Cuba y los amigos que discrepan

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Tengo amigos que discrepan de mi forma de entender lo que pasa en Cuba, entre ellos un escritor francés que se enamoró de la revolución cubana y de esta isla y no admite que 60 años después se siga correteando aquí en busca de una Metformina o una lata de tomates, y un poeta nacido en el oriente, devoto cierto de José Martí, que se fue con sus bártulos a otros lares hastiado y que, como el francés, vive apegado en la distancia a lo que ocurre en esta tierra. Ya sé que esto no es noticia, pero me animó a escribir sobre el tema porque discrepar, disentir, cuestionar lo que se da por seguro, sostener la idea en que se cree contra viento y marea siempre será más provechoso que repetir frases y consignas políticas prefabricadas, dejar que otros piensen por nosotros y aplaudir muchas veces sin saber o sentir lo que se aplaude. Cuba está cambiando aunque falten muchísimas cosas necesarias, aunque a estas altura varias generaciones merezcan sin tenerla la tranquilidad que nunca alcanza en parte alguna por su entrega sin medir riesgos a otra forma de organizar la vida. Y puedo estar equivocado porque no soy juez, sino parte de una de esas generaciones, pero pienso que entre presiones grandes y siniestras desde del Norte, entre contradicciones nuevas en un país envejecido, en medio de la ineficiencia de empresas estatales, con lo mucho que falta para la relativa plenitud social, entre el cansancio generalizado y la burocracia expandida por un sistema que genera burocracia, esta isla de sufrimientos y sorpresas está asistiendo a otro comienzo en el empeño de encontrar un estilo de vida en el que no mande la soberbia de los grandes capitales.

Sé también que todo esto puede sonar a locura.  Por condición humana siempre se aspira a vivir mejor y tampoco puedo anticipar si al final de la partida volverán los tiempos anteriores a 1959, año ese en que todo comenzó. Sin embargo, de la estatificación casi absoluta al estilo soviético – “cuando la nieve rusa nos nublaba las entendederas”, según otro amigo-, el país evoluciona hacia la coexistencia de todos los tipos de propiedad conocidas, a paso lentísimo, es verdad, aunque es verdad también que de manera sostenida y ello, en esencia, implica un profundo cambio de impactos económico, político y social.  En la reforma de los años 90, la primera, esa práctica se paró en seco cuando llegó el auxilio del chavismo triunfante en Venezuela.

Es probable que si hoy no se estuviera asistiendo a otro parto en medio del día a día fatigoso que enfurece y agobia, el Emperador de Norte no se empeñaría en el ahogo.  No conozco ni a Díaz-Canel ni a sus ministros, cargo heridas que nunca cicatrizan por pertenecer a la “generación perdida”, como creo que calificó el escritor Leonardo Padura a aquellos muchachos que hace 60 años, seducidos por la revolución que acababa de triunfar a tiros, se sumaron al frenesí de cambiarlo todo para bien; sé del dicho de que “esto no hay quien lo arregle”; no soy héroe, arrastro muchos miedos y fantasmas, y no obstante entre todo lo anterior percibo, a lo mejor es que quiero sentirlo así,  que el país no está detenido ni acobardado por las sanciones que llegan y  – esperando la comprensión de los amigos que discrepan- confío en que se impondrá en sus esencias de igualdad social sin que determinen fortunas, apellidos o leyendas.