Mentiras en Cinemascope

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nos masacran con engaños todos los días que amanecen. Nos toman por cretinos diplomados. Nos restriegan a todas las horas del día las mentiras que radios, televisiones, periódicos de papel, digitales y face book tienen orden de meternos en el cráneo. Casi ununca una verdad entera. Casi siempre manipuladas a gusto.El mundo en que vivimos, donde pagamos impuestos que te ahoga mientras los gobernantes no pagan nada y lo recogen todo, se ha transformado por culpa de nuestra imbecilidad, de nuestra credulidad digna de cretinos a los que en tiempos ha metían en la Bastilla para no salir nunca más. El ejemplo más flagrante es reciente. Durante semanas y semanas nos han tenido engañados con el proceso que se preparaba con bombo y platillo para destituir a Donald Trump, el presidente de los Estados Unidos, que desde que fue elegido se cachondea del mundo entero cada segundo de su tiempo. No necesita jueces, ministros, jefes de servicios sofisticados como los tantos que se encargan de vigilar al mundo a través de esos aparatitos que nos permiten comunicarnos gratuitamente. Es él quien echa a la calle a los jueces, a los ministros, a los altos cargos de lo más alto, quien compra y vende y nadie dice nada. Y todos los que hemos estudiado, trabajado para saber estábamos convencido de que matemáticamente era imposible echar a Trump. Pero se hablaba del proceso como de algo ya hecho, que no esperaba más que el momento de darle la patada en el cuelo al reo. Y todos olvidaban que detrás de él estaban los republicanos, con mayoría para protegerlo. Pero era mejor distraer a la gente diciendo que por primera vez un Presidente de los Estados Unidos sería destituido bochornosamente. La gente estaba feliz y engañada.

Y todos hubiésemos estado encantados de que ocurriera. Porque es el primer Presidente de EEUU que ni siquiera manda una carta para avisar de que va a joder a un país reduciendo sus importaciones. Le manda un tuits y basta. Pero, ¿acaso no estuvo una temporada larga y penosa diciéndole al presidente de Corea del Norte que era un cretino y que su bomba atómica era mayor que la suya? Y todos nos reímos. Porque finalmente es un jodido lagarto embustero y marrullero pero con talento, como presentador de televisión que fue.

De esa misma televisión que él maneja con destreza. La misma televisión que nos engañó hasta el final haciéndonos creer que a Donald Trump le quedaba muy poquito en la Casa Blanca. Que los desahuciarían como a un pobre desgraciado del tercer mundo en el que vivimos los europeos. Porque hasta anteayer ser europeo, tener un pasaporte europeo era algo serio. Éramos los putos amos en un continente que había parido el mundo. Pero mientras Estados Unidos echaba a patadas a todos los individuos que le sobraban, empezando por los latinoamericanos sin importar edad o rango, los europeos repartíamos pasaportes a troche y moche. Conozco personalmente a algunos latinoamericanos, sobre todo argentinos, que tienen tres pasaportes, cuando los convenios internacionales prohíben más de uno.

Pues, sí, la televisión, de la que Trump fue estrella pagada como un millonario, nos tomó el pelo con el juicio del Presidente de los Estados Unidos. “Ya verán cuando los echen, tendrán que ir a dormir al terreno de golf que tienen en California”.

Está claro que no habría medios de comunicaciones, especializados la mayoría de ellos en mentiras bien pagadas, si no hubiese imbéciles que mirasen o escuchasen los telediarios, escritos, por decir algo, para convencer a la gente que tiene suerte de estar viva. De vez en cuando una catástrofe monumental en países como China, la India o poco más allá convencen a los incautos de que, efectivamente, tienen suerte de ser europeos.

Pues, miren ustedes, Donald Trump no tuvo que ir a dormir al hotel. Los senadores y toda la pandilla de sinvergüenzas que viven gracias a su existencia, y menos mal que en Estados Unidos solo hay dos partidos, republicanos y demócratas, qué sería en España, en Italia o en –Francia, votaron lo que él quiso. Y vayan acostumbrándose. Volverá a ser presidente y volverá a tomarles el pelo, a cachondearse de una clase política europea y latinoamericana, dejemos al lado los otros países que apenas cuentan salvo China y alguna que otra excepción, y volveremos a decir aquello de “sí, hay que reconocerle que es un sinvergüenza, pero qué listo es”. Y seguiremos si saber si se acuesta con su esposa o si la antigua maniquí cierra la puerta del congelador de su dormitorio cuando suenan la hora de irse a la cama.

Recuerdo que hace veinte años, cuando tenía que identificarme ante una autoridad con mi carné de prensa la autoridad se cuadraba de respeto. Éramos el poder de todos los poderes. Y la gente sabía que la mayoría de los que ejercíamos aquella profesión merecía la confianza de que se creyese en ellos.

Pero llegaron las escuelas de “periodismo” a profusión y hasta por correspondencia, hasta en los tebeos. Y los alumnos se convirtieron, unos pocos solamente, los otros se fueron al paro o al extranjero, en periodistas a las órdenes de una jefatura que le dictaba lo que había que decir o que escribir.

Vean, oigan una conferencia de prensa y verán el barullo, las preguntas insolentes de los periodistas, el tono de meterle los dedos en las narices a los que tienen que responder y que lo hacen porque saben que no se callarán. Por supuesto estoy refiriéndome a una conferencia de prensa de Zidane o de cualquier estrella del fútbol, donde los cronistas deportivos, que en general pasan por tener referencias periodísticas muy primitivas, le preguntan al entrenador con rabia y hasta le pueden pegar una patada los más atrevidos. Escuchen las emisiones deportivas en la radio o la televisión y disfruten con la impertinencia de los presentadores, que pueden llamar ladrón a un presidente, loco a un entrenador, mastuerzos a estrellas del balón que ganan en un mes lo que el desgraciado del reportero en toda su vida.

Créanme. Haga como yo. Fútbol a destajo. Por la noche para dormir en paz, escuche las tertulias radiofónicas futbolísticas y disfruten oyendo cómo el periodista estrella llama ladrón a un presidente que manda más que el de la Nación. Es el mejor remedio para que Donald Trump se aburra de engañarnos y para que quienes repercuten sus sandeces y sus mucosidades pidan plaza en un periódico deportivo.

Por supuesto, de la prensa de los países comunistas mejor ni hablar.