La dolce vita sin Donald Trump
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La dolce vita no fue solamente una película sino una manera de vivir, de concebir la vida, de creer en el futuro y en los asaltos hacia el pasado. Eso ocurría por los años sesenta del siglo XX, cuando la gente tenía ansias de existir para no tener que echarse encima las ansias de morir.Éramos jóvenes y pensábamos que la vida podía ser bella pese a que vivíamos la llamada guerra fría, que podía convertirse en un momento dado en una guerra caliente y nuclear. Pero éramos muchos los que creíamos que podríamos seguir adelante, que Europa ya había sufrido más de la cuenta. Federico Fellini, enorme monstruo del cine, que sabía como nadie contar con película que entonces era de lo más inflamable, como las circunstancias que atravesábamos o como nuestras propias vidas, hizo un retrato de esos momentos difíciles de describir con el título más simple del mundo “La dolce vita”.Vida dulce que podía agriarse en un santiamén con las amenazas que las dos grandes potencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, hacían pesar sobre nuestras cabezas con esa diplomacia al borde la guerra. Me vuelvo a acordar de “La dolce vita” porque me da la impresión de que con el Presidente de los Estados Unidos por un lado y con Putin en el otro, las dos superpotencias podrían enfrascarse cualquier día en otra de esas calladas guerrillas que son singularmente furtivas y mortales. Estados Unidos ha empezado por prohibir lo que le da la gana a todo el mundo. Hasta las aceitunas negras que se producen en el sur de España, y que desde luego no constituyen una amenaza comercial para nadie han llamado la atención controladora y vengativa de Donald Trump.

Ahora además tiene fijados esos ojos perdidos debajo de la peluca en Irán, país que hace ya muchos años, de 1979 a 1981, infligió una soberana paliza a Estados Unidos, más moral que militar desde luego. No sé si el Imperio que hoy cree representar Trump aguantaría la humillación de ver a un montón de sus diplomáticos tomados como rehenes por gente que él considera escoria humana.

El mundo, empezando por América Latina, Bolivia, Chile, Brasil, se encuentra por otra parte en un eterno enfrentamiento de Washington con Cuba. Y fuera de ese continente, las meteduras de pata de Trump que quiere imponer sus caprichos avinagrados a todo el mundo. Casi enfermizo es su empeño en que Jerusalén sea la capital, la única capital, de Israel, echando a un lado a árabes y cristianos, que tienen allí nada menos que el Santo Sepulcro.

No, de veras que en este recién estrenado año 2020 no hay lugar para una dolce vita, porque incluso la que se inventó Fellini era agradable aunque socialmente fuese temible.Hace algún tiempo, mucho tiempo, quise darme una vuelta por Roma para encontrar lo que pudiese quedar de la dolce vita inventada por Fellini. Bellas terrazas de cafés al aire libre en Via Veneto, donde todos aquellos, la burguesía, el mundo del espectáculo, la desesperación huían de una fea realidad que iría plasmándose como una verdad trágica e inevitable. Engañaban sus angustias vitales con alcohol, drogas, gritos y mentiras, se había transformado en una especie de invernadero con cristales de horrible “arquitectura”. Jaulas para turistas extranjeros, principalmente anglosajones, al lado de las cuales los romanos pasaban displicentes, casi con el mismo cuidado que se lleva para no aplastar esos regalos que los canes del mundo entero suelen dejar esparcidos por las aceras, por aristocráticas que sean.

Aunque ya nadie quiera hacer cine que permita pensar y hacerse preguntas transcendentales, de las que pocas respuestas tienen, esta maravillosa ciudad todavía huele a película fresca, como las pastas que sirven en el Café de Paris.Una camarera, demasiado joven para saber que tiene un cierto parecido con aquella señorona de la alta sociedad romana que encarnaba la francesa Anouk Aimée en la cinta de Fellini, me contesta con una sonrisa muy cinematográfica: “¿La dolce vita? ¡Claro que se acabó!”. Y me sirve una tremenda ensalada mixta con agua sin gas. En la vecina Via Sextina, el propietario de una perfumería que se muere de ganas de hablar en medio de sus lujosísimos y probablemente inútiles potingues de eterna juventud, explica: “El mundo está totalmente cambiado”.

En una terraza de la parte baja de Via Veneto, donde me tomo un descafeinado con leche que no tiene nada que ver con el insípido brebaje que suelo absorber en el fondode mi isla africana frente al mar, mis esperanzas dan un brinco. Un tipo esbelto, con traje que por lo menos ha salido de los talleres de Armani, toma una copa de champaña apoyándose en la puerta de un bar con luces tamizadas. Más allá, un bello romano como los que aquí se ven cada dos por tres, elegantemente trajeado de azul oscuro, come con mordiscos hambrientos un modesto sándwich. Pero da la impresión de estar degustando un canard à l’orange (nada que ver con un vulgar pato a la naranja) en el gabinete privado del cardenal Mazarin cuando este singular primer ministro de Luis XIV preparaba el robo del collar de la Reina quien, dicen cronistas, entre guerra e intriga, era su amante.El hombre tiene mucho del periodista mundano Marcelo Mastroianni, que como casi todos los periodistas honestos – hay algunos – se mueren siempre de hambre y de sed de saber y de existir.Cuando cae la noche, vuelvo a encontrarlo con una sonrisa que Sergio Leone, otro grande de este perdido cine italiano. hubiese filmado en primerísimo plano. Mi dandy me tiende una tarjeta y me dice que en el restaurante que está a sus espaldas se come como en ninguna parte. Cosas de cine.