Paraíso perdido
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace ya tiempo que no leo más que lo ya leído. Las librerías están invadidas de “novedades” pero no me interesan. Gracias a ello he encontrado una joya. Hacía siglos infinitos, que no leía algo tan bellamente profundo, escrito con talento tallado en el alma, sin engañifas. “Paraíso inhabitado” lo ha apurado la novelista española Ana María Matute, fallecida a los 88 años, en 2014, pero que había escrito casi hasta el final. Cumpleaños felicísimo probablemente cantado por los niños del coro que le ofrecieron su personaje, una mocita de once años de la que te enamoras en la página tres y con la que lloras cuando el libro se ha acabado. Mocita impertinente, quizá salida de otro coro, que no vacila en decirle, reclamarle, a su padre que quiere vivir en una película, dentro de una película. Una vez escribí una novela titulada “Una vida de película” porque estoy convencido de que viví realmente una existencia que ni BillyWilder habría podido escribir mejor. Pero la protagonista de Matute me gana, me pisotea cuando con diez años (once, pretende ella con la tozudez de quien sabe lo que sabe que hay que saber) se encabrita y proclama: “…es que yo quiero estar siempre en el cine, quiero vivir en el cine…”. Y reflexiona (no olviden que tiene diez años) después de haber visto un filme con Loreta Young: “…su belleza me dejó anonada… En cuanto apareció la Princesa Loretta Young, todas las bellezas conocidas quedaron reducidas a cenizas”. El padre, al que pronto perderá de vista, porque advierte la niña al comienzo del comienzo del libro: “Nací cuando mis padres ya no se querían”, se maravilla de esa prodigiosa chiquilla que le ha caído en suerte pero que no sabrá conservar. Tal vez la autora de la novela comunica su propio amor del cine a su jovencita heroína que al correr de la novela, entre emociones sin fin, chillidos rotos de un buen fandango y sonrisas que a veces pueden convertirse en carcajada del lector, se va a transformar en una bella muchacha. Aunque está visto que la vida no es siempre fácil. Y la Niña, como la llaman todos los que la aman, (le pongo mayúscula porque se lo merece más que cualquiera heroína mítica), hubiera podido terminar con el grito de Escarlata en “Lo que el viento se llevó” cuando ya los planos van a confundirse con las luces que devuelven a la sala la realidad absurda de un día con lluvia. Hay otra escena en el libro que Gene Kelly habría adorado rodar en aquel estudio de París donde una tarde de los

felicísimos años sesenta charlamos del bien y del mal. Una tía queridísima y la Niña (se llama Adri, por Adriana) se presentan en un restaurante perdido en la gran ciudad, con rótulo de película de trepidante aventura, Michel Strogoff. “La puerta del restaurante era pequeña, de cristales y madera pintada de rojo”. Aparece el dueño, un ruso blanco, y la tía, Eduarda, se abalanza hacia él como en un “Love Story” cualquiera y le grita y abraza: “¡Michel, Michel, mon amour!”. Es una escena de película intimista, pero también de película con vistas al folclore del vodka disuelto en suculentos pepinillos ácidos y fuertes criados en madera de roble como la vida de los veinte años ilusionados. La Niña descubre que las personas mayores también pueden enamorarse. Y entonces, un poquitín más tarde, pero no mucho, cuando ya ha despegado de sus once años, empieza a jugar al escondrijo del amor con un chiquillo ruso con tirabuzones de muñeca. Ni siquiera juegan a la comba, ese infantil pasatiempo de la cuerda que ahora, con la estupidez de los tiempos, podría convertirse en modalidad olímpica.

Para todos los que no han tenido infancia, para todas las que han carecido de niñez, el de Adri es el más bello cuento navideño aunque hacia el final de ese jolgorio infantil adulto-apasionado se transforme, porque la vida manda. Y la vida no es siempre amable. Suele ser profundamente despreocupada en sus conclusiones.Pero entretanto, Adri habrá descubierto los secretos que los Gigantes (los mayores) pueden encerrar en un cuarto oscuro cuajado de viejos armarios llenos de polvo. Adri no saldrá nunca de ese piso que no es un piso cualquiera aunque ella lo crea. Es una cueva mágica donde a ella la tienen en palmitas sus tatas, las mujeres del servicio

que la conocen de siempre y la han amado para siempre, su hermana y ese muchacho ruso que ella cree que podría ser el amor de su vida y con el que se abraza hasta hacerse daño en las costillas sin que ningún lector, ningún testigo de este idilio infantil con visos de adolescente, pueda encontrar la menor gota de algo que no sea el amor de ángeles sin sexo. Nos habría gustado verla crecer después de la primera decepción amorosa que le procura la muerte. A mí me habría encantado saber cómo se las arregla sin el ruso. Si va a renunciar a la vida, al amor, a la existencia. Si se va a reponer de la maldita suerte. Si volverá a amar como amó los tirabuzones rubios del niño ruso.

Lamento que Ana María Matute no nos haya dejado en sus páginas la juventud de Adri. La abandona justo cuando se ha enamorado, con los años de la Julieta de Shakespeare. Romeo, ya se sabe… Al fina, Adri nos cuenta que cuando supo de la muerte de aquel incipiente amor fue incapaz de llorar. Pero se le escapa esta frase que se funde en el paladar entre lágrimas y alaridos de alegría: “Fue la primera vez que me morí”. La Niña es por sí misma una auténtica película que no nos gustaría ver terminar nunca. La verías en una sesión continua de locura en uno de esos cines que ya hace siglos se convirtieron en rentables aparcaderos, porque es un regalo para la inteligencia sin dobleces. Da una lección de vida que a muchos nos hace falta. La inocencia y la esperanza más pura en un mundo de peste bubónica a destajo. Es un regalo del cielo, de las hadas, o de quien usted quiera, pero seguro que de alguien que nos ama lo suficiente como para transmitirnos un mensaje de vida, de una vida que no necesita de tantos remilgos para llenarnos de gozo.