Bistrot de París, mojito de Cuba
image_pdfimage_print

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Que después de sesenta años de una Revolución única, que dio tantas esperanzas a países pateados por el capitalismo feroz, Cuba sufra de falta de todo simplemente para componer un almuerzo es tan absurdo como que amaneciese de noche.En esta Europa cada día más deteriorada, que al final quedará como museo al aire libre para poderosos chinos y japoneses, seguimos sin respetar a Cuba, pese a que un día la admiramos por su valentía de alzarse en armas contra el tirano en los años sesenta. Pero eso queda lejos y el olvido corre.Esa indiferencia europea envalentona más a Estados Unidos, país al que no le deben de faltar ganas de meternos a los europeos en el saco de los países en vías de desarrollo que tan de moda estaba cuando el turismo no era una fuente de ingresos importante.Porque a medida que pasa el tiempo, EEUU se convence de que son ellos los que tienen que dirigir el mundo. Europa forma parte de la OTAN. Era y es un organismo militar creado por EEUU en tiempos en que la Unión Soviética poseía otra organización militar tan poderosa como esa, el Pacto de Varsovia. Pero hoy no tiene razón de ser. Sin embargo, a Estados Unidos le encanta tenernos encadenados a los europeos en la OTAN para defender principalmente sus intereses en esta parte del mundo. Sobre todo que ahora, el lacayo de los norteamericanos, Gran Bretaña, se ha separado por fin de Europa y navega sola. Vuelve a ser una isla como muchos europeos querían, hartos de la infinita petulancia de un país que se creía el mismísimo sol.Echen un vistazo al cine norteamericano y comprobarán que a los yanquis, París, la capital del mundo, la que cada ciudadano de clase alta debe visitar por lo menos una vez para revalidar su categoría “intelectual”, ya no les atrae tanto por su belleza ni porque fuese la ciudad que resistió a Hitler y a sus huestes, mientras los norteamericanos tardaron dos años en entrar en la II Guerra Mundial (1939-1945). No lo hicieron hasta que los japoneses les patearon hasta el infinito Pearl Harbour. Pero si no es por esa suprema humillación, quizá hubiesen seguido comiendo palomitas en los cines locales sin preocuparse de lo que sucedía en Europa.

No obstante, París sigue llamando la atención de los ricos habitantes de los Estados Unidos porque muchas películas, entre ellas alguna de Woody Allen, el más visto por los intelectuales estadounidenses, supieron que había que ir a la capital francesa para comer por lo menos una vez, de noche sobre todo, en un bistrot, según la denominación woodyaliana para designar el restaurante parisiense de siempre y de postín.Se come más o menos como antes, pero han cambiado la decoración y en lugar de llamarse restaurante se llama bistrot.Van al bistrot pero probablemente mucho menos al Louvre o a la Torre Eiffel.Y desde que el poder de la Casa Blanca se basa en las locuras de un excéntrico presidente, por llamarlo de alguna forma, pues ni les cuento. Claro que antes estuvo Obama, el Premio Nobel de la Paz gratuito y tantos otros, casi desde el comienzo de la democracia norteamericana.

Y mañana volveremos a tener al excelso Donald Trump y su Coca Cola sin azúcar.Está claro que Estados Unidos, que considera despectivamente que Cuba es un pedazo de roca en un mar muy bonito para pasear, ha perdido definitivamente el respeto por Europa, el continente que acabó con todas las amenazas que podían preocupar a la Casa Blanca y el que dio a los norteamericanos la culturilla que tanta falta les hacía.Hasta la película “Casablanca” ya se ha quedado obsoleta. Y aquella frase de “siempre nos quedará París”, como el supremo refugio de los más desesperados, se ha convertido en un suspiro de intelectuales, porque gran parte de los norteamericanos no saben siquiera qué quiere decir.Así que si Estados Unidos considera que Europa ya ha pasado de moda, qué les cuento de Cuba, donde en tiempos del insigne presidente Batista la usaban como una isla de putas sin preservativos y un lugar idílico para todas las Mafias de ese lindo país que nunca fue capaz de exportar cultura.Es realmente una situación kafkiana la que vive Cuba sesenta años después de que los cubanos se lo jugaran todo para echar del poder a la gentuza que permitía todo lo que querían a los padrinos yanquis.

Porque, hoy, 60 años después de que Fidel Castro demostrara que se le podía plantar cara a EEUU e incluso meterle un régimen comunista frente a sus costas, cuando el periodista de turno cubano se parte el alma y las patas recorriendo La Habana en busca de arroz y todo lo demás que falta en su cocina, porque cuando no es una cosa es otra y a veces casi todas juntas, todavía tiene que quedarle resuello para hacerle gracia a su editor y escribir lo mal que está el mundo cuando él, el periodista al que tampoco le queda mucha gasolina para recorrer la ciudad, no ha conseguido lo necesario para el almuerzo de mañana que vienen los hijos a celebrar.Y ojo, que ahora están los turistas a los que les gusta comer bien, que para eso pagan, dicen ellos. Pero si siguen con esos problemas de abastecimiento pronto no van a poder tomar ni mojitos, porque faltará hasta yerbabuena y quién sabe si un día el plato del día a base de frijoles va a plantear también problemas. Porque tampoco habrá frijoles.