todo era posible.

Dalí sabía que yo era un pastiche de ese personaje de Balzac y me miraba divertido, guiñándome un ojo para que me sintiera en confianza, riéndose de otro periodista viejo y pedante que quería hacerle decir cosas sobre el arte que él no quería decir. Creo que si me recibió como a un viejo amigo en su suite es porque le recordaba al ambicioso Rastignac que quiere hacer fortuna gracias a las mujeres de París, las grandes damas, claro, las que recibían a una multitud a hora fija en inmensos salones donde probablemente habría mucho olor a sudor, a brillantina y a perfumes. Y es que no había duchas.

Creo firmemente que Dalí habría querido ser ese niño terrible de Rastignac, capaz de cualquier cosa, de todas las bajezas para escalar las resbaladizas paredes de la alta sociedad francesa, donde las damas se ofrecían, ofrecían sus encantos en un segundo de descuido detrás de unos cortinajes y en la ribera de un canapé profundo. Pero el padre de Dalí era notario catalán y el hijo genial que le había caído en suerte no podía ni necesitaba ciertas libertades. Mi padre era un coronel de la Guerra Civil española y seguro que de haberse encontrado con Dalí y su bigote espeluznante relleno de miel Dios sabe de qué panel lo hubiese mandado fusilar. Porque en aquellos tiempos de guerra civil en España los militares detestaban a los intelectuales, tanto más si eran genios. Hubo un célebre general de Franco, el amo de todos aquellos militares ambiciosos y castrados mentalmente, que mandó matar de la manera más ignominiosa al único poeta que ha tenido el mundo, Federico García Lorca, que, pese a estar torcido sexualmente, era capaz de contarte y convencerte de que se había llevado una mocita al río y que la había montado como una jaca dócil y divina.

Todos los demás poetas que le siguieron son de risa. Ni el facha de Neruda ni el pretencioso no sé cómo se llamaba. Lorca era un poeta sin par.Lorca era un Dalí, incomprendido, incomprensible, capaz de todo que no sobrevivió a la muerte. Lo mataron a tiros unos cobardes militares, gentuza de la peor especie, pero quizá de haber seguido viviendo no le hubiese gustado aquella España que se dibujó después de la guerra franquista. Curiosamente Salvador Dalí siempre presumió de franquista, probablemente porque su padre era notario catalán de Sitges, una especie muy particular. Dalí tuvo suerte cuando conoció a Gala, una belleza que era esposa de un amigo, Paul Eluard, y que tenía carita de angelito eslavo perdido en un mundo que era solo para los hombres capaces de reírse del universo entero. Gala lo entendió la primera vez que le vio, probablemente tomando un té como el que aquel día me sirvió con aire de geisha en una taza de porcelana fina en el Hotel Meurice, donde reinaban los miasmas de la capilla del mismísimo Cardenal de Richelieu. Pese a sus más de sesenta años, vestida como una princesa de Chanel, Gala era un monumento de mujer a la que cualquiera hubiese acompañado respetuosamente en procesión con velas y una banda de música de las que entristecen regularmente la Semana Santa.No sé si cuando me despedí de ellos, fue la última vez que nos veíamos después de varios encuentros, Gala me ofreció un beso. Pero me hubiese gustado. Lástima, era yo tan joven para comprender el honor de que aquella mujer vestida sin parecerlo como para participar en un desfile de Chanel me hubiese dedicado varias sonrisas. Pero todo eso se acabó. Ahora ha llegado la peste china. Quizá sea el fin y Fu Manchú aparezca detrás de una puerta.