Cuba y sus mafias

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Irrumpían furiosos los años 90 y una amiga, hija de un ministro entonces, se graduó como Economista, fue ubicada en una de las tiendas estatales creadas en Cuba para recaudar moneda fuerte,como parte de la primera reforma registrada en el país, y me contó esta historia: A los pocos meses me di cuenta de que allí se robaba a las dos manos y enfrenté el fenómeno, pero el resultado fue que tuve que pedir la baja porque me hicieron una cama que de continuar mis críticas la que terminaría presa iba a ser yo. Y entre los corruptos, los había con carnés rojos en los bolsillos que coreaban “Patria o Muerte” en cuanta asamblea de “reafirmación revolucionaria” se realizaba. Esa experiencia me caló hondo, había comenzado la mayor crisis económica que recuerde la historia nacional –“Período Especial en Tiempos de Paz”, se llamó en el extenso catálogo de eufemismos oficiales- y desde entonces hasta hoy, viviéndolo en carne propia, comprendí que la lejana vivencia de mi amiga –ahora repostera cinco estrellas en el sector privado- era una pequeñísima muestra de esas mafias que han ido consolidándose en el país en casi todos los sectores. Desde mi observación empírica no parecen tener organización nacional, pero están generalizadas en la práctica estatal: en comercios, restaurantes, servicios públicos; en empresas importadoras, en el turismo, en las ventas de materiales de construcción; en entidades gestoras de pasajes para viajar por tierra o aire y hasta en las nuevas tiendas que comenzaron a vender en dólares en octubre pasado, a bombo y platillo, donde los productos de mayor demanda se “pierden” y hay  que acudir a los vendedores con algún “regalito” para la alerta anticipada de cuándo comercializarán esto o aquello.

La estatificación generalizada, aplicada en la isla a partir del socialismo soviético – cuando era esa la referencia maestra de cómo edificar una sociedad distinta y socialmente justa-, ha dejado marcas profundas y latentes, como enormes muros de cemento armado. Al parecer el presidente Díaz-Canel y algunos de sus jóvenes ministros saben de tamaña acumulación de problemas y quizá también por ello los llamamientos reiterados a “destrabar todo lo que hay que destrabar en la economía”, a “desterrar la burocracia” y a “pensar como país”. Es un punto de partida, pero soy de los que considera que solo quedará en eso si no se logra movilizar de manera efectiva a la mayor parte de la gente que todavía apuesta por esa sociedad inclusiva con la que soñaron y por la que entregaron lo mejor de sus vidas, cuando menos, cuatro generaciones de cubanos.

Cuba sigue siendo referente de cambio y de esperanzas en muchas partes del planeta, y escenario al mismo tiempo de ebullición y confrontación entre lo nuevo que se quiere y se intuye, y lo caduco que paraliza y no convence. Y lo es, como cualquier otro país, con virtudes y defectos; con sus opuestos y las sanciones semanales del Emperador del Norte; con sus mafias y su enorme burocracia; con aquellos que quieren, de verdad, mejorar el día a día sin cambiar el rumbo y hasta con la lucha solitaria de gentes como mi amiga la economista, que terminan agotadas.

 

 

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