La hamburguesa de Rio

Sergio Berrocal | Sergio Berrocal Jr

Cuando el mundo se vino abajo en plena primavera de París, cuando florecen en las calles las muchachas que se inventan vestidos para enseñar sus cuerpos, me convencí de que no hay nada que no pueda arreglar la escritura. Después de tantos años escribiendo la historia de los demás, de contar lo que ocurría a otros y ver una lágrima de menos en el padre o en el marido que leía lo que yo había contado, pensé que los milagros no los hace ningún dios sino que son la voluntad de quien los pide. Primero escribí un relato como si hubiese estado hablando de uno de los clientes-víctimas que diariamente llevaba a las páginas de los periódicos. Luego personalicé un poco. Terminé por escribir un cuento y una noche en Brasilia, donde estaba de corresponsal, excelente tapadera para huir, se me ocurrió escribir una novela que se llamaría “Ojos verdes”.Me lancé en mis ratos libros a contar todo aquello que había sucedido en el mes de mayo de 1982, el día 16 exactamente que por lo visto caía en sábado o domingo. Estaba satisfecho e incluso me creía las mentiras que iba escribiendo porque la verdad es tan poco amable que solo interesa a quien quiere leer un rato mientras le llaman para tomar un avión, un tren o cuando espera que el médico le reciba.

Me gustó cuando la hube terminado, tanto que me puse en contacto con un director mexicano en Hollywood que alguien me recomendó y tuve la sorpresa de que su secretaria me llamase para darme a entender que le había interesado mi historia.

Al cabo de un mes, la misma secretaria. Su jefe renunciaba a rodarla porque le había surgido un proyecto muy interesante al que tenía que darle prioridad. Tuve incluso el sentido del humor de ir a ver aquella película hollywoodense con mucha viña de California, una guapa mocita que se enamoraba de un muchacho de lo mejorcito y poco más.

De todos modos publiqué la novela y esperé. Una tarde me llamó una señora agradeciéndome lo que había escrito porque decía que le había consolado en su dolor. Quedamos en vernos. En tomar algo juntos. Yo estaba en aquel momento siguiendo al Papa Juan Pablo II en Río de Janeiro, donde andaba de misas, charlas y repartiendo esperanza.

Era un tipo morrocotudo. Sonreía, reñía a la gente del gobierno que no se ocupaba suficientemente bien, según él, de la infancia miserable, pero nunca perdía los papeles. Qué fortaleza. Hasta aquella noche de la misa en el estadio de fútbol de Maracaná. Nos cruzamos en un momento y me sonrió, no por nada, sino porque era su marca de fábrica. Qué tipo. Todavía no sabía que poco después sería el artífice de la caída del comunismo en Europa.

Pero en aquel momento lo que me llamaba la atención eran sus manos, que temblaban sin parar. Pero seguía sonriendo.

La mujer que me había llamado a propósito de mi novela me esperaba en un bar discreto cerca de Copacabana. La gente paseaba, reía muy fuerte. Era el paraíso que yo había ido buscando al pedir que me mandasen como corresponsal a Brasil.

Una mano que se adivinaba pequeña pero nerviosa me tomo por un hombro en medio de la multitud que llenaba el bar. Yo tenía todavía en los ojos la magia de aquellos dos días pasados con el Papa. Me volví y vi una mujer muy joven de facciones bonitas y cuerpo nervioso. Me contó su historia, la de todos los perdedores. A ella se le había matado un niño en un accidente estúpido y, de rebote, su marido se había marchado. Decía que no podía soportarlo.

Preferimos huir de aquel barullo y nos fuimos a la calle, donde el bullicio era más soportable. Nos contamos cosas, hablamos del Papa, de su trabajo, ella era pedagoga, y de mi novela.

Cuando quisimos darnos cuenta estábamos al lado del Hotel Gloria, donde yo me alojaba. Me dejó que la invitase a comer una hamburguesa. En aquellos tiempos que hoy les cuento, por los años setenta y pico, cuando el presidente Bolsonaro todavía se dedicaba a otros menesteres, el Gloria tenía las mejores hamburguesas que yo había comido en mi vida.

En el bar había gentío pero calladito y pudimos hablar con más calma. Al final me acompañó hasta mi habitación para que le dedicase un ejemplar de mi libro, en una edición mucho más agradable que acaba de llegarme. Le encantó y volvimos a hablar del Papa. Por los ventanales se oían disparos provenientes de las favelas de al lado.

Ella acarició la portada:

–Tu niña era muy bonita.

–Estaba igual de bonita cuando me enseñaron su cadáver. Se había matado un rato antes cuando su coche se estrelló en un puñetero muro.

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