Fútbol, lapidaciones y millones

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Si Lawrence de Arabia hubiese sabido jugar al futbol y se hubiese entrenado con Di Stefano, por decir algo, en lugar de sentarse a meditar y a guerrear en el desierto, los árabes no hubiesen pasado tantas calamidades y probablemente ni se hubiesen escrito Las mil y una noches.De meditabundo y filósofo de las dunas, Lawrence se convirtió en un estratega que pretendía poner un poco de orden en el mundo árabe, el suyo, el que había adoptado, pese a sus ojos azules o verdes y a su eterna mirada al infinito un poco ambigua sexualmente.Porque resulta que pocos años después de su desaparición, el fútbol se ha convertido en un arma diplomática que los más ricos de los árabes están considerando como el remedio definitivo diplomático. Lo bueno que tiene el fútbol es que no conoce la palabra ridículo. Lo practican unos señores cuya única preocupación es pensar dónde meter tantos millones como ganan. Un ejemplo. El Real Madrid ha comprado un muchacho muy joven” (como si fuera ganado) pero que tiene clase con el balón, o que tendrá, porque aquí las opiniones divergen, que ha costado algo así como 30 millones de euros. A eso agregue usted su sueldo mensual, las publicidades, enteramente para sus bolsillos, y otras ventajillas.

No creo que el científico Alexander Fleming muriera rico y sin embargo había inventado la penicilina, gracias a la cual se salvan todavía vidas todos los días. En cuanto a Marie Curie, tampoco tuvo nunca un Rolls para ir a su modestísimo laboratorio de París donde descubrió la radiactividad que tanto cura el cáncer y otras atrocidades.

A los futbolistas que constituyen las grandes ligas, los memorables equipos multimillonarios de Europa, no se les pide ni que piensen. Con que metan goles ya está. Se forma una cadena de directivos, presidente, futbolistas, ayudantes, novias y primas hermanas y el dinero se acumula en manos de estos inútiles del balón que ni el Banco Central Europeo podría guardar tanta pasta.

Y la gente feliz que te quiero verde. Los árabes, que además de petróleo y chilabas de grandes modistos tienen tiempo para pensar han encontrado la solución para que la gente, esos malditos periodistas…, vaya diciendo que si las mujeres son tratadas a patadas en esos multimillonarios países del Golfo Pérsico. Imaginen que cuentan que cuando una señora se enamora de otro señor que no es su esposo divino y la engaña en la cama, un tribunal la condena a ser lapidada. Para los que no están acostumbrados, aclaro que lapidar es apedrear, en este caso a una señora, hasta dejarla muerta o sin más ganas de hacer guarrería fuera de las reglas que manda el hogar.

Otros cuentan cómo a los ladrones se les corta las manos, no sé si una o las dos, y otras menudencias, que siempre han sido aceptadas como algo normal entre las dunas de la eternidad pero que con el modernismo y las Brujas de Salem de Hollywood que pusieron en jaque a los hombres por pasarse de listos con carne femenina que no les pertenecía, las cosas cambian, aunque muy poco a poco.

Hasta hace poco las mujeres no tenían derecho a conducir un automóvil en Arabia Saudita.

Claro, cuando un jeque guapo y con barbita a la Omar Charif escucha estas cosas, pues le da por pensar. Y deja que conduzcan pero sin quitarse el velo que las cubre como momia de paseo.

Un buen día, bajo una tienda en pleno desierto de Arabia Saudita, un consejo de sabios se reunió para acabar con la mala reputación de que eran objeto. Yo no estaba allí pero me contaron, fake news, que uno de los presentes pronunció de pronto la palabra mágica: ¡FUTBOL!.

Todo se resolvería con el fútbol. Y el hombre explicó cómo. Se organizó un comité de acción que exploró el mundo de esos animales de europeos sin petróleo y compraron el Paris Saint Germain, joya del fútbol francés, y así fueron reuniendo equipos que les costaban fortunas y con los que también ganaban fortunas y ya no es inaudito ver en los campos de Europa nombres árabes en las camisetas de algunos clubs de prestigio. Ahora hablan árabe, además del equipo francés, el británico Manchester City, el monegasco Monaco y los españoles Málaga, Almería y Granada.

Y como vivimos en un mundo de imbéciles indeseables, el espectador se ha acostumbrado a que el jeque Palito Orthegaa sea el presidente de un equipo de fútbol y ya es imposible creer que gente tan civilizada como para jugar al noble arte del fútbol, todavía más fino e intelectual que el ajedrez, sean capaces de lapidar a mujeres malas o de cortar manos a amigos de lo ajeno. Operación perfecta de moralización.

Ahora acaba de terminar en Arabia Saudita un torneo internacional de fútbol con lo más granado de los futbolistas europeos que han disputado el Atlético de Madrid, el Barcelona, nada menos, con Messi, el Lawrence de Arabia del balón, el Real Madrid y el Valencia. Una monumental estupidez porque jugar al fútbol en el lugar del mundo donde el calor no se va ni por Nochebuena, era una bestialidad. Pero entonces los jeques sacaron sus chequeras, la compañía aérea que poseen los Emiratos, la más lujosa del mundo, vistió de Sherazade a sus más bellas azafatas para llenar el Golfo de futbolistas y periodistas, claro, si no quien iba a contar la odisea, y ya está. Patadas a 50 grados centígrados o lo que hiciera falta.

Esto no quita para que entretanto países como Francia, Alemania, Inglaterra y creo que hasta España según sus posibilidades vendan las armas más mortíferas a esos países que tanto aman el fútbol. Es decir, que todo son negocios.

Al mismo tiempo, unas cuantas señoras o señoritas periodistas que han estado en Arabia Saudita durante el campeonato que ha hecho reír al mundo se han encargado de propagar la buena nueva de que ni siquiera les exigieron que llevaran velo. Ni las apedrearon. Y ninguna fue lapidada. Ni violada. El paraíso. ¿Por qué se creían ustedes que se escribió Las mil y una noches?

Y todos los europeos estamos felices de tener amigos tan lejanos pero tan ricos y generosos que nos llevan a jugar al fútbol con 50 grados centígrados a la sombra tras haber repartido a los participantes suculentos cheques de no sé cuántos ceros que ni pasan la aduana fiscal.

Ya ven, señores que tanto critican la influencia del fútbol, como dar patadas a una pelota contribuye a la paz del mundo y al enriquecimiento, un poquito más, de todos esos pobrecitos muchachos que sacrifican sus pies aporreando una pelota.

Por cierto que durante el torneo de Arabia Saudita los periódicos se olvidaron de los diferentes conflictos que sus países alimentan, amén del descuartizamiento de un periodista opositor árabe en Turquía. Minucias, que decía el otro gritando gooooooooooooool hasta desgañitarse.

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