Prohibido escribir

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La imbecilidad es la “cualidad” humana más común y se ha agudizado desde que existen ordenadores que ayudan a reunir letras, no a escribir, pero corrigiendo las faltas de ortografía, poniendo en fila signos sin que el analfabeto de turno necesite una regla. La imbecilidad sumada a la incompetencia, al atrevimiento y al manoseo intelectual hace que hoy cualquiera pueda manifestarse por escrito e incluso publicar. Todo ha sido concebido a partir de un ordenador para que no se necesite ni siquiera saber las cuatro reglas gramaticales. Para los rebajados del cerebro es el arma ideal para parecer otra cosa de lo que son, analfabetos puros pasados por un tinte de chulería. Yo he tardado cuarenta años en aprender realmente a escribir y no es una broma. Cualquier escritor le dirá que contar es un arte no una necesidad de defecar que no admite ni papel higiénico. Y que es un trabajo duro y un camino largo de recorrer. Hemingway decía algo parecido y era un tipo que se tomaba la escritura en serio. En los cafés de París se le veía afilar sus lápices y abrir su cuaderno mientras un camarero del establecimiento que él frecuentaba cerca de la rue Mouffetard, en el Barrio Latino, le preparaba un enorme café con leche y unos croissants. Porque eran años en que los norteamericanos no nos habían hecho ese regalo regio del ordenador con su teclado y su sistema de corregir. Había que aprender primero a utilizar un lápiz o una pluma y más tarde una máquina de escribir, que era todo un arte. Luego si había talento se veía y si no pues a fastidiarse.

Cuentan que acaba de publicarse en España un libro de un individuo que en su vida lo ha hecho de todo menos escribir, o mejor dicho aprender a escribir y que como vive en Navarra, norte de España, donde todos los años se celebran las fiestas de San Fermin, esa guarrada intelectual que consiste en correr delante de toros más que bravos por las calles hasta la plaza de toros, ha decidido contar cualquier cosa sobre Ernest Hemingway, que era muy aficionado a esos juegos de circo.

La mayoría de los que se dedican a la estupidez de jugarse la vida corriendo entre toros han pasado previamente horas preparándose, es decir emborrachándose lo suficiente como para reunir agallas para ponerse delante de animales que con sus cuernos afilados te mandan al hospital o más allá, de donde no se vuelve más.

Ernest Hemingway era aficionado a estas fiestas donde el protagonista es la borrachera y últimamente las violaciones de señoras o señoritas que también quieren ser toreras por un rato.Esta dedicación llevó al escritor a producir uno de sus más bellos libros, “Fiesta”, del que se ha hecho una película con Ava Gardner y Errol Flynn y un montón de estrellas.

El cuento es que al norteamericano le pìrrraba ir a esa fiesta anual para hartarse de beber y comer. Y se cuentan mil aventuras, algunas reflejadas en “Fiestas” y otras inventadas.El cuento es que alguien ha publicado un libro sobre Hemingway y esa afición suya en la que desmiente por lo visto muchas cosas sobre la vida de Hemingway en esos San Fermines. Que no era como se ha dicho toda la vida, que era mohíno, que era, que era… Oiga, ¿y a mí que carajo me importa que las aventuras de Don Ernesto en San Fermín fueran mentira si yo le admiro como escritor y no como borrachín o pendenciero?

Pero hay quien le saca punta a todo, a falta de habérsela sacado a los lápices con los que quizá hubiese podido aprender a trazar letras y a formar palabras. Y ese señor se ha dedicado por lo que dice el diario El País, que tiene más reputación que seriedad, a echar abajo todas las leyendas de don Ernesto en los San Fermines.

Oigan, señores, que publican esas cosas, que dan publicidad a algo que no debería haber sido publicado nunca por su falta de interés, a mí me importa un rábano todo lo que ese individuo del ordenador cuenta. Mi única preocupación es saber que Ernest Hemingway era, es y seguirá siéndolo un escritor que llenó nuestras vidas de la música de la esperanza, del bien contar, del buen cuentista y que me hizo entrar en mundos maravillosos. ¿Qué me importa a mí si en lugar de borracho era abstemio y en vez de macho cabrío como se le daba fama era un mansurrón que no podía ver a una señora, aunque tuvo cuatro esposas y un montón de aventuras, y eso lo sabe gente que vivió con él?.

Mi cuento es que con este invento del ordenador, agregado a esa malignidad que se denomina “libertad de expresión”, todo es posible. Mañana dirán que yo era belga de adopción y nieto del rey de Pomerania. ¿Y a quién diablos le importa eso? Si alguien me lee será por lo que escribo, porque tengo la suerte de que le guste y no porque sea importante conocer mis gustos por el güisqui.

Lo espantoso con esos escritores de pacotilla, con esos atrevidos del teclado, es que mañana nos contarán que “El viejo y el mar”, uno de los libros más maravillosos y rotundos de la literatura universal, no lo escribió Hemingway sino un pescador de la playa de Cojimar que era un genio sin que nadie lo supiera. Lo terrible de que no se exija un permiso de escribir como se necesita un permiso de conducir o de pescar. Cualquier imbécil descerebrado puede inventarse, y ya lo hacen incluso con faltas de ortografía, lo que le de la gana y cambiarnos lo esencial de nuestra percepción del mundo.

Hay un solo libro considerado como el único que cuenta con veracidad la vida de Jesús el Nazareno, sí, para los que saben menos, el que clavaron en la cruz. Basta con un atrevido más para que, como ha hecho una productora de televisión, que se distingue por producir películas malísimas, se diga que Jesucristo era maricón.  Incluso se le podría agregar la nacionalidad cubana y asegurar que lo crucificaron por ser miembro del partido comunista de Cuba.

Todo es posible con el maldito ordenador y la osadía. Hubo tiempos en que en muchos países existía una censura de lo que se escribía. Una aberración pero tal vez evitaran esos censores por lo menos las faltas de ortografía. Pero ahora ya nadie lee con ojo crítico antes de dejar publicar. Se dice y se escribe cualquier imbecilidad y el editor que no tiene un duro busca el dinerito suficiente para publicar un librillo que sabe va a venderse.

En cada medio de comunicación debería haber, como lo hubo en mis tiempos, un corrector que no solo corregía estilo sino llamaba la atención cuando le parecía que algo era una patochada. Y un Redactor Jefe que juzgaba si valía la pena publicar aquello o echar al imbécil que lo había parido. Y eso no era censura. Era gusto y responsabilidad.

Prohibamos escribir cualquier cosa. Que las penas que pueda incurrir el atrevido que cuente mentiras a propósito tenga por lo menos una multa equivalente a la que tienen los cazadores furtivos. O que los cuelguen por los dedos según el número de atrocidades que haya imprimido.

Y si creen que exagero y quiero volver a la Inquisición, acabo de leer, con la garantía que debería darme una agencia de prensa noticiosa norteamericana, que la actriz norteamericana Gwyneth Paltrow,  que incluso tuvo un Oscar, pero que al mismo tiempo posee un gran sentido de su propio comercio, ha puesto en venta “velas con aroma de su vagina” que presenta como “un aroma hermoso, sexy y maravillosamente inesperado”.

Si no es para colgar al autor…

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