Como un koala sin bombero

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Estamos probablemente en vísperas de cualquier catástrofe bélica de la que los norteamericanos organizan con tanta gracia, por culpa del orgullo desmesurado de un solo hombre, que ni siquiera tiene cara de truhán de película, más bien de banquero de Las Vegas, el Presidente de los Estados Unidos, ese Donald Trump que fue elegido y probablemente lo volverá a ser cuando todo el mundo le consideraba un perdedor de novela de Hemingway. Este señor que pasa la vida insultando al mundo entero ha aprovechado las religiosas fiestas de los Reyes Magos para amargarnos la vida, asesinando a sangre fría, sin ninguna necesidad que se sepa, al general Qasem Soleiman, el militar más importante de Irán, país donde ante de la llegada los ayatolas Estados Unidos bombeaba el petróleo para su uso particular y para engrosar sus cuentas bancarias gracias a la amistad que mantenían con el Cha de Persia, conocido en el mundo entero únicamente por haberse casado con la mujer más bella de todas las películas, la mujer de los ojos verdes que enamoraban sin siquiera mirarla, la princesa Soraya.

Da la impresión de que el pelirrojo de la Casa Blanca ignoraba o no lo sabía, o quería tener una chulería más de las suyas, que Estados Unidos ya tuvo que enfrentarse con Irán en una refriega que a punto estuvo de salirle peor.

Hagan memoria. Entre noviembre de 1979 y el 20 de enero de 1981 –hacía frío– , es decir durante 444 días de pánico, hordas de estudiantes debidamente amaestrados y muy entrenados para esa guerrilla callejera, tomaron como rehenes a 66 diplomáticos y otros norteamericanos que se encontraban a mano.

Desde el 4 de noviembre de 1979 hasta el 20 de enero dos años después , el mundo vivió 444 días que pudieron haber sido el preludio para una guerra en Oriente Medio que hubiese sido un incendio a nivel mundial, con el petróleo por medio.

Mientras el Cha corría para Estados Unidos por razones médicas, pero en realidad para desaparecer del mapa político, llegaba a la capital irania uno de los hombres más feroces que habían tenido jamás como enemigos los Estados Unidos, el ayatola Rohalla Jomeini, al que el Presidente de Francia, Valery Giscard d’Estaing había metido en un avión para permitirle desembarcar como liberador en Teherán, donde le esperaba para aclamarle una multitud harta de los sinsabores que les había causa el reinado del Cha.

Días después, el 4 de noviembre, empezó la toma de rehenes de la embajada de los Estados Unidos, cosa que jamás se había producido en la larga vida de las relaciones entre los dos países. Los espías de la CIA habían creído probablemente que el desembarco tumultuoso de Jomeini era folclore y que no había nada que temer. Pero el viejo religioso llegaba con unas terribles ansias de venganza.

Nada más llegar, por supuesto, Jomeini se puso al frente de un país que estaba harto del Cha, de sus chanchullos y de los norteamericanos que rodaban todo el petróleo y todos los bienes de Irán.

La toma de rehenes fue como una pesadilla que los servicios secretos norteamericanos, tan orgullosos de saber todo lo que se cocía en el mundo, fue una sorpresa que dejó sin habla al presidente Jimmy Carter, quien hasta entonces no había tenido que lidiar con tan tremendo toro.

Hago un paréntesis para hablar de una cosita que he leído en uno de esos periódicos digitales que aparentemente nadie controla y donde se habla de las excelencias del turismo en Irak, donde precisamente los yanquis asesinaron al general estrella iraní. Pero un despiste lo tiene cualquiera. Porque Irak debe de ser muy bello pero actualmente no está el horno para turismo.

En esta tarde del día después de la celebración de los Reyes Magos, los que venían de Oriente precisamente para llevar presentes a Jesús, uno piensa que hay poco que celebrar, porque con la crisis que acaba de desencadenar Donald Trump, estamos tan atrapados en invisibles llamas como los pobres e inocentes koalas que en Australia tratan de escapar a las llamas que les rodean por todas partes.

Mientras, en la Casa Blanca, los “estrategas” que a veces se asemejan más a asesinos a sueldo que otra cosa, aconsejan probablemente al Presidente los pasos que debe dar para que el asesinato inútil y provocados del popular general iraní no provoque una vuelta a lo ocurrido en 1979, la toma de rehenes o algo peor.

Nosotros los europeos, que formamos parte de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), que tenía todo el sentido que se quiera cuando existía la Unión Soviética (el enemigo de Occidente), estamos en primera fila, a pocas horas de vuelo de Teherán.

En Australia, por las imágenes tan lastimosas que nos llegan a través de la televisión, muchos de esos deliciosos koalas se salvarán porque bomberos aguerridos y humanos tratan de que no mueran más de la cuenta procurándoles principalmente el agua que necesitan para subsistir. Pero nosotros, los koalas de Su majestad Donald Trump, ¿quién nos dará agua si el incendio que ya ha encendido el Presidente llega hasta Europa?

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