El Milagro de la Virgen de Regla

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Tirado en el sofá piensas en ese problema que te trae medio loco. Esta mañana estuviste visitando a una Virgen que se encuentra junto a un Jesucristo a punto de ser crucificado en una vieja iglesia de tu isla africana. Les pediste a los dos, con todas las promesas posibles, que te ayudaran a salir del atolladero. Porque ya decía Sofocles, “para quien tiene miedo, todos son ruidos”.Y hoy todos son ruidos. De pronto, en esta tarde que huele a primavera adelantada, pero quién sabe, te has acordado de aquella Virgen negra tan milagrosa, La Virgen de Regla, la reina del mar, de la que te habían hablado tanto en La Habana que en uno de tus viajes decidiste visitarla.Cuánto daría por estar en estos momentos a bordo de la lancha que nos llevaría desde un muelle de La Habana a Regla, en medio de tufaradas de petróleo rancio.Cada vez que recuerdo esa extraña iglesia, extraña me pareció porque era como otro universo poblado de fantasmas silenciosos que decían cosas con el apresuramiento del misterio, pero que no recuerdo porque me dan repelos de emoción. El municipio cubano de Regla, con sus calles extrañas, qué fieles extraños que parecían no tocar el suelo mientras se dirigían a la puerta de la iglesia, sin color, sin ruido.Desde mi sofá, ante el cual la televisión sigue funcionando como si no existiese, me acuerdo de los milagros que me contaron y pensé que aunque estamos a ocho mil kilómetros de distancia, lo divino y lo maravilloso no tienen distancia. Le pedí, le rogué, le supliqué, igual que por la mañana le había suplicado y rogado a una virgen española muy peripuesta y a un cristo ya dispuesto para el sacrificio. Pedí el milagro como si hubiese pedido una pizza a ocho mil kilómetros.Me acuerdo como si fuera ayer la primer vez que fuimos a La Regla, un pueblo que está al lado de La Habana pero adonde no se accedía más que por un barco apestoso, la Lancha le llamaban, donde a cada viaje carga toneladas de esperanza.Cuando tras una corta travesía, al son de un motor que escupe todo el humo del mundo, llegas a Regla, ya notas que hay algo que nunca habías visto.Calles raras, sin sentido porque no son calles sino un paso. Tenían la apariencia de estar fabricadas con cartón de piedra, como en las películas que se rodaban en los años sesenta, donde no había nada que no fuera fabricado por especialistas de cine. Sí, esa fue la impresión que tuve cuando desembarqué de la lancha. La impresión de haberme metido en unos estudios de cine, donde reinaba un silencio impresionante. No se oía ni el motor de la lanche ni se olía el gasóleo.

Embarqué por curiosidad, creyendo descubrir algo de La Habana que está en otra parte del mundo. Había oído hablar mucho de la Virgen de Regla cubana porque en España existe otra, milagrosa, adorada por hombres y mujeres que para acercarse a ella primero tenían que entrar en el agua, una pequeña travesía hasta el pueblo. Creo que en una calle empinada vi gente, como en otro lugar cualquiera. Pero no era un pueblo cualquiera.Todo me pareció más riguroso que en una iglesia cualquiera. Era como una iglesia en la iglesia.Me acordé de pronto, sin que nadie hubiese mencionado nada, de Jesús el Nazareno, de la extraña cifra de su edad, 33 años, dos tres mágicos, de la extraña cifra de su edad al morir, 33.No conté el número de adoquines que pisé para llegar a la puerta de la iglesia pero seguro que había 33. Cristo estaba debajo de la Virgen como haciendo guardia. No veías más que la Virgen extraña, negra, como la moreneta catalana.Horas antes había estado con la Virgen de la Caridad del Cobre, en lo más viejo de La Habana, y todo me pareció, frio, turístico. En Regla era muy distinto. Tenía repelos cuando me acerqué al altar. Pero no mucho tiempo porque me pareció que me decían que estaba metiéndome donde no debía. Esa virgen negra, ¿era la misma madre de Jesús que en Europa se representa vestida de gala y blanca, muy blanca? ¿Entonces era que Jesús tenía también una madre de color?

No sé porque estoy escribiendo estas cosas. Hace ya ocho años que descubrí Regla, que quise ir pero no sé por qué, porque fuera de la iglesia no hay nada que llame la atención de un extranjero.Esta noche, con una luna que dicen va en busca del buen tiempo que se encuentra escondido el sol, y Neptuno, he entrado en el cuarto de mi hijo para discutir sobre un artículo. Y de pronto me he tropezado con la Virgen de la Regla, que él tiene por encima de su cama, perdida en un laberinto pintado en un jarró. “Ella es la Virgen negra, es la más milagrosa”, me ha dicho mirándome fijamente. Luego me he ido a la cama un poco más tranquilo. A mi hijo le sonreía el rostro cuando me la ha presentado, porque soy difícil de convencer. “Tiene en su haber muchos, muchos milagros”.Me he metido en la cama, me he puesto a oír, que no escuchar, una emisión deportiva, porque relaja tanta tontería. Pero antes de dormirme le rezaré. Quizá me haga caso. Creo que cuando fui hasta su refugio de Regla, aunque estaba muy alta, me miró. Eso se llama la fe, Tengamos fe. Me he animado a pedirle ese favor a La Virgen de Regla mediante esta crónica que recorre el mundo porque espero que la lancha la llevará hasta la iglesia muy rápidamente. No me fio de los carteros, sobre todo si tienen que atravesar un pedazo de mar. Un cacho de Caribe.Quizá el milagro de la existencia de Cuba, que más tiroteada no puede estar, se encuentre precisamente en la iglesia de la Virgen de Regla.

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