El terrorista que me amó

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todos los periodistas hemos tenido alguna vez en la vida un susto morrocotudo con algún personaje del que, de haberlo sabido, hubiésemos huido como del mismísimo y variopinto Michael Jackson. Errol Flynn, que pese a sus sonrisa bajo bigote de Douglas Fairbank tenía en aquellos momentos instinto de sangriento pirata, estuvo a punto de hacer zozobrar mi bote en la bahía de Tánger, tal vez pensando cariñosamente que ahogarse en uno de los más bellos mares del mundo era casi una gozada. Brigitte Bardot por poco me mata de emoción con un beso de hermano.Sarita Montiel casi me infarta del miocardio cuando se me presentó con un camisón que creó un conflicto de intereses en mi virginidad loca de entonces. Pero confieso con humildad que el señor Cano, – les deseo que no tengan nunca el mal gusto de conocerle – fue mi más punzante pesadilla durante seis meses en mi casa de París. Cada vez que telefoneaba, (y eso que nuestro número había sido puesto en lista roja, es decir teóricamente inexistente e inaccesible), mis hijas se echaban a temblar porque tontamente yo les había referido algo. La primera vez que me habló fue en la Redacción de France Presse de París: “Usted no me conoce, pero quiero verle. He sido miembro de cierto servicio secreto español y ahora estoy escondido en Francia desde hace dos años. Tengo revelaciones muy importantes que hacer sobre el intento de golpe de estado (el 23 de febrero de 1981, en España)”.Los altavoces de la Redacción estaban anunciando que los argentinos habían desembarcado en las islas Malvinas. Habíamos quedado en la estación de Lyon, una de las más bellas de París. El señor Cano me advirtió que él me reconocería, y me dio una descripción suya que luego no correspondería con ninguna de los cientos de personas que trajinaban alrededor de los trenes, en los bares y en los restaurantes.

— ¿Es usted el señor Berrocal?

Se me antojó bajito, como apergaminado, con cara que parecía salida de las manos del maquillador de un estudio de cine. En realidad, ahora que lo pienso, parecía no tener rostro. Vestía una chaqueta marrón de impecable corte que olía a estreno. Me pareció que a través de las mangas cortadas probablemente por un sastre caro, se nota, cuando no te sobran, saltaban los mismos músculos recios que se desplazaban por un rostro con bigote de pega. Nos sentamos en un bar apartado con mesas y sillas atornilladas al suelo. Apostaría que conocía el sitio y que lo había elegido cuidadosamente. Me acompañaba un compañero que había sido oficial republicano durante la Guerra Civil española (1936-1939). Quería que testimoniase.

— Me tendieron una encerrona – dice el señor Cano, el nombre que habíamos convenido. Me acusaron de un delito que no había cometido y cuando me encarcelaron me advirtieron que si conseguía hacer amistad con un jefe de ETA (organización terrorista vasca) allí encerrado se arreglarían para que pudiese fugarme. Me han traicionado. Y ahora me busca ETA y la policía española. Sí, últimamente he sido correo de esa organización pero ahora me buscan para liquidarme, insiste apurado.

De golpe una sirena de policía aparca casi en el bar. Tengo ganas de salir corriendo pero la mesa atornillada cierra mi intento de fuga. El señor Cano reacciona al instante. Agarra un bolso de deportes que no ha soltado ni un momento y abre la cremallera, que me resuena en la cabeza como un estribillo de réquiem.

— Mire, mire – le susurra a mi compañero al tiempo que abre el maletín. Esto es una bomba de mano… Si son ustedes los que han llamado a la policía vamos a volar todos. La salchicha que estoy comiendo me forma un nudo en la garganta que no pasará en toda la vida. Mi amigo está pálido. Sabe que aquello no es una broma. Ha visto muchos artefactos como ese durante la guerra de España.

— Mi vida no vale un duro. Me pueden matar en cualquier momento. Sí, he tenido una familia como todo el mundo pero estoy separado de mi mujer. Ahora no sé dónde ir. Cualquiera puede matarme en cualquier momento.

El Fugitivo mira a su alrededor. La alerta ha pasado y la sirena se ha callado. Pero sus ojos sondean los alrededores,De pronto esboza casi una sonrisa. Siguiendo su mirada veo que sus ojos, que hasta entonces me han parecido sin vida, han quedado prendados de las risueñas pecas de una chavala que ríe con dientes de publicidad para felicidad, derrochando la belleza que le sobra, salud, energía y, sobre todo, aires de libertad. Sigue hablando entre dos chupadas nerviosas de un cigarrillo emboquillado y pienso tontamente en la publicidad que dice que el tabaco mata. Rozan el mostrador las pesadas pistoleras de dos CRS (fuerza de choque de la policía francesa) que efectúan una patrulla rutinaria. El Fugitivo vuelve a abrir ruidosamente su bolsa de deportes. (Desde entonces me atraganto cuando una mujer, últimamente muy pocas, lo confieso, me pide que le suba la cremallera del vestido. Una de ellas me ha dicho que era rarito). El Fugitivo quiere que use mis influencias de corresponsal de un diario español para conseguir que la justicia española limpie su expediente. En caso contrario, asegura, dará a publicidad documentos muy comprometedores para ciertas personalidades en relación con el fallido golpe de estado en España.

Hablamos hasta que se me pierde el gusto de la salchicha. Por fin se marcha, con su bolsa, sus miedos y sus pocas ilusiones. Durante seis meses seguirían las llamadas amenazadoras a mi domicilio. Hasta que, supongo, comprendió que yo no era John Le Carré para resolverle la vida. Y un día leí en un diario francés que un hombre que intentaba atravesar la frontera con España había sido abatido por un gendarme que le vio empuñar una pistola.Casi veinte años después, cuando llegué al varadero de mi isla africana donde termino de vivir, recibimos en mi nueva casa, todavía sin muebles ni cuadros, una llamada telefónica que de nuevo me llevó a la estación de Lyon. Y volví a sentir el gusto de la salchicha ahumada. En cuanto a Brigitte y a Sarita, eso es tinta de otra crónica.

 

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