Aquellos felices indios brasileños

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Qué requetefelices éramos en aquel Brasil que para mí terminó hace veinte años, aunque de vez en cuando mataran a un indio, de esos que el actual presidente Jair Bolsonaro dice que se están pareciendo cada día más a a nosotros, que aprenden a ser blancos, vamos. Incluso aquella mañana en que un indio que visitaba Brasilia y no tenía donde dormir apareció achicharrado en un banco de la calle. Unos graciosos, niños de la alta burguesía de Brasilia, dijo algún policía medio calladito, probablemente habían querido saber si tenían poderes mágicos y resistían al fuego. Eso lo digo yo. Escándalo nacional, porque los indios tenían una especie de consulado o embajada en la capital, la FUNAI, la fundación nacional del indio. La verdad es que desde que el nuevo presidente dice que estos indígenas progresan para ser tan listos como los blancos no sé si referirme a ellos con mayúscula.Lío espantoso el que se armó. El presidente de entonces, el profesor de la Sorbona Fernando Henrique Cardoso, Fernando el Hermoso como le llamábamos con la envidia del profano, se cabreó como nunca. Y enterraron al indio.Nunca supe si fue uno de los que unos días antes en un despacho de la FUNAI estuvo “charlando” conmigo con sus plumas y su falta de sonrisa. Organizaron en mi honor incluso una ceremonia de hechicería que debía darme suerte. Charlamos a través de un traductor sobre sus problemas, pero ya ni me acuerdo. No se dijo allí nada que cambiara el mundo. Brasil cambió luego porque el izquierdista Lula da Silva consiguió llegar a la Presidencia, donde permaneció dos mandatos, casi nada para un antiguo obrero.

Los indios, imagino, seguían yendo de vez en cuando a la FUNAI probablemente porque se aburrían en la selva. Siempre me pedían un cigarrillo. Les gustaban los norteamericanos. Fumábamos juntos y me explicaba cosas que yo no entendía porque hablaban o hacían como que hablaban un brasileño detestable y preferían su lengua tribal. Pero qué felices éramos, Jesús el Nazareno, tú que andabas colgado todos los días en una estampita en los autobuses, en los taxis y en cualquier sitio donde pudieses estar. Nunca hablé de ti con los indios. Lo que sí es cierto es que eras el amo de la esperanza de Brasil. Los pobres brasileños te veneraban, hasta los que iban a las iglesias evangélicas. Jesús era el amo, el puto amo como diría el otro. Pero nunca pregunté a los indios que hicieron una fogata en el despacho aquel de la FUNAI, presidido por el retrato del Presidente.Éramos tan felices que daba asco y ahora que he descubierto un montón de fotos de aquellos tiempos me siento como un paria de la humanidad. Ya sé que el país está bien cuidado. Tienen a un militar por presidente y leo que hasta ha aumentado su popularidad. Como Donald Trump, del que es un gran amigo y al que ha estrechado la mano sin tomar luego la precaución de limpiarse con alcohol de 90 grados ni tomar una pastilla antiséptica cualquiera, porque todas hacen efectos, y allí en Brasil las puedes comprar por unidades. Porque a los pobres cuando les duele algo les sale más barato. Política social ni más ni menos.

Pero era tan feliz en ese puñetero país donde llueve sin que te mojes, únicamente para que una serie de chiquillos, que están provistos de enormes paraguas, te hagan atravesar de la que era mi oficina al centro comercial que estaba enfrente y yo les daba una propina por nada.

En las fotos que he encontrado veinte años después, como hubiese dicho Alejandro Dumas, ya saben, el de Los 3 mosqueteros, los indios que me recibieron aquel día y me exorcizaron con aquel fuego que hicieron en el suelo impecable de madera fina, probablemente la misma que hoy queman y roban sin escrúpulos en la Amazonía, porque el Bolsonaro ese, quiero decir el presidente, ha decretado que había demasiados árboles. Y la verdad es que sí. Si quiere usted criar ganado, plantar avellanas o cacahuetes, más vale quitar tanto puñetero árbol de en medio, que por cierto son en general de materias preciosísimas con las que luego se hacen esos muebles tan caros que compramos los europeos.

Qué endiabladamente felices éramos en aquel país donde el Presidente, ya saben el guaperas que era profesor de la Sorbona de París de que les he hablado antes, te sonreía y nunca decía palabrotas. Durante un tiempo estuve un poquillo enamorado, como muchos, creo, de una diputada centrista del Movimiento Democrático Brasileño, Marta Suplicy, que andaba por los cincuenta años y tenía un estilo europeo-brasileño que quitaba el hipo. Fina, elegante hasta el aburrimiento, rubia, inteligente hasta el complejo de Edipo, era una de las más activas en aquel mundo de hombres y era tan lista que llegó a ser alcaldesa de Sao Paulo, la ciudad más grande del mundo. Lo cuento ahora porque, como para mi amistad por los indios mágicos, todo esto ya ha prescrito y nadie me va a pedir cuentas.Pero, aunque me repito, sepan que pasé tres años en Brasil de una inconmensurable felicidad, porque es el país de la felicidad. Aunque mande Bolsonaro. Ahora vivo con mis recuerdos de los indios, de los presidentes y de Marta. C’est la vie, puñetas.

 

 

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