Llanto lorquiano por Lula

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El dos veces presidente de Brasil, Lula da Silva, goza ya de la libertad que nadie debió quitarle nunca. En todo caso, fuera de Brasil muy pocos se acuerdan de él. Bastante tenemos con Juan Guaidó, que se proclamó presidente de Venezuela sin que el titular, Nicolas Maduro, dijese gran cosa. Nos queda además el ex presidente de Bolivia, Evo Morales, que tuvo que salir corriendo, los líos de Argentina, de Chile. Amazonia ardió durante un tiempo en enormes titulares de prensa en el mundo entero. Ya no se ha vuelto a hablar más de ese fuego que poco tenía de redención de los pecados. Desde el uno de enero del año pasado, Jair Bolsonaro es el nuevo presidente de Brasil. Uno de sus primeros actos fue encarcelar a Lula, para quitárselo de en medio. Lula ya ha sido puesto en libertad. Los incendios de Amazonia dieron paso a los de Australia y nadie habla más de la destrucción de las reservas amazónicas del medio ambiente. Ni de los simpáticos koala. De Brasil se habla de vez en cuando, pero sin demasiada insistencia. Sólo cuando el presidente que fue capitán dice alguna frase graciosa los periódicos se acuerdan de él. Como de los koalas australianos fritos durante largos días. El hombre tiene la facilidad de olvidar pronto. Aquí no ha pasado nada. ¿Arde todavía en algún lugar de Amazonia? ¿Los amigos del Presidente han ocupado más tierras? ¿Lula se prepara para intentar volver a la presidencia algún día? ¿Cuántos koalas han quedado en Australia? A nadie le importa nada, el mundo sigue girando. Ah, si, Bolsonaro acaba de considerar en su infinita sabiduría que los casi 90 mil indios que viven en reservas, un 12 por ciento del territorio brasileño, “han cambiado, están evolucionando y convirtiéndose cada vez más en un ser humano como nosotros… Lo que queremos es integrarlos a la sociedad para que puedan ser dueño de sus tierras”. Tierras que por lo visto son demasiados extensas por lo que habrá sitio para que se siga desarrollando el intelecto de los indios y para implantar minería y agricultura de quienes tienen la intención de sacarle jugo a la selva.

Pero es que, medita Bolsonaro, los indios viven como animales en el zoológico. Como koalas capaces de expresarse malamente, más o menos. Esto último lo digo yo.Y, por cierto, los que afirmaban con ahínco que el Presidente quería cargarse la Cultura estaban total y absolutamente equivocados. Ya tiene incluso una ministra del ramo, Regina Duarte, de 72 años, una excelente actriz de telenovelas de la rede Globo, de origen francés, lo que en un país como Brasil da un cierto chic. Puedo afirmar su valía porque durante los tres años que estuve como corresponsal en Brasil procuraba no perderme ninguna de sus novelas. Se nota que el Presidente es un fino psicólogo. Ha puesto de ministra a una mujer de telenovela, que es el verdadero opio y alma del pueblo brasileño. Ya ven que les cuento las novedades del reino, porque Brasil fue un reino portugués, con la mayor displicencia, aburridamente, porque resulta que en el resto del universo la gente se aburre y ya tiene una serie de guerras en curso en Oriente Medio, sin contar el “proceso” del presidente Donald Trump…

La verdad es que no tengo ni ganas de recordarles mis almuerzos con un delicioso y gigantesco pez del Amazonas en el restaurante metido en las aguas del mítico lago Paranoá de Btasilia, donde una par de veces, eso creo, invitamos a comer al Presidente del Partido Laborista Brasileño que presidía Lula, cuando suspiraba por la presidencia de Brasil, que entonces ocupaba el letrado Fernando Henrique Cardoso, quien sabía perfectamente leer y escribir, ya que era profesor de la Sorbona de París.

Y el hombre tenía un no sé qué negroide que él nos explicó en una ocasión diciéndonos con una sonrisa que uno de sus antepasados había metido un pie en la cocina de la casa, una manera como otra de decirnos que en tiempos ha ya alguien de su familia tuvo relaciones más que amorosas con una cocinera, cuando en Brasil todas ellas eran negras, aunque la población de este color no llega en Brasil al ocho por ciento. Me preocupa, ahora que caigo, que el insigne Bolsonaro no haya hablado de los negros brasileños, que controlan sectores poderosos. Conocí incluso a uno que se presentó en unas elecciones regionales de Brasilia, para lo cual se había comprado un impecable traje de raya diplomática. No ganó, como era de esperar, devolvió el traje que tan bien le caía y siguió ejerciendo su oficio de piscinero, es decir limpia piscinas, que en Brasilia son miles.

De quien también se habla poco es de Edson Arantes dos Nascimiento, aquel negro al que se aclamaba en los estadios del mundo al grito de “¡Pelé!”.A Pelé le conocí de ministro de Deportes en un momento en que el presidente Cardoso tuvo la humorada de nombrarlo en su gabinete porque pensaba que nunca estaba de más tener una celebridad de la minoría brasileña en su equipo. Luego, Pelé se retiró y siguió con sus enormes negocios.

Este es el Brasil del que puedo hablarles en este día de aburrido invierno europeo.Nada de nada, aunque haya quien diga si no hubiese sido mejor que Lula da Silva hubiese continuado preso, ya que no paraba de hablarse de él, le daban premios de cualquier cosa y un montón de gente iba a fotografiarse con él a la cárcel. Los observadores que me silban tamaña incongruencia al oído opinan que Jair Bolsonaro estaría menos tranquilo. Porque, como dicen en algunos países, se murió el perro y se acabó la rabia.Recojo de la edición del domingo 26 de enero una parrafada del diario español El París en la que se afirma que Lula “dio el plantón a 250 personas reunidas en Minas Gerais”. Por lo visto fue cosa del mal tiempo a no ser que se debiera al poco interés despertado por el ex presidente.

 

 

 

× ¿Cómo puedo ayudarte?