Historia toscana
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Como nadie había tenido la decencia de darle un oficio decente –hubiera adorado ser ebanista, como el marido de una amiga que tuvo cuando empezó a no creer en dios—se puso a escribir porque se lo había dicho una profesora del liceo, de la que estaba enamorado. Así, casi sin proponérselo, se hizo periodista. Llegó a ser Redactor Jefe, enviado especial, una especie de Papa del papel emborronado.Dicen que escribía como los dioses, sobre todo cuando se había metido en el cuerpo tres güisquis con Perrier, nunca cuatro porque el cuarto era el de las faltas de orografía (sí, ortografía, cuestión de terreno), y pasó años hablando de lo que le importaba un rábano. De una explosión medio atómica en un Japón que todavía se acordaba de Hiroshima, sin mon amour, y de lo que hubiese que comentar. Para eso estaba él. Llegó un momento en que creyó de verdad que podía guiar a los descarriados, a toda esa gentuza que elige los oficios más cutres como banquero o político de tercera regional. Nunca la presidencia, eso era sagrado.Tuvo muchos éxitos, muchos fracasos, muchas mujeres, hijos, nietos y primo de algunos de ellos. Pero cuando llego a los cincuenta años de edad se dio cuenta de que lo suyo seguía siendo el oficio de ebanista, construir bellas escaleras que no conducirían a ninguna parte. Y también triunfó porque se negaba a dibujar una escalera que condujera a algún sitio.Se hizo sacerdote de una secta budista o algo por el estilo y pasaba mucho tiempo meditando con unas alumnas de la clase alta de la ciudad consagrada por el dinero cuyos padres se las confiaban para que le enseñaran a ser esposas irreprochables. Al principio fue un profesor impecable, porque entretanto había hecho unos cursos de teología para el hogar y con aquello y su físico de niño bueno y virgen convirtió la escuela en un harén, de donde las mocitas salían sabiendo todo lo que él sabía de sexo.

Un oficio que no hubiese podido ejercer en los años dos mil cuando las feministas salidas de unos Estados Unidos podridos por el infantilismo lo hubiesen mandado a un penal de esos en los que te ponen monos de color butano para que no puedas largarte así como así y te marches a pasear a Madison Avenue.Las niñas ricas le habían enseñado que lo único que valía la pena era el amor en toda sus facetas. Volvió a su antiguo oficio de escribidor y se instaló en un callejón del viejo Cairo, el más cutre, donde solo se podía entrar con un certificado expedido por la municipalidad. Tenia un tenderetes con máquina de escribir y plumas de ave. Allí acudían todos aquellos y todas aquellas que querían conseguir un novio y un matrimonio con un extranjero rico que les sacara de la ocupación de hombre o mujer sin más oficio y beneficio que construir pirámides para los turistas.

Conoció a muchos periodistas de ambos sexos que acudían del mundo entero, por lo menos de algunos países, para ver a aquel fenómeno que tantos premios había conseguido como periodista de élite y que ahora hacía de escribidor amoroso. Una de aquellas reporteras era italiana, hija predilecta de un político con peluquín y más millones que cualquier otro multimillonario que se enamoró locamente de él y le propuso llevárselo a descubrir las joyas del Nilo. Estaba convencida la muchacha, que realmente era una ricura, que en el fondo del rio estaban los tesoros de la Atlántida. Con este cuento y el resto pasaron meses enfangados pero no encontraron más que algún cocodrilo hambriento, y locos yihadistas que querían cortarles la cabeza pese a que ellos se habían bautizado al otro lado del rio Jordán.

Cuando cumplió cincuenta y cinco años se había creado una imagen de aventurero que le iba como un guante a la goleta que un día fuera propiedad de Errol Flynn y que su novia italiana había comprado para los dos.En unas memorias inéditas, contaba el periodista-ebanista que había pasado grandes momentos en aquel barco que aprendió a manejar como un verdadero pirata de Hollywood. Lo malo es que estaba locamente enamorado de la italiana que le había hecho abandonar su apacible trabajo de escribidor público y no quería saber nada más. Entonces se casaron según el rito de unos monjes que vivían en los Alpes del Sur.

Se fueron a vivir a un pueblo de Toscana donde ella poseía una propiedad tan grande como el mundo. Por una vez, se dijo el ebanista-periodista-escribidor, no será una historia infeliz.Fueron tan felices que él comprendió que la mejor vida es la que te fabrica el destino.Y a la chita callando volvió a escribir y un día le llamaron para decirle que era el favorito para el próximo Premio Nobel de Literatura.Un mes después volvieron a llamarlo. No habría telegrama de felicitaciones. El Nobel se lo habían concedido a un peruano llamado Mario Vargas Llosa que tenía más influencias que su mismísimo suegro, el multimillonario italiano.

Entonces volvió a la ebanistería y fabricó escaleras que volaban al cielo.