Papel cubano

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me pregunto, pero no encuentro contestación, qué habría dicho Josefina, que decía haber sido Comandante del Ejército Revolucionario cubano, y que un día de los años sesenta y algo apareció en la Agencia France-Presse de París y trabajó con nosotros una temporada.Cómo se le pondrían los ojos al ver que ahora se pueden comprar coches de lujo en Cuba pero que, en cambio, los productos de aseo escasean y que la producción de frijoles se tambalea.Ella había llegado procedente de La Habana con dos hijas, una de ellas enferma, y tenía una especie de fijación por algunos productos que aparentemente escaseaban ya en Cuba. Sobre todo por lo que ella llamaba “papel de culo”, término que me soltó una noche que cenábamos amablemente en la cantina de la agencia. Creo que se me atragantó una salchicha hasta que pude digerir que se refería al llamado papel higiénico. Me hago el estrecho, pero eran los años sesenta y hasta hacía poco, seis o siete años, el papel de culo que tan elegantemente reclamaba Josefina, no era tan corriente como podría pensarse en Francia cuando yo llegué, a comienzos de 1957. Encontré una joyita de piso en el número 21 de la Rue Rodier, que hoy valdrá una fortuna, y me instalé en el sexto sin ascensor, con una escalera deliciosa que con los años que entonces yo tenía se subían como caballo saltarín. Dos pisos, pequeñitos pero deliciosos, compartíamos un solo y único retrete que se encontraba en el mini pasillo, desde donde de noche y con algo de despiste podías rodar las escaleras de los seis pisos si no ponías los pies donde debías si las necesidades eran acuciantes. Y vaya por delante que todavía no habían llegado los esplendorosos años sesenta, y en ese WC, como decían los más finos, dándole el debido acento británico, el papel de culo, que hoy puede parecer una vulgaridad, lo reemplazábamos por hojas de periódico, una manera como otra de culturizarse.

No se escandalicen. Mi minipiso, dos minúsculas habitaciones y una cocina –hoy se les llama studio y se cotizan a precios prohibitivos—me lo había vendido por un precio irrisorio un amigo fotógrafo que con su silla de ruedas tenía prisa por marcharse a Canadá, donde creo hizo fortuna en el periodismo, lo había pagado con una exclusiva que había conseguido en la boda de uno de los hijos del Príncipe heredero de Francia.Me colé en la boda, celebrada en un castillo fuera de París, porque por supuesto que no tenía invitación aunque ya trabajaba para la Agencia Keystone Press Agency –era antes de 1962, fecha en que ingresé en las órdenes monacales de France Presse—y me encontré frente a una señora que escribía una tarjeta apoyándose en la espalda de otra señora mayor. Resultó que la señora que servía de escritorio era la Reina de España y el semanario Paris-Match pagó por la instantánea un pastón suficiente para que yo recogiese las migajas que me llevaron al sexto piso interior del 21 Rue Rodier. Cuento, cuento y me olvido de lo esencial, el papel de culo. En aquella comida en la cantina de France Presse con Josefina y una de sus hijas –¿qué habrá sido de ellas?—aprendí lo que quería decir papel de culo, y cuando fui por primera vez a Cuba era un especialista de la lengua popular cubana.

A Josefina, que escribía muy bien –en France Presse no se contrataba a cualquier periodista que no escribiese como un dios menor—no volví a verla ni a saber de ella. Ni a su hija mayor. Ni a la otra que tan malita estaba y que tanto preocupaba a la antigua comandante.Les cuento esta historia, que a más de uno le sabrá a algo escatológica, porque forma parte de una vida que se me va acabando, poquito a poco. Y que no quiero que se olvide que la primera vez que en Francia se pronunció la expresión papel de culo yo estaba presente.

Cuando en el año de 1985, año fasto para las letras, conocí Cuba a través del Festival de Cine Latinoamericano de La Habana –supongo que ahora se llamará Festival de la Habana a secas, y no se si con uve, como el ron—pedí sin darme cuenta de donde estaba, en el Hotel Nacional, papel de culo. La camarera del piso me sonrió con complicidad de lo que han visto tanto mundo que todo da igual.Varias veces por día recuerdo a la comandante Josefina, una mujer amable y luchadora, ya imaginan cuándo.Pero como yo en aquellos tiempos era muy modesto y tímido nunca se me ocurrió preguntarle por qué y cómo había llegado a París.Esto me recuerda que tengo una amada amiga en El Vedado que tampoco me preguntó nunca cómo me había enamorado de Cuba, aunque ella lo sabe muy bien ¿Por qué no se lo preguntan a ella?

× ¿Cómo puedo ayudarte?