Cuba y el encabronamiento generalizado

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Estaba molesto el presidente en una reunión con la titular de Trabajo y Seguridad Social y sus más cercanos colaboradores, según lo que permitió ver el reporte de la televisión nacional. “Nos metimos ocho años” para decidir que era lo primero, si elevar la productividad o los salarios, dijo en esencia Díaz-Canel y de golpe José Antonio Ballester pensó en la agobiante lentitud con que se mueve el aparato estatal cubano en cualquier campo y los costos que ello implica para la gente de a pie, que son los más. Como no tuvo tiempo de grabar el reporte de la tv (hábito de viejo periodista), buscó a la mañana siguiente los informes de la prensa oficial, fríos como todos los informes, y encontró la cita que más podría acercarse al encabronamiento que reflejaron la voz y la imagen del gobernante. “Hay que lograr mayor celeridad en la toma de decisiones (dijo) y puso como ejemplo el reciente incremento salarial en el sector presupuestado; una medida que a su juicio demoró demasiado en adoptarse. “Nos pasamos la vida discutiendo cuál era el mejor momento para hacerlo y repetíamos un discurso que no convencía a nadie. Una de las cosas que estamos llamados en el plan de 2020 es el de destrabar la economía de este país”, decía el informe. En la mañana de aquel sábado en que vio a la noche al presidente molesto, había recorrido a pie, mochila a la espalda, varios kilómetros a la redonda de su casa junto con su compañera de siempre en busca allá y más allá de cuatro latas de tomates para cocinar; un poco de carne de cerdo y jamón; un trozo de queso; y edulcorante líquido a fin de endulzar con menos riesgos para la diabetes de ella. Al subir la cuesta de regreso al punto de partida, tras desembolsar el equivalente a 70 dólares ( mucho más que las pensiones de jubilados de ella y él) , sintió en silencio y en las piernas el peso de sus 74 años, andando entre colas para comprar casi cualquier cosa; marchando entre las caras oscas y los comentarios breves y siempre mordaces de quienes esperaban alguno de los ómnibus de transporte público que escasean tanto como los alimentos, el gas licuado y de nuevo la gasolina, porque ya se sabe que el Emperador del Norte está tirando a matar contra su isla. Sintió entonces, una vez más, que el encabronamiento no es exclusividad del presidente.

 “Repetíamos un discurso que no convencía a nadie”, había admitido Díaz-Canel en referencia al debate nacional surgido por el alto costo de la vida y los bajos salarios en el sector estatal –tres millones 79 mil cubanos, del total de cuatro millones y medio de empleados-, que se mantuvo durante OCHO AÑOS sin solución hasta 2019, cuando llegó el esperado aumento de salarios y pensiones. El gobernante hablaba en el ministerio quizá más burocrático de todos, y José Antonio volvió a las preguntas: ¿Podrá lograrse como urge la vida “mayor celeridad en la toma de decisiones” con esos funcionarios habituados a los cuños, las estadísticas, la insensibilidad y los informes con muchas copias?. Como no tenía respuestas convincentes a la mano, se sirvió otra tacita de café, prendió uno de esos cigarrillos que su doctora le tiene prohibido y optó por llenarse de béisbol, el deporte que mueve multitudes en su país, y aunque su equipo de siempre, INDUSTRIALES, había quedado eliminando de la gran final, también el sábado de larga caminata y molestia televisada, dejó a un lado las interrogantes, disfrutó la victoria del equipo de MATANZAS y mejoró su ánimo al constatar que, al menos en esa provincia, la gente había olvidado las penurias cotidianas y hasta los tiros a matar del Emperador de Norte, y se lanzaba a las calles y a las plazas un una festividad que se extenderá POR SIETE DÍAS, porque así también es esta isla.