Canciones contra la locura
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La vida casi no tendría sentido sin esas músicas y canciones que la ritman minuto a minuto, hora tras hora, día tras día, un año después de otro. Nacemos, vivimos, sufrimos y gozamos en medio de un estribillo, al lado de una música, lo mismo da que salga de una guitarra o de una orquesta sinfónica. Hay boleros que han hecho más por la salud mental de muchos de nosotros que todo un congreso de psiquiatras reunidos en Salem, a la hora de la quema de brujas de Hollywood.. Hasta sacrílego sería afirmar que un momento importante de nuestras existencias no ha tenido siempre un fondo musical, por diluido que haya estado, por discreto que nos haya parecido. Música popular que te agarra en las entrañas, rostro difuminado de una cantante, o de un cantante, que en un momento te ayudó a salir de uno de esos baches cotidianos y medio tontitos. Otras veces, desde el patio de luces suena un piano de Beethoven o se echan a llorar los violines de Las cuatro temporadas.La música es la única cultura que todos compartimos, hasta los más bestias, aquellos incluso para quienes esa Cultura merecería el paredón sin esperar al juicio final.En esta mañana de invierno ventoso con llovizna para turistas anglosajones, mi descafeinado con leche ya está frío. No ha resistido al mexicano Luis Miguel que, de pronto, en medio de la mañana torpona, ha alzado la voz para hablarme de amores que yo creía olvidados. Julio Iglesias ya no es un niño, ha llegado a la frontera en la que el bien y el mal ya no tienen más sentido. Luis Miguel es todavía un mocetón que canta con el convencimiento de que la vida la tiene toda por delante, aunque tienda a desaparecer Dios sabe por qué. A Julio hace muchos años que no le veo. La última fue en un teatro de París donde todavía creíamos que teníamos todo el futuro que jugar. Reíamos y decíamos majaderías con la tranquilidad de quienes tienen la estupidez de pensar que nada es aún definitivo. El otro día me lo crucé en una foto. Tenía el rostro estirado y los ojos más tristes quecualquier gallego. A Luis Miguel me lo tropecé en la esquina de una cadena de televisión que emitía un completísimo documental sobre su vida que ha sido un sinfín de éxito. Antes en una habitación del Hotel Nahoum de Brasilia donde por primera vez había yo descubierto un disco suyo.A los dos les tengo el mismo cariño agradecido que uno derrocha con gente amiga y querida. Y sin embargo vivimos en dos mundos totalmente distintos, casi caprichosamente alejados en el universo. Ellos son esencialmente triunfadores con trajes de Armani. Yo no he salido del perdedor que siempre he sido con traje de confección sin bautizar.

No sé por qué – pero ya me han advertido que el descafeinado con o sin leche provoca efectos no deseados – me he vuelto a los años sesenta, cuando además de estar en France-Presse en París yo colaboraba con la mejor emisión informativa de entonces en la TV Española, Informe Semanal. Todos los viernes tomaba el avión en el parisiense y diminuto aeropuerto de Le Bourget rumbo a Madrid donde me esperaba trabajo y asueto. Y hubo un momento en que me hice contrabandista para llevar a mis amigos(¿dónde están ahora?) la grabación de Serge Gainsbourg y Jane Birkin Je t’aime moi non plus, rotundamente prohibida por el régimen de Francisco Franco. Y en una Redacción u otra, o en una casa u otra, escuchábamos embelesados el conflictivo diálogo entre uno de los grandes genios de la canción francesa y su novia británica a la que encontró algún día de sol o de lluvia en un café del Barrio Latino de París. Eramos felices. No había nostalgias que disipar.Julio Iglesias entró en mi vida cuando aquella bonanza que generalmente permiten los años de la despreocupación se esfumaron a medida que la guerra de Argelia cobrabaimportancia en Francia y yo sin enterarme porque tenía una cosa más importante que hacer, vivir.

El gallego me consoló tantas veces con sus gemidos con nombre de mujer o sencillamente con crónicas sobre un pedacito de vida… Ya Armando Manzanero había sido mi primer psicoterapeuta. Quién como él es capaz de hacerle lamentar a uno que lloviese y que ella no estuviese…Son muchos puntos suspensivos en la vida de cualquiera. Puntos suspensivos a veces iluminados por la esperanza y otras ensombrecidos por la incertidumbre. La primera vez que llegué a La Habana era de madrugada y llovía a cántaros en el viejo aeropuerto José Martí. Entre la gente que esperaba, una muchacha con unos ojos poderosamente alegres y penetrantes me llamaron la atención.

Miraba a los recién salidos de la zona de aduana con la esperanza de un maravilloso y próximo encuentro. Seguía lloviendo y el vestíbulo fue vaciándose hasta que noquedamos más que ella y yo. Cada uno a un lado de una barrera de las tantas que pone la vida, como en una escena de La dolce vita. Esperábamos pero no sabíamos qué. Susojos despedían de vez en cuando una chispa esperanzada, como esas lucecillas rojas que se encienden en las pistas de aterrizaje cuando uno cree que el avión va a irse a pique.Yo la miraba pero ella a mí no. Al cabo de un rato se marchó con los hombros ajados por la desesperanza. Agarré mi maleta y salí detrás. A mí no me esperaba nadie. Enlas primeras oscuridades de la terminal, ella desapareció.Yo subí a un autobús con menos ganas de juerga que yo y hasta el Hotel Capri el brasileño Roberto Carlos – entonces no sabía que tenía una pata de palo – me acompañó con una canción de un camionero que se perdía en la vida. Qué tristeza la mía.Muchos años después, como en los comienzos cansados de cualquier cuentista, volví a tropezarme con Roberto Carlos vestidito de blanco. Junto a su esposa subía una escalera que le llevaba a los brazos del Papa Juan Pablo II, quien forzó una sonrisa haciendo casi caso omiso de su Parkinson para acogerlos. Era en el estadio de Maracanáde Río de Janeiro que vibraba como en una final de la Copa del Mundo de fútbol. Los niños de un coro elevaron la esperanza por encima de nuestras cabezas. Qué feliz me sentí.

Sigue lloviznando en estas playas sureñas y los turistas miran al sol pálido y desvencijado con la misma esperanza que la muchacha del aeropuerto habanero miraba a los recién llegados. ¿Qué habrá sido de ella?