Sigmund Freud, enamorado
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El sexo, al que una legión de mujeres muy especiales ha declarado la guerra, con el pretexto de que hay hombres detestables, pero igualmente hay mujeres imposibles, es probablemente, con la religión, el elemento más indispensable de la vida.Pertenecer a una Iglesia, creer en un dios, es casi una obligación para vivir más tranquilos, aunque los llamados ateos estén convencidos de que viven solos.Practicar un sexo sano es el otro mandamiento para poder vivir en paz con uno mismo y con los demás. Sigmund Freud fue un médico austriaco al que debemos el descubrimiento de que el sexo es esencial a la existencia aunque nos conduzca por un buen camino o una carretera equivocada. El sexo es el equivalente del placer y Freud, que llegó a ser el amo del psicoanálisis, la mejor pero arriesgada manera de lavarnos el cerebro, explicaba que para tener placer tenemos que excluir de nuestras vidas la tensión y el displacer, lo cual parece muy claro.Una vez que el bebé ha descubierto que mamar es más que una necesidad un placer sin duda despreciara los biberones y otros sucedáneos. El pecho materno le alimenta de una forma placentera, que le hace feliz. Cuando somos mayores, los pechos de las mujeres siguen ejerciendo una atracción para cualquier hombre de constitución normal. Probablemente porque le recuerdan los largos momentos de placer orgásmico y hay niños que ya mayorcitos rechazan el alimento que no venga de una mama. Toda la vida, el pecho materno estará entre el placer preferido del hombre aunque con el tiempo la madre haya sido reemplazada por otra mujer.

El sexo es placentero, aunque a veces lo confundamos con el amor, ese concepto un poco extraño que se nutre principalmente de las relaciones sexuales bien avenidas que se establecen entre un hombre y una mujer.Sin duda por eso, no es sorprendente que Freud, que curiosamente falleció un día antes de que yo viniese al mundo, fuese un gran amante. Se casó cuando pudo con una mujer cuyo nombre no pasó a la historia, Marta Bernays, a la que cortejó muchos años, sin duda en espera de conseguir una situación social que le permitiese mantener una familia, ya que entonces su idea sobre la curación de los problemas nerviosos, el psicoanálisis, no era corriente y todos los padecimientos morales eran tratados como episodios nerviosos aunque nadie sabía cómo había que encarar su mejoría.

Freud tenía su gabinete en Viena y Marta vivía lejos. Esta circunstancia nos da la ocasión de descubrir las cartas que el padre de la psiquiatría, pronto se reconocería su mérito, envió de 1873 a 1883 y que uno de sus hijos ha reunido en un libro, Epistolario, que yo acabo solamente de descubrir.Les voy a dar algunos de los saludos que usaba en sus cartas a la amada, con la que tuvo seis hijos, lo cual quiere decir probablemente que en su caso el sexo no era solamente una forma de curar o de mejorar padecimientos del alma.

“Mi preciosa niña, Bella amada, dulce amor, Mi dulce y pequeña novia, Mi amada niña, Mi adorada niña, Bella Marty, no te enfades, la sortija no saldrá hasta mañana”.Me supongo que estas cartas tendrán más importancia para los estudiosos de este hombre que nos enseñó a través de sus discípulos, que todavía andan por algún que otro consultorio. Los textos, aunque son pulcramente anodinos revelan, según cuenta en un prefacio su hijo Ernst. L. Freud en 1960, “la tolerancia de su enfoque, su humor e ironía, la naturaleza de su relación humana con los hombres y mujeres que conoció, con sus amigos y su familia, así como sus reacciones frente a las propias experiencias emocionales, artísticas y filosóficas”.

El hombre que también enseñó a hurgar en nuestros cerebros, escribía a la novia en 1882; “No he logrado aún hacerme del todo a la idea de lo nuestro, y si no estuviera frente a mí esa elegante cajita y tu dulce retrato, imaginaría que todo había sido un mero sueño encantador y temería despertar”.

“Me complacería mucho buscar al retrato (sin duda ella acababa de mandarle una fotografía suya) un lugar entre los dioses familiares que cuelgan sobre mi mesa, y encuentro extraño que, pudiendo exhibir libremente los rostros severos de los hombres a quienes admiro, tenga que esconder y guardar bajo llave, en cambio, tu delicada faz reposa tu imagen en la cajita que me diste y casi no me atrevo a confesarte cuántas veces durante las últimas veinticuatro horas he cerrado mi puerta y he sacado tu foto de su escondrijo para refrescar mi memoria”.

A veces, el romanticismo se tiñe de las necesidades de la vida y le cuenta a su amada que si no tiene cuidado con lo que gasta (se autoproclama manirroto) “tendré que dejarme todo el poco dinero que tengo en el café para pagar la luz y la tinta y el uso del moblaje”…Este genio que había descubierto que todos nuestros problemas, nuestras angustias, nuestros quebraderos de cabeza, están “en el pasado” y que “la sexualidad no es meramente genital”, supo amar, las cartas y sobre todo sus seis hijos y una vida amorosa muy plena lo prueban.Personalmente me hubiese gustado saber si para llegar a ese aparente equilibrio se psicoanalizó, igual que psicoanalizaba a muchos de sus enfermos, a algunos de los cuales trataba así de que entendiesen su comportamiento de adultos basándose en el análisis de los conflictos sexuales que pudiesen haber tenido en la niñez.