El día que me volví loco
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Llevaba una temporada dudando entre Fu Manchú y Ulises como héroe de bolsillo para mi uso y abuso. Por aquello de la señora Penélope, y aunque no tuviese más cruz que la de su marido y probablemente amantes disfrazados de pretendientes, el Ulises me entusiasmaba.Además, se gastaba muy poco en ropa y últimamente hubiese podido vestirle más a la moda. Esta mañana, en las urgencias de un hospital donde esperaba, como se espera en esos lugares, Georges Clooney no apareció ni para tomar café en cápsulas. Me tuve que conformar con una médica a punto de overbooking de Aterriza como puedas y una ayudante de no sé qué que no hacía más que reírse por teléfono.Entre el chirriar de las suelas de goma – ¡cómo me gustaba morderlas cuando yo era pequeño!-y el resuello de palabras de los pasillos pasamos la vida sin pensar en nada, me dice la bonita ayudante de ojos verdes. Y eso que en su época de estudiante universitaria pensaba sin parar, como una obsesión uterina que le valieron tres ingresos en psiquiatría, en racimos de peces en aquel atolón de Mururoa donde los franceses probaron una bomba atómica en nombre de “la grandeur de la France”. El general Charles de Gaulle tenía un buen vozarrón, era muy alto y le gustaba un uniforme más que a los terroristas de Argelia las bombas que estallaban en la capital para fastidiar al gran hombre. Ella, la enfermera sin estrellas, soñaba y soñaba con aquel atolón. Decía que era mejor que bombardear Hiroshima o Nagasaki donde una explosión nuclear podría haber causado auténtico desastre. Cuando el loquero le explicó que ya hacía muchos años que esas dos ciudades japonesas habían sido masacradas por los buenos de los norteamericanos, la muchacha se arrugó como el papel que antes te daban en las tiendas de ultramarinos con una loncha de jamón o de bacalao seco. Ytuvieron que encerrarla para siempre. Pero cuando el psiquiatra le volvía a sacar la conversación pretendía que la ignominia de las cuatro plumas blancas no podía producirse sin su autorización debidamente firmada por el insigne contralmirante Nelson. Nunca se acuerda de su nombre y a nadie parece importarle. También odiaba las palomas que se posaban confiadas en el aparcamiento del hospital, creyendo que llevaban la paz cuando no acarreaban más que enfermedades repugnantes.

Envenenó a doscientas veinticuatro mil hembras con permanganato de potasio. El hombre entró sin que nadie le oyese en la sala de las urgencias donde cada cual andaba rumiando sus males. Tenía el cráneo afeitado, era tan alto como Christopher Lee pero menos feo. Parecía amarillo, qué asco. Una coleta le caía sobre la espalda y debajo de la nariz tenía uninsensato bigote que ni Salvador Dalí hubiese vestido mejor. Sus uñas eran larguísimas pero recién limadas. Al parecer nadie le veía. Todos le tomaban y le trataban como a un emigrante yugoslavo con pinta de Kusturica, el de Underground. Se sentó a mi lado y me confesó lo malísimo que había sido en la vida. No me quedó más remedio que responderle que ya le conocía, que de pequeño me lo pasaba terroríficamente bomba con sus películas. La médica con overbooking se lleva a mi amigo. Sé que es Fu Manchú (el de aquellas películas de chinos malos) y que cuando cierre la puerta de la consulta cortará la yugular a la amable doctora, que luego se las verá y se las deseará para quitar las manchas de su blusa ajada pero todavía blanca.

Acaba de entrar un tipo extraño. Lleva sandalias con fino cuero que se retuerce por dos piernas desnudas pero con cierto garbo. Su ropa se reduce a una faldita y a una especie de coraza de cuero andaluz que le cubre el torso. Me cuenta que acaba de llegar de unas islas muy lejanas y que va para casa, ya sabe usted Ítaca, comenta con una sonrisa de cretino avinagrado por el tinto barato. Mequiere hacer creer unas aventuras que dice haber vivido. Una enfermera con minifalda se acerca y le saca sangre con desparpajo y alevosía. Entonces abre una cartera de piel de serpiente que lleva enroscada en el muslo derecho y me entrega una tarjeta: “Ulises, aventuras de todo tipo. Cita previa”. Me cuenta que había atracado en el puerto de Málaga a la fuerza cuando bellos barcos de Salvamento Marítimo le interceptaron en su ruta hacia Ítaca. Estaba indignado. “Me quieren hacer pasar por un migrante ilegal africano y no dejan de pedirme mis papeles. Los muy bestias no se dan cuenta de que soy el rey de Ítaca. Casi seguro que les asustaría si les recordase que el caballo de Troya fue invención mía”.

Una danesa en versión original llevaba un rato guiñándole el ojo izquierdo alternativamente con el derecho. Pero Ulises no está para romances: “Me he escapado de la ninfa Calipso aunque he tenido que darle un hijo y poco antes las sirenas estuvieron a punto de violarme”.La danesa, que lleva bata de enfermera corregida por el modista Delacroix hace alarde de todos sus encantos. No pudiendo más se acerca a él y le dice algo. Se van juntos hacia un consultorio. Todavía no me habían llamado a mí cuando volví a ver a la danesa. Llevaba puestas la túnica de Ulises. A la salida me tropiezo con un tipo viejo, como yo, con cara de niño. “Hola, soy John Updike. Tengo un cáncer de pulmón y creo que la voy a palmar (morir, desaparecer, finiquitar). Felicito a este escritor norteamericano cuyas Brujas de Salem fueron un gran momento del cine y de la literatura. Y lo felicito sobre todo por su próximo deceso.

(“Ya era hora”, me sonríe como si quisiera que le perdonase).