La princesa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Este cuento me lo contaron una noche de luna lluviosa mientras degustábamos unos ostiones con vino Riesling en el bar La Esperanza.

«Es uno de los raros testimonios que nos queda de haber formado parte de la civilización más fabulosa jamás contada. Pero, además, fue una cuna del bien vivir, donde los poetas escribían en las paredes y en las fuentes. En este mundo refinado, con el que un mal día de 1492 se dieron cita unos bárbaros llegados del norte, todo era placer, nada estaba prohibido. Era pecado no ser feliz pese a que tambien hubiese de vez en cuando alguna que otra reyerta sangrienta, pero siempre entre gente de buena compañía que podía llorar al ver florecer una rosa o quedar traspuesto por el olor del jazmin. El último de nuestros reyes, escucha, oh afrancesado cateto, fue Boabdil. Cuando esa pareja de facinerosos que eran Isabel y Fernando decidieron acabar con la cultura, tomaron Granada y dieron jaque al rey de la Alhambra. Cuentan que cuando Boabdil tuvo que entregar las llaves de la ciudad a los reyes castellanos, en una ceremonia al aire libre que hoy hubiese transmitido en directo CNN, se partió en llanto desconsolador, sin importarle hacerlo ante todos aquellos que sólo le conocían como un soberano feliz y poderoso. Pero sus lágrimas no caían sobre el poder perdido sino sobre la Alhambra, convertida por los árabes en un zaguán de ese paraíso que Alá promete a los verdaderos fieles. El Corán lo recuerda constantemente, oh mi francesito perdido: Y en cuanto a los que crean y hacen buenas obras, los haremos entrar en jardines debajo de los cuales fluyen ríos, para permanecer allí eternamente. Para ellos habrá compañeras purificadas y los haremos entrar bajo sombra abundante…

Y ahora, si de veras eres capaz de no interrumpirme con tus sandeces occidentales, voy a contarte un cuenta de amor, un cuento que nunca has podido oir porque nos lo transmitimos de Sheherazade en Sheherazade…» La guitarra estaba introduciendo unas alegrías que el cantaor estaba a punto de atacar. Luis se volvió hacía ella y beso suavemente las llemas de sus dedos, que le supieron a jazmin y a canela. Estate quieto y escucha a tu Sheherazade. En esa torre que ves a lo lejos por encima de ese barrio llamado Albayzyn… Era en tiempos de Mohanmad El Zurdo, rey de Granada y señor de la Alhambra. En una de sus frecuentes correrías, un anochecer se encontró con el filo de un sable toledano con el que un guerrero castellano quería degollarlo. La vida se la debió únicamente al noble que estaba al mando de aquellas tropas.El noble castellano fue agasajado por aquel moro que siendo rey de Granada había estado a punto de perecer como un gañán. Quiso devolver aquella vida que Alá le había dejado y rogó a su nuevo amigo que le pidiese lo que se le antojara. El soberano granadino estaba convencido de que los favores son de devolver. Durante toda la batalla, el noble castellano había tenido a su lado, como una sombra protectora, a un zagal quien al oir al rey moro se le acercó y le habló al oído. Cuando terminó de hablar, el noble castellano no pudo ocultar su sorpresa. Lo pensó unos momentos y sonriendo para sus adentros dijo al rey moro: «Uno de mis más fieles compañeros, éste que ves ahí, querría poder vivir un tiempo en la Alhambra para observar vuestras costumbres. Debo de señalarte que pese a su juventud admira vuestras artes y ya se ha iniciado en vuestro hablar». Aunque era una demanda de lo más insólita, el rey accedió inmediatamente, con la única condición de que aquella visita no trascendiera y fuese el más guardado de los secretos.Enfundado en vestimentas de la corte de Granada, el Zagal penetraba horas después en el recinto del palacio, acompañado por uno de los más fieles lugartenientes del soberano.Al pasar delante de la guardia mora, su cara estaba perfectamente disimulada por un enorme pañuelo que sólo dejaba pasar el fulgor de unos ojos verdes, que se abrieron de admiración cuando su acompañante le llevó a sus aposentos a través de un llamado patio de leones. Era una sucesión de pórticos sobre columnas de marmol. Una fuente sostenida por doce mansos leones tallados en el mármol hacía olvidar el rigor del calor que reinaba en las faldas del monte sobre el que se asentaba la Alhambra. Callados atravesaron la llamada Sala de Abencerrajes, lugar de festejos. Al dejarle en la puerta de las habitaciones que debían ser su observatorio, y donde sólo tendría como acompañantes a dos guardaespaldas castellanos mudos y obedientes, su guía le explicó socarronamente que en aquellas mismas salas donde él iba a vivir un tiempo había sido decapitado el jefe de la familia de los Abencerrajes por orden del sultán Muhammad IX.

Con una carcajada, y antes de desearle que Alá velase por sus sueños, el oficial moro le espetó como una última broma: «Pero fíjate lo que son las cosas. Años más tarde, la cabeza del sultán rodaba a su vez sobre estos mosáicos que estás pisando…»  El Zagal tuvo un respingo, como si hubiese tenido miedo de manchar sus botas de cuero cordobés con la sangre de todos aquellos moros.  Los aposentos que le habían destinado eran un reflejo del refinamiento de aquel mundo que hasta ese momento él sólo había podido entrever a través de los cuentos de algún cautivo moro y que había sido impuesto por la dinastía nazarí. Un zócalo de alicatado multicolor, con figuras geométricas que encandilaron los ojos verdes del Zagal, decoraban la pieza principal, situada por encima del patio de leones. Detrás de una puerta en taracea, se encontró con una confortable alcoba donde dominaban zócalos alicatados igualmente geométricos. Por una ventana le llegaba la paz del patio. Sobre la cabeza de los doce leones que sostenían la taza el agua se derramaba parsimoniosamente. Todo era paz. De la boca de los leones parados en el tiempo, doce chorros de agua transparente se desgranaban por el patio. Desde donde estaba, El Zagal observó que la taza de la fuente estaba decorada con caracteres de cuyo sentido le habían instruido sus profesores de árabe. Eran un poema de uno de los tres grandes poetas de la Alhambra, Ibn Zamrak, cuyo significado recordaba perfectamente: «Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator». El Zagal volvió a dar un respingo, como si aquellos versos fuesen un mensaje que le estaba esperando. Mientras se retiraba al fondo de la alcoba, bajo una caricia de frescura, recordó también lo que un cautivo moro le había dicho en cierta ocasión. Que para ellos el agua era un don precioso del sultán y que, como él mismo iba a poder comprobar, estaba en todas partes en este palacio de color rojizo.

 Transcurrieron muchas prometedoras mañanas, calurosas tardes y frescas noches. En cuanto se ocultaba el sol, el oficial que le había sido designado por el sultán acudía puntualmente para enseñarle con un orgullo mal disimulado los tesoros de la corte. Una noche le condujo a los baños de las mujeres. Sobre el agua almacenada en piscinas de mármol repujadas de adornos multicolores flotaba el recuerdo de las bellezas que allí pasaban sus ratos de ocio.»En ese estrado que ves allí al fondo –le contó su cicerone– se sientan los músicos que siempre acompañan con su talento el baño de las mujeres… Pero para evitar indiscreciones, todos son ciegos. A algunos Alá les negó el placer de ver. A los demás se le saltan los ojos antes de permitirles tocar aquí…»

La carcajada del oficial hizo estremecer la superficie del agua…El tiempo fue pasando. En un atardecer de aquel verano, el Zagal contempló una vez más la fuente del poeta y volvió a decirse sus versos, casi musitando y con su árabe infinitamente dulce: «Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator». Apenas había pronunciado la última de aquellas enigmáticas palabras cuando sintió unas manos, suaves como el aire, que le apretaban los hombros. El Zagal no se azoró. Sabía que el único que podía haber entrado era su inseparable oficial de la guardia real, el único que sabía de su presencia en la fortaleza más bella que jamás imaginó Alá en tierras de al-Andalus.

Días atrás, había tenido que reconocer que le   molestaba la presencia de sus guardaespaldas cristianos y había ordenado que se marcharan. Aunque cuando quería ser sincero se decía que no era la única razón… El Zagal sintió que los dedos que le aprisionaban le hacían girar suavemente. Los ojos verdes quedaron por primera vez frente a los ojazos negros del oficial moro. Los dedos quemados por el sol retiraron con una suavidad de brisa el pañuelo que siempre había ocultado el rostro del cristiano.  Hubo dos fulgurantes sonrisas felices y los labios del moro se estrellaron con furor en los del cristiano. Antes de que, temblando, cayesen en una alfombra, el oficial dejó escapar esas palabras que los musulmanes no olvidan cuando van a a rezar o a acometer algo importante: «En el nombre de Dios el misericordioso y compasivo». El rumor de la lágrimas de agua que caían en la fuente de los leones apenas fue más fuerte que los gritos de gozo contenidos que se sucedieron hasta que el sol empezó a asomarse por las ventanas de la Alhambra. Los granadinos más madrugadores vieron ya a lo lejos dos caballos que tras haber bajado como un rayo la cuesta de la Alhambra parecían volar hacia la vega.Los fugitivos sabían que el tiempo lo tenían contado. En cuanto descubriesen la huída, los mejores jinetes moros y los mejores de entre los cristianos no les dejarían respirar. En la relajada Alhambra, nadie iba a rasgarse las vestiduras por aquel idilio. Fuera de preceptos religiosos, los amores entre hombres eran tolerados.

   Los cristianos estaban atados todavía al machismo más absoluto y sería raro que lo tomasen con tanta soltura. De todos modos, aquella manera de unir dos religiones que se combatían a muerte no iba a gustar ni en Castilla ni en al-Andalus. El Zagal y el oficial comprendieron que iban a poder escapar cuando se encontraron al pie de un monte moteado de olivos y de pinos en cuya cumbre se alzaba una fortaleza pegada a una mezquita.

   En aquel picacho roto por el viento, los enamorados apenas se percataban de la constante vigilancia a que les tenían sometidos moros y cristianos, aunque nadie pensase en atacar. El oficial, que había hecho allí mismo sus primeras armas en la guardia real, sabía que el refugio era inatacable. Lejos de la Alhambra volvieron a sucederse los días con la misma ardiente pasión que se habían sucedido en el palacio de las mil y una felicidades.

 Los asediadores comprendieron que su paciencia iba a ser recompensada cuando un amanecer vieron dos caballos que se alejaban de la fortaleza. Los dos amantes habían vestido sus más bellas galas y muy juntos sus caballos empezaron a trotar. El paseo fue corto y se terminó allí donde la montaña se terminaba. El oficial moro tomó al Zagal sobre su silla repujada y el caballo dio unos pasos más.

Desde abajo, moros y cristianos soltaron gritos de espanto y de sorpresa al ver que el caballo negro que llevaba a los dos amantes parecía querer volar por debajo de las nubes. Todo ocurrió en un silencio impresionante que ni siquiera los pájaros se atrevían aparentemente a romper.

Cuando a duras penas los soldados cristianos y moros llegaron al fondo del barranco vieron dos cuerpos que al caer habían destrozado unas chumberas. El oficial estaba totalmente machacado. El cuerpo de El Zagal parecía, por el contrario, que de un instante a otro iba a ponerse de pie y salir corriendo.

Un moro que se acercó al segundo quedó electrizado por la sorpresa. El rostro que tenía ante sí era el de una mujer bonita como las que Alá promete a los fieles. Los labios, rojos reventones, parecían incluso esbozar una sonrisa. Las dos manos estaban firmemente atenazadas alrededor de su vientre. Se oyó como un quejido y cuando hurgaron en un paquete de ropa que la muerta parecía querer proteger, se asomaron los ojos de un recien nacido. Hacía pucheros y sin duda se disponía a arrancar a llorar. Pero lo que más sorprendió al moro es que los ojillos eran verdes, verdes como el trigo verde.

El noble castellano que había salvado la vida del rey de Granada estaba arrodillado al lado del cadáver y sollozaba sin lágrimas. El había sido el único que sabía que el misterioso Zagal era su hija Doña Ana, una chiquilla de apenas 17 años, nacida de una madre muerta, a quien no había sido capaz de impedir aquel capricho de visitar la Alhambra.