¿Comer sería un pecado?

Sergio Berrocal | Maquete Sergio Berrocal Jr.

Extraña historia la que se cuenta en París o por lo menos la que circula en las columnas de un semanario francés serio, poco dado a los chistes.Me resulta mucho más extraordinariamente absurda la historia cuanto que Francia, donde yo he vivido cuarenta años, ha sido desde la eternidad de Asterix el país donde mejor y más se comía de Europa. Uno de sus grandes atractivos es lo que los franceses llaman en argot “la bouffe”, la comida, el buen masticar. De toda la vida los restaurantes de París han sido sino siempre los mejores sí los más atractivos, donde el placer de comer empezaba por el obrero y terminaba por el príncipe británico llegado especialmente para degustar unos caracoles o sencillamente el plato más típico y el que mejor han sabido siempre hacer los franceses, el biftec con patatas fritas. No es una carne cualquiera, aunque en apariencia es la misma que cualquiera puede encontrar en su carnicería en cualquier lugar de Europa. Y de las patatas fritas mejor no hablar porque se hace la boca agua. A los franceses les gusta comer bien y en mi época la delicia de los menos adinerados era ese filete con patatas fritas que parecía cocinado por dioses, sin más truco de condimentos especiales o de aceites refinados.Ya, cuando la cartera lo permitía, unos caracoles al horno coronados por un sombrero de mantequilla mezclada milagrosamente con ajo y perejil… O una choucroute, plato llegado del Este de Francia, tan simple como los otros dos: coles cocidas, otros dicen que fermentadas, con enormes patatas cocidas y apenas peladas y enormes salchichas preferentemente alemanas y algunos dicen que de una región determinada. Esas son las apariencias, porque es el cocinero el que consigue darles ese toque mágico que hace que unas simples coles sepan a lo más exquisito que pueda soportar el paladar sin tener un síncope.

Incluso con la llegada de la nouvelle cuisine, la cocina tradicional ha sido siempre el arte mayor de Francia. No sé qué elegirían algunos entre contemplar la Venus de Milo en el Louvre y sentarse en una mesa de un bistrot, pero si es un restaurante con más garbo mejor. Delante de cualquier plato…Y ya si anda usted fuera de París, en Lyon por ejemplo, comer es comulgar. Por supuesto que a Lyon se va para perderse en uno de sus decenas de restaurantes, unos de precios exagerados y otros más asequibles.

Cuando falleció recientemente Jacques Chirac, que además de alcalde de París y Presidente de la República fue un erudito en arte oriental, en particular chino, lo primero que todos recordamos de este político extraordinario, uno de los más finos que tuvo jamás Francia, fue sus gustos culinarios. Chirac, cuya sonrisa era capaz de llenar la Place de la République, era reconocido también, hasta por su señora, una dama muy recatada, por su especial amor hacia la mujer (es). Uno de sus asesores, un muchacho joven que tenía un problema en una pierna, me contó durante una campaña electoral que adoraba trabajar con él pero que era agotador. Cada vez que daba una conferencia de prensa, localizaba en la sala a la más bonita de las periodistas que hubiesen rondado por allí. Tenía un olfato y un gusto algo fuera de lo común. Y, me decía ese asesor, antes de que terminara de hablar –tenía una voz inimitable y capaz de convertir a un convento de monjas en sus más fervientes admiradoras—ya había elegido. Cuando todo el mundo se había ido, era raro que la periodista con la que había conversado en silencio durante toda la conferencia, no aceptara su calurosa invitación de visitar su habitación.

“Lo bueno que tiene –apuntaba también con un suspiro el asesor—es que sus romances, este tipo de idilios, los liquidaba rápidamente. Le llamábamos Monsieur 3 minutos”.Chirac llegó a ser el político más popular del país. Tanto que en un pequeño restaurante donde yo y algunos compañeros de la Agencia France Presse almorzábamos de vez en cuando, en una callejuela de la Place de la Bourse, el patrón solía gritar a los que no bebían vino: “¿Agua de Evian o de Chirac?”. El agua de Evian era una marca como tantas otras, que había que pagar, y la llamada agua Chirac era la del grifo y gratis. Chirac era entonces alcalde de París.

Se me ha ido el santo al cielo y todavía no les he referido que según esa revista, Le Point, en Francia empiezan a disminuir los “bons vivants”, así llamados todos aquellos que aman comer y beber lo mejor y lo más posible. Agrega, me imagino que con lágrimas en esa página, que hay restaurantes donde antes no se bebía más que vino y del mejor y donde ahora los comensales piden AGUA. Por lo que he comprendido hay una especie de campaña, Dios quiera que sea por poco tiempo, que incitan a los comensales a abandonar las delicias de Baco por razones de salud.No sé por qué me recuerda a esa campaña que se inició en Hollywood contra el amor pagano y que costó la carrera a más de un gran cineasta.Pero como París siempre será París, y que París no se concibe sin un buen almuerzo, una buena cena o incluso un suculento desayuno a base de croissants con mantequilla de la más fina, esperemos que sea una moda que pase rápido, como corre el agua del Sena.