Felicidad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Lo terrible de la felicidad es que con el tiempo llegas a olvidar cuándo fueron aquellos momentos, aquel rato que sentiste como el mundo gritaba fuerte y maravillosamente a tu alrededor como si de una sinfonía se tratase.

“Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».

Es tan extraordinaria la felicidad que no puedes olvidarla ni el tiempo de dar un beso, por largo y profundo que sea.Pero dura tan poco el éxtasis que comprendes mejor por qué hay monjes, monjas, que pasan todo el tiempo buscándola en la oración al borde del orgasmo mental. Porque la felicidad es una noción pagana que no quieres que acabe nunca, aunque la tengas con Él o con Ella. Lo único que deseas, lo único que pides, es que no se acabe nunca, aunque te deje paralizado, inútil, vegetal y sin sentido con tal de que tu alma, que es tan profunda que nadie sabe dónde está, como ciertas partes de la mujer de las que solo ellas tienen una vaga idea. Que no cesen esas descargas. Los científicos las reemplazan con unas pastillitas. Pero no es la auténtica felicidad, la que es capaz de subirte a los cielos y bajarte a los infiernos.

Los fumadores de opio del siglo XX y sobre todo XIX de aquellas antiguas colonias perdidas en los mapas más profundos, China, Indochina, Camboya, se tendían en unas esterillas y una muchacha bonita, cuyos senos como flores estaban a punto de estallar bajo la seda negra, preparaban la pipa. Que no faltara, meu bem. El humo te llevaba a los cielos. Flotabas en un mundo en el que único dios eras tú. Al mismo tiempo que el humo te llegaba de la garganta al último rincón del cerebro, hasta un rinconcillo que unos llamaban gozo, otros felicidad, Ahora, años dos mil, no nos queda ese opio oriental que nunca impidió pese a lo que puedan decir los imbéciles que André Malraux, a su regreso de muchas pipas fumadas en Indochina, fuese uno de los hombres políticos más renacentistas que tuvo jamás Francia. A veces la felicidad, hoy que ya no tenemos las literas, ni los senos de la encargada de la pipa que quieren romper amarras, está en la falda de una mujer, en la blusa, en el cuello, en sus piernas, en sus brazos, en sus dedos, en sus labios. Sí, esa con la que te has sentado para hablar de la paginación de un artículo tuyo para el próximo número de la revista que ella dirige. La mujer exhala ese opio que ya no cabe más que en tu cabeza. Ella, aunque tenga los pechos cubiertos, guardados, a buen recaudo por blusa complicada de encajes antiguos que huelen a algo que no son pastillas contra las polillas, no puede impedir que su perfume corporal, hace calor pese al aire acondicionado, que se escapa por todas partes hasta formar como un velo en el que los dos estáis encerrados, atrapados con gusto, te lleve a sentir que vas a enloquecer. Pero no te preocupes. Ella, aunque presume un poco de feminista, siente lo mismo. No lo puede evitar. Sus dedos la delatan.

Cuando ella te habla despacio, bajito, como si tuvieseis un confesionario por medio, el opio natural de sus glándulas te llega y van en busca de las tuyas, porque entre vosotros, ahora estáis solos con vuestra imaginación y la gente que pasa no cuenta, solo el deseo vale, a medida que pasan los segundos, a medida que ella levanta un brazo para indicar una corrección o que él se inclina un poco más de la cuenta para responderle. Es una comunión que corta la respiración de la boca entreabierta. Un día, en la sala de espera de una clínica radiológica, donde siempre esperas algo de desagradable, oyes una voz muy tenue y joven que te hace un comentario sobre el tiempo. En cuanto te vuelves te das cuenta de que los dos habéis coincidido en un sofá pequeño pero muy confortable encajado en un rincón del enorme salón, ya casi en la puerta, un poco apartado del resto de los que esperan. Es como una capilla y apenas os llegan los murmullos. Ella te mira, te sonríe, a muy poca distancia. Quiere saber algo y para estar más segura de que le oigas se acerca más a ti. Ya te llega el aliento juvenil. El olor de sus pechos desnudos. Te coge una mano como si quisiera mirar la hora en tu reloj que sobresale del puño de la camisa.

Es una chiquilla, te das cuenta. Entonces te percatas que su puño vibra, como si estuviese acelerado por una fiebre interior. Se ha acercado un poco para ver la hora porque es un poco miope y sientes, gozas del olor y de la vista de sus pechos libres de cualquier sostén hipócrita.

Os habéis mirado tan intensamente, y durante un tiempo que a los dos os ha parecido media eternidad, que sentís casi el infinito y ella cierra los ojos porque le tiemblan los labios que han rozado tu piel, hasta que suelta tu mano y se los hinca presa de pasión. Tú le ofreces el pañuelo de la chaqueta para que se seque la sangre. Ella abre entonces los ojos como si saliera de una pequeña borrachera, con las pupilas dilatadas y extasiadas. Han sido solo unos segundos. Pero unos segundos de felicidad. Y hubiera podido murmurar o tal vez lo habrá hecho: Que muero porque no muero. Como cualquier santa.

Cuando te echan debajo de un aparato que parece un submarino para la prueba que estabas esperando, la enfermera alisa con las manos la sábana que te tapa, hace un alto y sin retirarlas, como si necesitaras que te sostuviesen, te sonríe con los labios ensangrentados de gozo contenido que se escapa del fondo de sus pupilas.

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