Fake News Story

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La puerta de plástico amarillo tenía un cerrojo descomunal, de gigante de cuento de hadas, de al menos treinta metros de largo, que ni Alicia podía tirar de él. Brigitte Bardot, que acababa de cumplir 19 años y Jeanne Moreau, que ya era una señora de edad respetable, tiraban igualmente y con una desesperación peliculera del maldito cerrojo porque sabían que la primera que consiguiera correrlo accedería al gran escenario del Palacio de Festivales de Cannes. Toda la corte de gatos, conejos y conejas, vestidos con smokings de plástico amarillo, estaban dispuestos a ayudarlas, hasta que Brigitte, en una repentina visión de primera comunión, cuando era virgen y su papa coronel, se dio cuenta de que era muy joven para amar un premio y Jeanne Moreau se percató de que ya le había pasado el tiempo de los cuentos de hadas. El escenario estaba repleto, hasta lo más alto, lleno de bailarinas del Ballet Real de Copenhague, todas ellas travestidos, encargados de entregar los premios, consistentes en un viaje ida y vuelta al monte mágico donde había agonizado el personaje de Hemingway que nunca había existido pero que en un rincón del escenario limpiaba su carabina porque decía que de otro modo se le oxidaría y que para cazar patos era una lata.

Era mentira. Todo era mentira. Como el mejor periodismo. Mentira. No había escenario, ni ratones ni siquiera conejos en edad de casarse. Eran periodistas que se celebraban ellos mismos y se repartían premios que consistían en cestas de tomates y pimientos morrones.

Pero pese a eso cada cual contaba sus peripecias, su vida, su carrera, porque sabían que después serían pasados por las armas en la plaza de los Invalides, donde Napoleón había dispuesto un regimiento de lanceros bengalíes comandados por Sabú, y a las órdenes de la guapa Chelo Alonso, una cubana que por la circunstancia se había convertido en la sultana del Penjab, donde había estado casada con el sultán de Parallacá.

Todos los periodistas tenemos algunos momentos de orgullo. No me refiero a los grandes, o que se dicen grandes, y que participan en la rifa de premios que se organizan en la comunidad. Hablo de sentirse un hombrecito que ya cuenta.

A mí, como algunas de las cosas bonitas que me han ocurrido fue en La Habana, y nada menos cuando fui allí por primera vez con la advertencia de algunos compañeros de la Agencia France-Presse París de que la primera noche me meterían en la cama a una espía, al mismo tiempo que grabarían todo el desarrollo de la noche. Y que si ese día no tenían espía disponible según los gustos ya archivados en los registros de los servicios secretos de Cuba, me grabarían hasta en el cuarto de baño.

Aunque yo hacía que no me lo creía, estábamos en diciembre de 1985, el anticomunismo primario que todos llevamos dentro se me salió como un salpullido y durante todo el vuelo, era cuando había que hacer escala en Gander (Canadá), mire con desprecio a las azafatas mulatas que alegraban la vida a los otros pasajeros, juerguistas con guitarras que decían que iban a participar en la zafra. Todo era mentira, le había dicho el profesor Sorbet, inventor del agua Perrier especial para güisqui.

Él estaba convencido de que eran unos gandules mendicantes recogidos en algunos rincones de Europa con los que habían llenado el avión, un Iliuchin soviético a punto de jubilarse.

El avión descarriló y hubo 384 muertos, muchos más de los que contenía el avión, pero así hacía un titular más bonito un domingo en Gander, y seguramente vendrían muchos turistas para ver tanta carne asada en un avión soviético. Porque estábamos en la guerra fría y no había piedad para el lector.

Cuando entró en el aeropuerto, era el único superviviente, le dijo una azafata desnuda de azul asqueroso, que le pidió cambio de cinco dólares por nada, que era el único majareta que Canadá dejaba entrar aquel día en su territorio. Podría hacer lo que quisiera. Pero no había nada que hacer.

Cuando le dio el cambio de cinco dólares compraron cerveza portuguesa que vendían unos enormes conejos en un rincón de la pista. El piloto del avión, un Iliuchin recién estrenado, tenía apenas cincuenta y dos años luchando en los frentes de los Balkanes, se levantó todo lleno de heridas y se tomó una cerveza. Luego quiso comprarle la escopeta a Hemingway para suicidarse pero el norteamericano le mandó al carajo en lengua armenia, que había aprendido de pequeño, cuando le sedujo una niñera negra de ojos verdes con la que tuvo trillizos.

Cuando el Air Force One, el avión del presidente de Estados Unidos, aterrizó, salieron de su barriga doscientos cincuenta y tres infantes de marina que formaron una impecable guardia de honor al lado del avión accidentado. Donald Trump, que entonces tenía 12 años pero ya su papá lo entrenaba para ser Presidente, estrechó la mano de todo el mundo y como le quedaba tiempo pidió Coca-Cola con regaliz.

Cuando amaneció el día, la pista había sido convertida en un salón de baile gigantesco. Era el 31 de diciembre y estábamos en Viena en un gran matadero donde los bueyes vestidos de gala bailaban valses y valses y más valses.

Hasta que el pequeño Trump se mareó y hubo que evacuarlo en un tractor hasta un estercolero cercano.

La fiesta seguía de lo mejor. Pero de pronto todo el mundo dijo que estaban locos y que aquello no podía ser.

El Presidente del New York Times aterrizó en su helicóptero de papel de periódico y dijo que Alicia no había podido venir pero que lo mejor es que todo el mundo se fuera a casa porque ya se había acabado la fiesta. Y con una sonrisa de caramelo y chicle angloholandés gritó muy alto ¡FAKE NEWS! Que en español quería decir noticia falsa. Auguró que a partir de ese momento no habría ninguna noticia auténtica en sus dos mil trescientos periódicos. La gente aplaudió porque la verdad cansa, sentenció el filósofo de turno encargado de decir tonterías.

No había fiesta. No había nada. La pista de Gander era un inmenso tiovivo de un pueblo pequeño de Andalucía, España. La Guardia Civil se llevó preso al niño presidente Trump y a toda su familia, mientras los periodistas auto condecorados se suicidaban arrojándose a un rio que habían abierto en una punta de la pista.

Era todo mentira. Como la vida misma. Como la prensa. No había pasado nada, porque nunca pasa nada. Pero había que dar la impresión de que la II Guerra Mundial acababa de empezar y el general Eisenhower llegó con una multitud de submarinos volantes.

Otra multitud de esquimales que asistían a la escuela primaria estaban encantados. Se quedaron muy triste cuando les informaron de que todo era mentira, de que aquello era un ensayo para cuando el mundo recobrase su aspecto normal.

Todos desfilaron cantando sevillanas con banderitas que decían FAKE NEWS – NOTICIAS FLSAS- FAKE NEWS- NOTICIAS FALSAS.

El Presidente del conglomerado de la prensa canadiense declaró a una radio local que ese era el porvenir del mundo. Y que desde entonces no habría más que muchas, millones, trillones, cuatrillones y más NOTICIAS FALSAS. Y la gente podría dedicarse a morir tranquilamente sin preocuparse por tonterías como la verdad, sobre todo los domingos que era día de guardar.

El Air Force One volaba calladito entre un sinfín de nubes transparentas. Desde el mar, cerca de Terranova, un pesquero cuyos tripulantes hablaban rusos no lo perdían de vista, con las puntas de sus antenas inclinadas hacia las estrellas. Eran espías del Kremlin, otra invención yanqui. Nunca existió la Unión Soviética y menos el Kremlin, pero te distraías. Si Stalin lo hubiese sabido no hubiese sido director general de la CIA.

Por cierto, la CIA tampoco existía.

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