El último vuelo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Todo el mundo vuela hoy gracias a ciertas infames compañías que por un puñado de euros apenas si te dejan sitio para sentarse y colocar tus cosas, las pocas que te dejan subir, porque otras hay que pagarlas aparte. Yo, moi, no he conocido esa época horrenda en que más a menudo de la cuenta se viaja en avión como si fuera en lata de sardinas.Un servidor, y perdonen la modestia, he vivido la época en que viajar era cosa de gente bien, casi de señores, porque la mayoría hasta llevábamos corbata y jamás de los jamases se nos ocurría subir las escalerillas con un traje cutre de baño o unas chancletas sucias. Las azafatas era una raza deliciosa, aunque todavía quedan gracias a los presidentes de las compañías que conocen el atractivo que tiene una mujer bonita, y como todos somos ya machistas de pro…Pero en aquellos entonces algunas aeromozas eran maniquíes hartas de las pasarelas, y otras que podrían haberlo sido o por lo menos hubiesen tenido la posibilidad de jugar a ser Miss cualquier cosas, que probablemente muchas lo eran cuando bajaban del avión.Los pilotos parecían almirantes, con muchas horas de vuelo y no sacados de cualquier guerra, de la de los Balcanes dicen que se reclutaron muchos, a los que ciertas compañías pagaban miserablemente y los echaban a la calle cuando les daban la gana. Las grandes aerolíneas empleaban pilotos que casi comenzaban y terminaban la carrera en el mismo cockpit, con sueldos impresionantes y privilegios de capitanes generales.Eso, dicen, comentan, ya solo existe en las pocas compañías de prestigio que quedan en el mundo.En el interior de los aparatos, aunque fuese en clase turista, era raro oír vociferar o percibir el olor característico de los cuerpos que no han visto una ducha hace un cierto tiempo. Se viajaba con decoro.Siempre he tenido la suerte de tener amigos en los aeropuertos y en las mejores compañías que han volado por el mundo. Algunos todavía los conservo. Recuerdo un viaje París-Charles de Gaulle-La Habana-José Martí, en el que mi esposa, hijo y un servidor tuvimos la suerte de que no había sitio en clase turista. Y claro, el amigo de turno nos introdujo en primera, no la guarrería de business, donde cabía un regimiento. Pero íbamos solos. Durante todo el vuelo tuvimos a nuestra disposición una azafata, que se turnaba con otra porque el peso de las botellas y de los canapés en bandejas de plata cansan y provocan artritis. Lo único que les preocupaba es que el vino blanco, un delicioso bourgogne aligoté que habíamos elegido, llegase a nuestro paladar con la temperatura requerida y que los canapés nunca estuviesen fuera de la órbita de los grandes cócteles. Y ya ni les quiero hablar de otro viaje, poco después, que hice solo y abandonado desde Río de Janeiro a París un día de melancolía. Una de las azafatas me buscó una fila de butacas vacías y durante todo el vuelo, once horas, me cuido con chupitos de güisqui con Perrier. Cuando aterrizamos yo dormía como un bendito. La azafata me despertó y nos dimos un emocionado beso decoroso de despedida.

En otra ocasión, un amigo del alma del aeropuerto de Paris-Orly Sud, que ahora es un escultor de los que algún día irán al museo, me introdujo en primera clase, nunca en business, donde yo estaba solito en el vuelo a Palma de Mallorca. Es verdad que la clase turista iba atiborrada de japoneses salidos Dios sabe de dónde.Como manda el reglamento había una azafata para la clase de primera y como yo era el único pasajero avizor pasamos el vuelo charlando de nuestras cosas. Parecía un confesionario. Cuando aterrizamos, la jovencísima muchacha que me había estado sirviendo el champán Taittinger suficientemente fresco pero sin pasarse, me estrecho la mano con una papelito que me metí en un bolsillo. La mala suerte me la jugó porque dos horas después tuve que atender una información sobre un intento de secuestro de embajadores en puesto en París.

En el fregado, la chaqueta salió volando y cuando la recuperé el papelito, donde iba su teléfono en Palma de Mallorca, había desaparecido volando por las pistas. Cómo odié a los terroristas.Ahora hace ya mucho que no tomo un aeroplano. Pero pienso hacerlo un día de estos de mi isla africana antes de que llegue el final de la película, porque luego se encienden las luces de la sala y ya no ves nada más.Estoy buscando destino y sobre todo una buena compañía donde no haya que llevar un sillín para sentarse y que no me obliguen a tomar cacahuetes en el aeropuerto para reemplazar al almuerzo que probablemente no me darán.

Va a ser difícil pero ya tengo el destino de ese último viaje aéreo: La Habana.