Los nuevos héroes cubanos
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace noche en Europa y a unos ocho mil kilómetros está La Habana, donde luce el sol suficientemente para freírse en las colas para comprar patatas o mientras se recorren las farmacias en busca de un medicamento que no ha llegado. Desde que descubrí en los años sesenta que un tipo llamado Fidel Castro había hecho lo que nadie se había atrevido, una Revolución y además comunista al ladito de los Estados Unidos me convertí en fidelista. Y sigo admirando a aquel tipo que tuvo narices para plantarle cara a la mayor potencia del mundo. Claro que los cubanos tuvieron que pagarlo y muy caro.Estados Unidos les cerró las puertas y la gente de Cuba tuvo que aprender a vivir en un régimen de embargo, lo que quiere decir que no entraba, ni entra, todo lo necesario que Cuba necesitaría para vivir en paz alimenticia y otro. Falta de todo. Pero no solo comida. Muchas veces medicamentos indispensables para seguir viviendo. Pero curiosamente la esperanza está en venta libre. Yo, cuando no encuentro la botella de leche en la cocina a la hora del desayuno me entra la santa rabia. Ellos procuran tener leche en polvo y se arreglan. Y si quieres comer patatas, vete a la cola por si quedan. Y cuando el coche se te quede sin gasolina, prepárate para pasar horas esperando que te sirvan en la gasolinera. Yo solo conocí esas bromas en Mayo del 68, cuando los estudiantes franceses declararon una revolución, en minúsculas, claro, que duró un mes y que nos obligaba a buscar patatas y gasolina en la frontera belga, casi trescientos kilómetros por carretera, con el depósito del auto tiritando.Eso duró solo un mes que nos pareció un siglo, hasta que el presidente Charles de Gaulle se puso el uniforme, desapareció en una base secreta y los niñatos de la huelga comprendieron que la cosa iba en serio. Ni imaginar quiero que esa falta de todo que tuvimos aquel mes nos hubiese durado SESENTA años, que es lo que les ocurre a los cubanos. Imagino que hubiésemos emigrado. Lo malo es que Cuba es una isla y salir no es tan fácil porque abandonas toda tu vida, hecha de privaciones y de mucho coraje. Porque la Revolución, aquí con mayúscula, no la hizo Fidel solito. Tuvo a su lado a su pueblo, unos diez millones de personas al cambio actual, que las pasaron peor de lo que puede imaginarse. Cortar caña o recoger el café no es una broma. Esto me lo han asegurado compañeros que tuvieron que convertirse en campesinos sin tener idea. Años muy duros, lo cuentan ellos mismos, lo cuenta sobre todo un libro que les recomiendo, “Crónica desde las entrañas” del excelente periodista cubano Manuel Juan Somoza. Para temblar de pánico.

Otros compañeros me han repetido cosas parecidas a las que él cuenta. Todos tuvieron que convertirse en campesinos, manobras, mecánicos y combatientes, porque durante esa Revolución los Estados Unidos intentaron asaltar Cuba. Esto sin contarles la crisis de los misiles, cuando Kennedy y Kruschev se liaron en una partida de póker atómica.

Porque en aquellos tiempos los soviéticos estaban instalados en Cuba y a aprovecharon para poner misiles por si algún día, supongo, podían darle un susto a los yanquis. Y entonces los pilotos norteamericanos los descubrieron y se armó la marimorena. Sorprendieron a buques de la URSS que iban rumbo a Cuba y Washington exigió que dieran media vuelta. Ya había bastantes misiles en Cuba.

Y fueron momentos de pánico hasta que Kruschev dio la orden de parar el show.Y todo eso, que nosotros europeos veíamos todas las noches en la televisión durante la cena, con unas copitas de buen tinto, claro, los cubanos, esos amigos míos que todavía viven lo sufrieron en sus propias carnes y con el consecuente miedo metido en el cuerpo. Esa broma macabra duró desde el 16 al 28 de octubre de 1962. En París, seguíamos la crisis con el desparpajo de la distancia y de saber que nada nos iba a pasar y mientras nosotros bailábamos el último cha cha cha en la casa de unos u otros, los cubanos, mis amigos, esos héroes, lo pasaban bastante mal. No tenían mucho que comer pero seguramente que se les atragantaba pensando en lo que podría pasar si el viejo soviético y el joven y enfermo norteamericano no se ponían de acuerdo.

Ahora, cuando ya estoy en la recta final y no paro de criticar lo que hacen las nuevas autoridades cubanas –porque entretanto Fidel murió—me doy cuenta que, en realidad, he sido un heroico combatiente revolucionario a costa de mis amigos cubanos. A ocho mil kilómetros analizo, critico, pateo a los unos y a los otros y digo que Cuba ya debería vivir bien después de sesenta años de Revolución. Porque sí, porque lo digo yo.Pero mis amigos, que llevan sesenta años pasándolo realmente mal, regular o peor, no se quejan. Van a la cola de las patatas y vuelven a la farmacia a ver si el puñetero medicamento ha llegado ya. No se apabullan de asco. Creen, pese a esos tantos años transcurridos, que un día todo se arreglará y que tendrán una vida mejor. Quizá porque están convencidos, no lo sé, de que Estados Unidos acabará con su maldito embargo y los dejará vivir en paz. No sé si eso ocurrirá algún día y creo que pocos politólogos serios se atreven a afirmarlo, pero ellos creen en el futuro.

Son casi las nueve de la noche en esta isla africana donde yo vivo y me estoy tomando mi segundo té envasado cuidadosamente por los ingleses. Solo he tenido que ir a la cocina y abrir una lata. Y si no hubiese quedado más pues me habría ido a comprarlo al chino que está a doscientos metros. “Todos estamos cansados, muy cansados, pero no defraudados ni arrepentidos”. Esto me lo dice en una carta que hace un rato recibí un gran amigo y un gran periodista, al que no le importa tomarse el café con leche en polvo y no salida de las ubres de una vaca.

Confieso que esta carta me ha llenado de vergüenza. ¿Hubiera escrito yo eso si llevara sesenta años poco más o poco menos luchando por la vida, por un medicamento, por unas patatas o por unos puñeteros litros de gasolina? No lo creo. Soy un fidelista de la retaguardia, de los que no arriesgan nada. Eso es vida. Ellos, el de la carta, el otro, la otra y el de más allá que viven en el país más bello del mundo, son los héroes. Pero creo que ni lo saben. Que les parece la cosa más natural del mundo.