La locura de Richelieu
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Es indudable que todo estamos locos porque, según la definición oficial, la locura es “la privación del juicio o del uso de la razón”. ¿Y quién no pierde la razón al menos doce veces por día?Dicen que los pájaros son felices porque cantan pero no se ha averiguado con certeza si cantan de alegría o de dolor. ¿Han visto ustedes ya una gaviota alegre? Ni siquiera saben cantar. Emiten un quejido y nunca sonríen. Solo son bellas cuando vuelan. Los humanos no sabemos volar. ¿Vuelan los ángeles? Es difícil de decir porque no se ven. En Brasil te cuentan que cada uno de nosotros tiene su ángel guardián. Yo tengo la foto de uno de ellos en mi mesita de noche, por si acaso. Me lo regaló una muchacha que me apreciaba.Poca gente puede jactarse de haber visto sonreír, reír, a menos que haya sido en una borrachera, al hombre que más felices ha hecho a muchos de nosotros, Vincent Van Gogh. Y, sin embargo, cuantas alegrías nos ha dado… Todos los pintores impresionistas pintaban para que la gente conociese la belleza de la felicidad. Pero los cuadros de Van Gogh casi nadie los veía porque nada más terminarlos los mandaba a su hermano Théo, marchante en París. Sorolla me ha hecho feliz. El Greco me ha dado ideas de suicidio.Todos estamos locos aunque los médicos nos digan lo contrario porque es imposible vivir en un equilibrio ideal en un mundo donde la traición, la mentira nos corren detrás a todas horas. Por eso nos dejan tener de vez en cuando, pero no mucho. para que no nos acostumbremos, unos instantes de felicidad. La felicidad de casi todos los hombres se la dan los niños y las mujeres, que en el fondo son una misma conjunción.

Ellas, aunque luego te odien, saben de instinto cómo hacer sentirte a gusto, casi feliz. El roce de una mano de una mujer, aunque sea cuando en el supermercado te dan el cambio, puede ser un momento trascendental. Una sonrisa, aunque ella piense en otra cosa, hace que un hombre se sienta mejor. Porque la sonrisa es cariño, hasta amor en sus casos más graves. ¿Y qué decirles del abrazo que atraviesa el alma?

Los curanderos del alma que son los psiquiatras, con sus ayudantes, los psicólogos, dicen a veces cosas terribles, que demuestran que ellos tampoco escapan a la locura. He oído a una muchacha psicóloga que parecía tener años de jugar no de juzgar la mente decir que se puede escapar al pánico, una de las más terribles manifestaciones de locura, haciéndose amigo de él. Como si el pánico, esa impresión de morir que empieza en el fondo del estómago y se pierde en lo más profundo del cerebro, supiese de amoríos o ni siquiera de amistad.

Muchos médicos reconocen que solo un tal Prozac fue capaz, es capaz con otros nombres, de aliviarnos esa locura que no sabes cuándo te va a saltar a la cara, cuando vas a tener que enfrentarla, si es en el momento de comprar el periódico, afortunadamente cada día se compran menos, o al tomar el primer buche de té de la mañana.

Si lees las cartas que Sigmund Freud, el padre de todas las locuras, enviaba a su novia, es imposible pensar que ese hombre pasaba el día luchando contra la locura, que a ratos le arrinconaba a él mismo en su propio gabinete de médico pobre de Viena y entonces, a veces, cuentan, dicen, esto también es locura, recorría a las drogas, a la cocaína.

Inventó el psicoanálisis y entonces te tendías en un sillón y contabas, contabas, hablabas, hablabas, hasta que a veces iba saliendo todo el lodo de la existencia. He conocido a algunos psicoanalizados que terminaron teniendo que recurrir a los calmantes del alma como todos los descendientes del Prozac, hasta el litio, que hace algún tiempo estaba de moda en los hospitales de París.

Conocí muy bien a una mujer en el París de los años sesenta que había vivido el horror de la ocupación alemana en París y como era judía lo pasó muy mal. Cuando terminó de huir de los alemanes le tocó huir de la locura que le habían dejado y de vez en cuando la mandaban al hospital para un período de cura.

Por aquella época, los que podían prevenían los ataques de locura sotto voce que tenemos todos. Se sumergían en clínicas caras donde dormían durante un cierto tiempo, una, dos semanas, con reaparición en la vida el tiempo justo para las necesidades justas de cada día, comer, defecar, afeitarse quizá, ponerse una compresa.

Todas esas clínicas me dicen que cerraron, o la mayoría de ellas. No eran suficientes para convencer a la locura.

Yo fui de los que durante años tuve en mi mesilla de noche el ángel Prozac, igual que ahora tengo la estampa de los ángeles brasileños. Y cuando tuve una caída de locura en picado, uno de los mejores psiquiatras de París, después de varias semanas de visitarnos, hablarnos durante horas, terminó por decirme que si era cierto que yo creía en Dios que me encomendase a él y tomase mi Prozac a horas fijas. Así llevo cuarenta años.

Me he acostumbrado a la locura y trato de jugar con ella, rezando de vez en cuando para que a ratos me deje tranquilo. Y cuando aprieta recurro a la caja de medicamentos. La locura está en todos nosotros pero podemos amansarla dándole las pildoritas que a ella le gustan, como si fuese un canario al que le ofreces una hoja de lechuga.

No me crean. No son más que tonterías. Estoy loco, gracias a Dios.La moto amarilla del cartero acaba de marcharse de mi portal y no ha subido a verme. Afortunado que es uno de vez en cuando.La gente cree que desde el invento de la escritura por el aire (los famosos mail de Internet) ya apenas se reciben cartas. Pero los gobiernos saben que las cartas con muchos matasellos y letras gordas imponen todavía respeto. No son como las que el Cardenal Richelieu daba a su jefe de mosqueteros para meter a alguien en la prisión de la Bastilla y olvidarlo, pero un cartero con casco de motorista y una carta muy sellada y lacrada, que no te entrega hasta que cumplas una serie de requisitos de identidad es un martirio.

Aunque ellos también están locos de nacimiento, como todos, los poderosos han aprendido, los muy marranos. cómo volvernos un poco más dementes, y por sorpresa, sin previo aviso, con la carta de Richelieu.