Cuba, paraíso perdido

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Las francesas decían antaño “sois belle et tais-toi” (Sé bonita y cállate o en una versión más libre para ser bella hay que callarse). ¿Pasará igual con los lugares del mundo? Un día que yo me lamentaba ante una brasileña de que tuviesen un país tan maravilloso y rico y fuesen tan desgraciados (el tipo de interés de pobreza es uno de los más altos), una chavala que podría haber sido la de Ipanema me corrigió con una bonita sonrisa; “Cuando estaba creando el mundo, Dios dejó caer Brasil donde hoy está pero no le aseguró prosperidad”. Algo me dice que a los cubanos les gustaría ser menos guapos, tener una tierra menos deslumbrante y no conocer las dificultades que conocen desde que el mundo es mundo. Me atrevería a apostar que Fidel Castro fue el primero que quiso rebelarse contra el creador y conseguir que el país dejase los lujos de las casas de putas y de los casinos que tanto gustaban a los invitados de Fulgencio Batista para conseguir igualdad. Es cierto, según dicen, que ya no se ven las desigualdades de antaño, pero siguen faltando de forma casi regular productos básicos en lo más elemental como es la comida, y no porque pase un tifón o tropas extranjeras destrocen las cosechas. Creer en Cuba en dioses bienhechores es realmente una proeza. Puede creerse en Jesucristo, aunque anda demasiado ocupado para hacer que las cosas anden mejor de lo que andan y que cuando una señora quiere comprar harina pueda y si se le antoja aceite que no tenga que patearse toda la ciudad.

Cuba es un paraíso que hay que merecer y sufrir porque nada es fácil. Todo es complicadísimo, a menos que te manejes con moneda fuerte, lo único que puede hacer que tus deseos tan exquisitos como encontrar los mejores tomates no constituya un laberinto de cálculos.

Soy europeo y tampoco creo en esos diosecillos de misericordia que nos venden las diferentes iglesias oficiales y otras sectas malignas, además de los gurús de sotanas negras, diciéndonos que si creemos en ellos la vida está resuelta. Pero hasta en esta tesitura hay listos, aunque lejos de nuestro continente. En Brasil merece la pena ir a la iglesia, no a la católica, que no da nada sino ala evangélica que prometa de todo y hasta cumple a veces, a menos de boquilla. Al fiel que llega desesperado por algún problema personal, los pastores evangélicos les abren los brazos de la esperanza, que es como venderles entradas para el paraíso. He oído en uno de esos templos, construido en un antiguo cine de Brasilia, como un fiel pedía un coche y otro un traje. Por supuesto no he visto ni el traje ni el coche. Pero al menos te dan la esperanza. Algo es algo. Por lo menos les dan ilusión, la posibilidad de un milagro. Como cuando un mago se saca de no se sabe dónde palomas o pañuelos multicolores. A los católicos no les dan ilusiones. Para ellos todo está esperándoles en el otro mundo, pero los sacerdotes cobran por adelantado y pueden ser pederastas y vivir cómodamente, incluso con mujer e hijo en algunas ocasiones.

Y entonces tienes que buscarte la felicidad por tu cuenta, metiéndote, es un ejemplo entre muchos, en el Vedado de La Habana, donde te llegas a sentir, porque sabes que es provisional, solo por un rato, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo de la dicha, de la belleza, en un país que parece hecho para hervir de alegría, aunque las apariencias engañen.

Tomarse un café en el Hotel Nacional o en un cuchitril de poca monta un poco más allá de esa Rampa que parece conducir a ningún sitio, aunque sabes que cuando llegues abajo estás en territorio amigo, aunque el amigo le falte lo necesario para invitarte a su casa, porque hoy falta arroz para mezclarlos con frijoles y ofrecerte a ti extranjero el plato nacional.

Pero tú no entiendes que puedan faltar cosas tan esenciales porque eres de otro país y no has vivido ni un día de necesidades de los muchos años que han pasado los cubanos, esos hombres y mujeres que te sonríen constantemente, que te ofrecen todo lo que tienen, con la bondad que tú no conoces en tu Europa natal.

Es el precio que hay que pagar por ser Europeo, vivir a la otra punta del paraíso, muy lejos del paraíso, aunque solo esté a unas cuantas horas de vuelo.Con todos sus problemas, que probablemente el turista pueda mejorar con la gracia de gente inteligente, Cuba es ese país que los europeos confundimos con el paraíso desde mucho tiempo. Desde años atrás, pese a los problemas de todo tipo, han sido muchos los europeos que han optado por abandonar la humedad de una Europa aburrida por sus propias ambiciones imperiales y marcharse a Cuba. Unos por cortos período de tiempo y otros definitivamente.

El amigo Chango, periodista que todo el mundo conocía en la isla, lo consiguió. Su amor le condujo a La Habana y de allí solo se movió para ir al cementerio, aunque fuese casi solo, porque hasta en el paraíso escasean los amigos.Ni yo, para quien fue algo más que un amigo, un iniciador en la cosa cubana, una especie de lejano hermano mayor a ocho mil kilómetros, pude despedirlo. Tal vez porque sabía que no le gustaban los adioses porque habían sido muchos durante toda una vida en la que vivió con pasión la vida cubana.Otros tienen la suerte de vivir Cuba como esa amiga que me enseñó a amar su país, aunque ella ni siquiera lo sepa probablemente. Lo suyo es una pasión delirante. Sin su permiso, porque su extremada discreción no me lo permitiría voy a meter mano en alguna de sus cartas, que casi siempre son un canto a una isla que para ella es como un bebé suyo, como un ser de carne y hueso por el que daría la vida. La imagino lejos del Vedado, donde cuando el viento sopla los árboles son una pura sinfonía.

“Más allá, el azul inmenso del mar, multiplicándose en mil y una variaciones. Hay una temperatura ideal y un ambiente placentero. Y, por supuesto, nuestra voluntad de defender hasta el último suspiro, hasta la última gota de sangre, esta Cuba venerada, este verde caimán caricioso y valiente”.

Cada palabra que sale de su ordenador es pura poesía en cuanto el tema es el país que la vio nacer y que no cambiaría por ningún otro.

Pero incluso para los extranjeros que como Chango vivieron siempre en Cuba es difícil agarrarse a las dificultades, a una manera de arreglar las cosas para la que hay que nacer. Por eso he sabido que nunca estaré en El Vedado como John Lennon, que ya lleva sentado en este parque encantado un montón de años. Y seguro que nunca más se moverá de allí. Pero eso es cosa de magos o de estatuas.

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