Un chaparrón de tristeza

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No es que vayas a llorar como solo lloran los niños, con la verdad por delante, con la pena llenándoles la boca de saliva que no saben administrar. Además, con los años, los llantos son interiores casi siempre y llorar como en tiempos pretéritos es raro y difícil. Salvo para las mujeres, por supuesto, pero mejor no meterse en lío y que te acusen de intento de violación.Pero a medida que los años van galopando y que sabemos que el final de la carrera no puede estar muy lejos aunque hagas como que no va contigo, eso son cosas para los otros. A mi la tristeza me cae a veces a chorreones, como una neblina pesada de Londres cuando ni siquiera has atravesado el mar, sobre todo ahora que el brexy deja a Gran Bretaña como la isla que nunca dejó de ser. No lloras porque no sabes, eso es un secreto que las mujeres guardan celosamente, dejando entrever un resquicio cuando tienen que mojarse los ojos para tratarte de lo que probablemente no eres porque hasta los monos de Gibraltar, hasta con el brexy, saben que más inocente que un hombre, salvo algunos raros especímenes que caen en la exageración de la criminalidad, no cabe ni para llorar. Eso sí, y por eso sí, le caen los chaparrones de tristeza hasta cuando cree haber conquistado a aquella muchachita treintañera con la que nuestro héroe, Luis, entabló conversación en la consulta del médico y aquella misma tarde tomaron un vermut en un bar vecino. Ella lo pidió porque tú hacía siglos que te habías olvidado que era una bebida para después de la misa, y la visita a un médico siempre tiene algo de misa.Tres visitas y seis semanas después seguíais tomando el vermut con aceitunas pero ya ella se sentaba muy juntita, dejaba que sus manos exploraran hasta el límite del orgasmo las piernas suaves y bellas y la besabas como no recordabas que hubieses besado a nadie. Bueno, quizá aquella prima hermana que un día lo revolcó con la braga tirada en un rincón del coche. Luego le preguntó que como eran primos hermanos si aquello habría de decírselo a su cura.

Cuando un día le llamó al periódico diciéndole que tenía una falta, ese eufemismo tan femenino para decir que se ha quedado embarazada porque en realidad le falta la regla desde hace tres meses, no supo qué decir.Como era muy joven y muy inocente pese a ser periodista de aquellos que creían que ese oficio equivalía a una función casi divina, se puso muy contento. Ella le anunció que tenía que marcharse de viaje por una semana. Cuando regreso y volvieron a liarse en otro revolcón a pelo, ella estaba feliz y amorosa le pareció a él. Entonces le explicó que lo de las faltas había sido una falsa alarma y se marchó a Marruecos donde vivían sus padres. Un día en que recogía las guarrerías que siempre guarda un auto, encontró una tarjeta de un conocido ginecólogo, conocido por dedicarse a evitar que las mujeres tuviesen que llevar los niños a la escuela.

Se desilusionó tanto que volvió con cualquier pretexto al médico de la primera vez, donde había conocido a la treintañera. Estaba allí. Volvieron al vermut y a las aceitunas pero esta vez le invitó a acompañarla a un monísimo estudio donde vivía sola con sus dibujos. He olvidado decirles que hacía ilustraciones deliciosas para cuentos infantiles.Tomaron un vermut superior que ella tenía en un armarito muy mono pero esta vez comieron almendras saladas. Y hablaron. Bueno habló ella. Que por qué había desaparecido, que estuvo esperándolo segura de que volverían a verse.Tenía una enorme cama en un rincón muy discreto y allí pasaron la noche. Se olvidó de la traición de la prima y pasaron una noche que parecía copiada de una de sus películas preferidas en la que Meg Ryan se enamora de un muchacho virgen. Luis, que ahora ya era un crítico de cine casi respetado, aunque a veces había tantas películas que ver que no tenía más remedio que recurrir a la publicidad que mandaban los productores, con algún tropezón fatal por un entusiasmo pueril que luego resultó no corresponder al valor que realmente tenía aquella cinta. Pero como los relaciones públicas de las productoras eran tan listos…Tomaron café con tostadas en el desayuno y ya se disponía a marcharse entre besuqueos interminables cuando alguien entró –Luis quedó un poco cortado—y abrazó con una gran sonrisa a la muchacha del vermut. Era una mujer muy bella pero con diez años más que ella. Pensó que quizá sería una prima. Charlaron unos minutos y Luis se despidió.

Cuando le acompañó a la puerta, la muchacha le retuvo antes de que abriera.

-Luis, no te he dicho nada porque sé que eres muy comprensivo. Adéle es mi novia. Soy bisexual.