Jesús y el napalm Chanel
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Por Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace cosa de cuarenta años que se busca al coronel norteamericano Konrad Kurtz, que un día de lluvia se refugió en una gruta de la guerra de Vietnam, aquella que los norteamericanos perdieron bochornosamente contra una pandilla de guerrilleros a los que solo les faltaba el tirachinas para que fuese una historieta de niños. Supongo que se habrá muerto de aburrimiento loco porque no era un traidor sino un héroe que se negaba a ser cómplice de la locura de Estados Unidos que se había inventado una guerra, de la que los franceses habían salido escaldados cuando aquel bello y perdido mundo de película se llamaba Indochina. Probablemente también en esa guerra colonial hubo algún otro coronel Kurtz. Como el que en esa grandiosa película titulada “Apocalypse Now” de Francis Ford Coppola, donde toda era locura, como la de Robert Duvall, el loco jefe de un batallón de helicópteros que con sublime música de Wagner surfeaba sobre las aguas del rio Mekong, de donde todavía comemos pescado barato que dicen está infectado por todos los restos de la guerra, mientras sus hombres ametrallaban y ametrallaban con napalm, que al loco jefe de aquellos locos le gustaba más que el Chanel 5 rociado en una noche de verano. A él le importa un bledo el escondrijo del coronel demente o carcomido de remordimientos que se esconde en un lugar perdido y custodiado por un ejército de fanáticos que no se sabe si son sombras del arrepentimiento o héroes norteamericanos. Me hubiese gustado ser el joven capitán Benjamin (Martin Sheen) al que Washington ha encargado la misión descabellada de encontrar al fugitivo héroe, porque nadie entiende que puede haber desparecido, que se haya encerrado entre salvajes para no matar, para no violar a las bonitas vietnamitas. Esas deliciosas muchachas que tanto hicieron por la victoria final, tanto cuando el enemigo eran los norteamericanos como cuando eran los franceses, cuya lengua hablaba la mayoría de ellas porque la ocupación francesa venía de lejos, de viejas copulaciones mixtas. Ahora que lo pienso Robert se parecía un poco al coronel maldito. Era operador en la Agencia France-Presse, donde yo me crie y cuando teníamos un rato me contaba su guerra de Indochina y me hablaba mucho de esas chiquillas heroínas que daban sus vidas por tener un país libre.

-Eran terribles pero bellísimas. Y si te sonreían en Cholon una noche calma, en la que las almas estaban durmiendo, era imposible no caer en la tentación de tumbarte a su lado a la luz de la luna. A más de un compañero le costó la vida ese ratito de dicha. Parecían chiquillas fáciles que se bajaban rápidamente los pantalones de seda, pero luego.

Un recuerdo espantoso le agitaba las venas de las sienes.

-Fueron muchos los compañeros que con ellas hicieron el amor por última vez. Cuando se abrían de piernas y el legionario las penetraba, una trampa mortal, hecha de trocitos de bambú muy finos, como cuchillas de afeitar, rajaban el pene como si hubiese sido una berenjena. Solo conocí a uno al que encontraron antes de que se desangrara. Los helicópteros con Wagner como acompañante lanzan cohetes que siembran los montes de lagos de napalm que lo arrasan todo. Los soldados que esperaban para disparar salen despavoridos, ardiendo como una tea. Mientras Robert desgranaba aquellos recuerdos mientras picaba las bandas blancas en su teletipo, bandas que llevaban noticias de otras guerras, de otras atrocidades, de esas que no hay que olvidar, para tratar de que no se repitan. Cuando los helicópteros invaden las paradisiacas playas en las que en estos años dos mil muchos norteamericanos pasarán lindas vacaciones, no hay más que guerra y desolación, lo uno no va sin lo otro. Ha llegado quizá el momento del final, el fin de esta guerra que los norteamericanos perdieron pese a los poderosos medios que pusieron en juego porque las hormiguitas que se escondían en la selva eran patrióticas y querían un país libre.

Lejos anda el coronel Kurtz, el enigmático Marlon Brando, tal vez el último profeta que se bautiza lejos del Jordán, lejos de Jesucristo, en el rio de la muerte, en esas aguas del Mekong, donde los hombres que combaten no saben de heroísmo, porque el miedo a los diminutos vietnamitas que parecen surgir de todas partes es peor. Están lejos, piensan en sus oraciones, los días en que Jesús paseaba por Judea tratando de hacer entender que si no había penitencia que si los mercaderes del templo no se arrepentían aunque fuese a zurriagazos, el mundo sería invadido por el horror, como ahora, en Vietnam, donde los uniformes recios y caros de los yanquis caen como fruta podrida.

Y hasta que no haya arrepentimiento el napalm seguirá quemando vivos a niños, algunos de los cuales correrán por una carretera en paz para regocijo de los fotógrafos de prensa, que de algo hay que vivir compañero, y la Redacción me pide acción y horror en mis fotografías.

En otros lugares a donde el napalm puede llegar chiquillas ven arder sobre ellas sus batas de seda alegre que nunca más bailarán cuando estén cogiendo el arroz, que ya nunca crecerá y que nunca más será el sustento de millones de pobres, porque el napalm-Chanel del loco de los helicópteros lo destruye todo y para siempre. Nuevo apocalipsis sin caballos pero con malditos helicópteros que lo aplastan con más odio. Mientras, a muchos kilómetros donde se contaban estos cuentos para mayores que terminarían en confortables casas de locos de las fuerzas armadas norteamericanas, los señores de la guerra de Washington se tomaban el quinto güisqui de la noche mientras trataban de calcular cuánto tiempo más resistirían todos esos soldados, blancos y negros y hasta indios, mezcolanza de razas por razón de matanza, cuanto tiempo aguantarían antes de que ellos tuviesen que dar por sellada y conformada la mayor derrota de la historia de los Estados Unidos.