Cuba y un pronóstico, quizá demasiado optimista

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

El académico caminaba al ritmo de sus 80 años, carpeta negra en una mano, mientras regresaba de una de esas clases a las que acude como invitado en las universidades de La Habana y San Gerónimo. Andaba como perdido en sus cavilaciones cuando me le acerqué a fin de acompañarlo hasta aquella residencia en que nació, y después de saludarlo respondió como siempre ha hecho y dejó escapar, supongo, lo que en silencio meditaba. “Oh, periodista emérito, yo muy bien, seguro de que en cinco años este país cambiará totalmente”.

Estaba convencido el profesor, quien en 1957 se quedó a la espera, junto a otros jóvenes del barrio, de incorporarse como apoyo al comando universitario que intentó matar a tiros al dictador Fulgencio Batista (1901-1973) en el fallido asalto al Palacio Presidencia de la época. “Mira, el año próximo Raúl Castro deja la dirección del Partido (Comunista) y con él se irán (de los puestos claves) todos los viejos, y entre ellos los que están torpedeando los cambios que impulsa el mismo Raúl”. Sabía el académico que su predicción no era más que eso, una suposición optimista, quizá solo un deseo, pero sin embargo parecía tenerlo todo claro. “Lo que está expuesto en el nuevo modelo económico del país -prosiguió-  es muy profundo y si no ha podido concretarse en todos estos años es por la resistencia que hacen al cambio los viejos líderes”. Fue incluso más allá: “Trump va a pasar y aquí lo que corresponde es resistir, con el riesgo siempre de que haya un estallido interno”. Cuando nos despedimos, parecía satisfecho de su razonamiento y no hizo falta que se extendiera en el alcance de los cambios pronosticados, porque conociéndolo desde hace más de 40 años sabía que él confiaba en que todo partiría de las bondades de una economía en la que actuaran a la vez la empresa estatal, la privada y la cooperativa, como a grandes rasgos establece el modelo económico que se busca implementar en medio de un aparato burocrático enorme, décadas de inmovilismo, y el desarrollo de mafias sectoriales que desde el todavía omnipresente poder del Estado trafican a su favor con bienes, servicios y hasta con comisiones millonarias para importar lo que menos beneficia a la nación pero engorda sus bolsillos.

En este contexto, en su blog Segunda Cita, el poeta y trovador Silvio Rodríguez, exponente icónico del pensamiento político cubano de los últimos 60 años, reprodujo la siguiente entrada a partir de las frustraciones en Europa Oriental, que bien podría ilustrar la complejidad conceptual y práctica de la isla.  : “La abolición de las facciones en el seno de los partidos comunistas y la subordinación del resto de las formaciones políticas en los países de socialismo real vino a consolidar este monopolio político por los grupos de poder de las altas instancias partiestatales. Para la participación popular en la esfera política quedaron el aplauso, las marchas y actos ritualizados y sus contrapartes universales: doble moral, economía subterránea y el choteo compensatorio. En el caso cubano, con la fusión de las organizaciones revolucionarias y la eliminación de todos los restantes partidos (en 1960), el monopolio ha sido absoluto. A esta forma de gobernanza le son imprescindibles la falta de transparencia informativa, el discurso hiperoptimista y la censura a las opiniones divergentes. Este rasgo, que suele ocultarse tras el mito de que hacer lo contrario daría recursos al enemigo para sofocar el socialismo, solo conduce al voluntarismo, el ocultamiento de los problemas y la posposición de los cambios necesarios para las calendas griegas. Sin la crítica científica, opositora y popular, los que saben pueden medrar a su antojo con el poder, o aplicar medidas de buena fe que solo conducen al abismo. Ventilar públicamente cómo superar el lastre del modelo estalinista está al orden del día en la Cuba actual”.

A mi juicio no por populismo, sino por tener calibrado el malestar social acumulado, Díaz-Canel, de 59 años, quien todavía no lleva ni dos en la presidencia de Cuba, insiste en la urgencia de “destrabar la economía nacional y acabar con la burocracia”. No sé si lo logrará, pero la intención está. En un país en el que los planes más enjundiosos se incumplen o se quedan a medias, es arriesgado compartir el optimismo de mi amigo, aunque me encuentre entre los muchísimos que quieren cambios. NO hacia el neoliberalismo, como clama el exilio de Miami y sus asociados aquí, pero sí en una dirección realista y soberana, que entregue a la mayor cantidad de compatriotas el bienestar que se han ganado en 60 años de lucha y resistencia. NO descubro nada nuevo, hacer predicciones siempre es más fácil que llevarlas a la práctica. No obstante, me aferro, quiero sujetarme a la esperanza.