Hace tiempo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

HACE ya mucho tiempo que no sueño con una pista de baile, de aquellas redonditas y acogedoras, apretujado por los brazos de una mujer muy joven y muy bonita vestida de negro, como le pasó en una película a Al Pacino , salvo que él era ciego entonces. La cara de ella está muy cerca de la mía, bebiendo su aliento acelerado de la esperanza de una vida mejor.HACE ya mucho tiempo que no me arrastro por los tejados achicharrados por el sol del aeropuerto parisiense de Le Bourget para intentar fotografiar a un terrorista con el rostro cubierto por un pañuelo, que estaba a punto de llevarse un avión de una línea francesa llenito de rehenes, los más inocentes del mundo. HACE ya muchas lunas que el Coronel no me hace temblar cuando su ordenanza que olía a agua para después del afeitado, requisito de macho en aquellos tiempos, servía una sopa espesa en un cucharón de plata. HACE ya mucho tiempo que no lloro, desde que un distinguido oftalmólogo de mi isla africana decretó que tenía los ojos secos. No me pareció adecuado explicarle que había derramado todas las lágrimas, hasta la última y otra que se resistía, en el funeral de una chiquilla a la que cuarenta años después sigo llorando en el silencio de una soledad callada con la que he aprendido a convivir. HACE como tonelada y media de días que trato de comprender por qué he pasado tantos de mis ochenta años intentando que me amaran como soy, colérico, llorón, imprevisible, y no por la apariencia de un escribidor dicharachero que alguna vez hizo sonreír a una mujer bella como las de las revistas de antaño.

HACE un poco más que lamento no haber visitado Palestina. Estaba a punto de embarcar en un avión de El Al, que entonces era la línea aérea más segura del mundo, sobre todo en aquellos tiempos de secuestros aéreos, cuando un funcionario maldito y antisemita de los servicios secretos confundió mi nombre con el de un terrorista árabe. Me quedé sin ver a los valientes judíos que replicaban a balazos a los chiquillos palestinos que les apedreaban, a veces hasta con un arma infernal como el tirachinas. Me consolé pensando que peor hubiese sido que me crucificaran en el Monte de los Olivos por orden del Poncio Pilatos de turno, con cuenta corriente en Nueva York, que seguramente había aprendido todos los métodos de Hitler.

HACE poco que me preocupa que Jesús el Nazareno no vaya a recibirme a la estación de mi último viaje y que en su lugar me acoja uno de esos angelitos maricones que un día descubrí todos risueños en una iglesia de Brasil. Una iglesia que los conquistadores del país habían construido solo para los negros católicos y devotos. HACE todo el tiempo que ustedes quieran que trato de escapar de esta isla africana donde aterricé autoexiliado, convencido de que merecía el castigo de no volver nunca más a París, de no tomar otro güisqui en el Ritz de París con mi amigo el escultor Miguel Berrocal, que también murió exiliado, en un pueblo de este fin de mundo y muy lejos de su Verona adorada. HACE pocas noches soñé que el ciego Al Pacino (¿no se acuerdan ya de “Perfume de mujer”?) me dejó bailar con la muchacha vestida de negro porque a él le habían llamado para probarse un uniforme. Pase doce minutos con una orquesta argentina o que lo parecía creyendo que por fin Jesús se acordaba de mí. Cuando los músicos se cansaron de tocar, la dejé que se marchara. Pero antes de deslizarse hasta su mesa se volvió y me besó en la comisura de los labios. Todavía su perfume de mujer me persigue cuando el tiempo huele a tormenta.HACE un rato el cartero me trajo una carta que habían encontrado en un depósito del centro postal. Estaba llena de sellos y alguna que otra inscripción con tinta negra que solo se consigue retorciéndole el cuello a cierto animalito. Hacía años, muchos años, que la carta había partido desde La Habana, Cuba, pero por un juego de guerra nuclear y de diplomacia embustera no había llegado hasta ahora a mi isla. Era de ella, la mujer que me prometió amor casi eterno en otra isla, en aguas colombianas. Me contestaba por fin que sí, que fuera a buscarla cuando quisiera, que me esperaba. Traía fecha del 15 de julio de 1972.

Decidí no contestarle y la encerré en un cajón con llave.