Contar para vivir

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me puse a repasar mi vida de farandulero porque todos los escribidores somos malabaristas, crooners, bailarines con ambiciones de Bolshoi y niños de Jesús. Me puse a repasarla porque me acababa de dar cuenta de que mi saldo vital es el de un perdedor que se agarra como puede y le dejan al teclado de un piano invisible donde las teclas son burbujas de sueños para no tener que dejar de contar historias. Porque contar, relatar, recordar, revivir, es nuestra forma de vivir. Somos perdedores los faranduleros de la palabra porque los periodistas, cuentistas y otros escribidores, que no tienen otra vocación que la de dar a conocer cosas a la gente, no la penicilina y el último artefacto para estar más guapa somos simpáticas sanguijuelas que viven de la bondad de la vida de los demás, de los que son demasiado tímidos para hablar de sus cosas. Nosotros somos sus portavoces. De la catástrofe al circo de una noche de verano, hablamos y hablamos y no paramos de hablar, contando lo que nos cuentan, aunque a veces la imaginación pueda resbalar un pelín. Vivimos de las transfusiones que le hacemos a personajes reales, con carné de identidad, a los que robamos en su mente cosas que a veces ni ellos mismos han contado jamás.A ratos también creamos desde los décimos que trata de vender el cojo de la esquina del bar Esperanza donde los tertulianos, casi toda gente de pocos medios y de pocas esperanzas, juegan un número o muchos números de las más absurdas loterías con la esperanza de que un día las bolas de los bombos se acuerde de ellos.

Esa gente que se sienta a tomar un café con leche por un euro con otros aburridos a los que el tiempo ha mandado a callar y a esperar la hora de ir a dormir para no caer en la desesperación del jubilado, del desempleado o sencillamente del vago de turno que vive como un monarca asiático sacándole los cuartos a alguna prima o a alguna mujer enamorada.

Son gente entrañable, aunque a veces lo pasen muy mal y tengan que recurrir a la caridad de unos cuantos para no pasar la noche al raso y para tomarse un café con leche en vaso grande y achicharrando. El café con leche alimenta, conforta y permite que el cerebro divague en busca de tiempos que fueron mejores o que uno espera que en el futuro cambiarán para mejor.

De mesa a mesa surgen conversaciones, guiños, achuchones y algunas veces hasta el amor, aunque ella acabe de llegar de un barrio periférico de Montevideo porque le habían dicho que en España ataban los perros con longaniza. Y una mañana en que hay más gente que sillas, pide permiso y se sienta al lado de un señor que lleva aburriéndose doce años, desde que lo mandaron al paro o a la jubilación. Y ocurre, lo he vivido más de una vez, que en la mesa de vasos a euro se entabla el esbozo de lo que tal vez termine siendo un idilio, porque todos huimos de la maldita soledad que no trae más que recuerdos llenos de telarañas tristes.

Y entonces la señora solitaria que ha emigrado por un tiempo de un barrio lejano de la capital de Uruguay, qué bien suena, presume de haber vivido en el centro de Montevideo, desde donde en verano se veía a los bañistas en la playa que casi siempre ocupan los vecinos argentinos, que están al otro lado del rio de la Plata.

Y como es una mujer guapetona, con cierta culturilla, cuenta alguna anécdota que denotan su saber al campesino de Córdoba que nunca salió de sus tierras hechas para la aceituna y que sueña con otros horizontes con su dinero amontonado en un banco de donde nunca vieron la calle.

Y surge el idilio. Y un buen día llegan por primera vez los dos juntos al Café Esperanza, piden un desayuno opulento con pan blanco y mantequilla rubia y se toman dos cafés en lugar de uno. Y hablan de sus cosas. Él ya ha ido al banco y ha comprado dos billetes para Montevideo que exhibe como quien no quiere la cosa para que los compañeros de mesa sepan que la cosa van en serio.

Dos semanas pasan en Montevideo, en el barrio periférico donde ella se ha criado y en esas calles un poco tristes pero que Mario Benedetti convirtió con sus cosas, porque todo en él es algo más que poesía, en lugares que nos hacen soñar a todos. Solo porque él estuvo allí, amó allí, sufrió la cárcel de los militares cerca de allí y terminó su vida paseando y yendo de vez en cuando a aquel chiringuito, boliche le llaman ellos, que no parece gran cosa pero donde se comen los bifes sacados de las terneras más sabrosas que puede imaginarse.

Otro día, dos meses después, te encuentras en el Café Esperanza al aceitunero solo, con cara mustia. Se le ha acabado el sueño. Ella se ha quedado en Montevideo, en un barrio más céntrico que el que conoció toda su vida.

-Son cosas de la vida, filosofa el hombre que sigue teniendo sus buenos cuartos en la caja fuerte del banco de siempre. Ella ha querido quedarse con los suyos y yo me he dicho que sin mis olivillos… Niña, ponme otro café pero con más leche.

Y nosotros, los titiriteros del cuento contamos para que la gente se entere de la distancia que hay entre felicidad y aburrimiento. Y seguimos contando, hasta que Jesús o el diablo quieran.

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