Mi Cuba

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Sesenta años después de la Revolución, que creó un país totalmente aparte en un Caribe de ensueño y de vacaciones en el mar, Cuba no es mi Cuba.De un tiempo a esta parte están naciendo publicaciones, en general digitales, más o menos clandestinas totalmente enfrentadas a la prensa oficial o “partidista”, como ustedes le quieran llamar. Importa menos que una langosta con salsa picante. No es mi Cuba el país que yo siempre creí conocer, suave, amable, un poco canalla pero lleno de bondad y simpatía.No es mi Cuba la que se refleja en esas publicaciones al margen del sistema, en desacuerdo con el sistema oficial. La Cuba real, con la que todos los cubanos se dan de bruces para cualquier compra o gestión, es la de la cuestión que dura y no acaba por mucho que se hable de reformas, de nuevas normas. Si no falta el aceite, es la harina o cualquier otro producto indispensable para que la vida que fatalmente pasa por el estómago sea lo más agradable posible.La Cuba que yo siempre he admirado, engañado por mi idealismo tontorrón de extranjero eternamente mal informado, mal guiado, y hasta cegado por sus propios deseos y por sus más íntimas y bobaliconas ilusiones, es la de una Revolución única en el mundo que, desgraciadamente, sigue enfrentando al Orden en la figura del gobierno legal y democrático y a aquellos intelectuales que a través de los medios de comunicación vía Internet reclaman la libertad de decir sin que ello suponga una represión automática.

Pese a que quieren adornarla de modernidad, Cuba sigue siendo la de los padres fundadores ya muy viejitos que yo o cualquiera nota en el conglomerado de poder del comité Central del Partido Comunista Cubano, indispensable sin duda en los años sesenta, al comienzo de todo, pero que más de medio siglo después se queda rezagado cuando la esencia de un país, la libertad de hablar, esté paralizada en los titulares del diario Granma y otras publicaciones de la misma cadena.

Tampoco era mi Cuba cuando ha ocurrido que una película, un elemento tan importante en la vida de este país se censure o incluso se retire de las listas del Festival de cine de la Habana.La proyección de “Fresa y chocolate”, en 1993, fue ejemplo a tener siempre en cuenta de esos enfrentamientos entre antiguos y modernos. Me habían invitado para formar parte del jurado Glauber Rocha, el más prestigioso aparte del Coral oficial. Y no me olvidaré nunca del enfrentamiento que tuve, aunque muy democráticamente al comienzo, con el miembro más influyente de la asamblea que se empeñaba en que ese filme realizado con la connivencia de Fidel Castro, pero quizá no lo supiera el pobrecito mío, tenía que ser el vencedor. No porque el Comandante mandase callar sino porque la temática de la homosexualidad en el cine cubano nunca se había tratado con tanto realismo. Y me interlocutor no estaba para inventar el neorrealismo.

Finalmente, el Glauber Rocha fue a parar a una película cualquiera argentina, unas horas antes apenas de que los entusiastas, que digo, delirantes aplausos que saludaron a “Fresa y chocolate” en el Teatro Carlos Marx decían todo cuanto habría que haber dicho de su triunfo en aquella edición del Festival.

Visto desde fuera, sin Fidel Castro vociferando verdades como enciclopedias Laroussse, al tanto de todo, metiéndose en todo, Cuba se ha convertido en un país con un cierto airecillo europeo. Hay por primera vez un Presidente –sí, me explican, es que Fidel Castro ya se murió–. ¿Dónde están los uniformes, las humaredas de habano bien criado que tantas esperanzas nos daban? Porque, claro, esa Cuba no se parecía en nada a nuestros países donde todo funcionaba según, creo pero no me hagan caso porque el psiquiatra no quiere saber nada, al código de Napoleón.

La esperanza venía de que por primera vez se había hecho una Revolución de verdad y de ahí podían salir muchas cosas.Ahora hay hasta un Primer ministro. Se dice que todo se va a solucionar y cuando leo que para poner unos frijoles hay que hacer maravillas no entiendo nada. Eso sí. Cuba empieza a parecerse a un país cualquiera, con todo el aparato gubernativo debidamente ordenado. Ya lo he dicho: Presidente, primer ministro, fulanito, otro fulanito. Pero entonces, ¿dónde diablos está mi Revolución? Y el uniforme del Comandante. ¿Ya se lo han comido las polillas? Me da una inmensa pena ver que lo han metido en un agujero. ¿No hubiera sido mejor mandar sus cenizas por el aire para que quizá inspirasen a otros?

No es grave que se sigan vendiendo habanos bajo cuerda, si es que se sigue haciendo, al margen de los circuitos oficiales. Eso no es más que una manera de apañar un poco mejor la vida y en el mundo entero se recurre a este tipo de trucos para vivir mejor. Lo grave es que a la hora de comprar un periódico en la calle –ignoro si todavía hay quien lo hace—la oferta sea la misma de siempre desde hace sesenta años. Y que nadie, con cachondeo o seriamente, me musite al oído que todo se va a arreglar, que cuando el Comandante lo sepa…

No puede ser que se construyan hoteles faraónicos, incluso si a veces chocan con la moral comunista, porque hacen falta divisas y Cuba está jugando la carta del turismo de masas. Porque es muy poco probable que los cubanos disfruten de ellos. Como ocurría antes. Lo inadmisible es que los cubanos, quienes de un modo u otro ayudaron a Fidel Castro a hacer un país diferente, con el cuño comunista en el culo de los Estados Unidos, de esos conservadores norteamericanos que ya han dicho de lo que son capaces con la llegada a la Presidencia de Donald Trump todavía no puedan disfrutar plenamente de todo eso. Que no reciban la recompensa en todos los campos que ya se les debe al cabo de sesenta años.