Era otro cine

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Aquello era tan sencillo como el mecanismo de un chupete. Querías y te querían, sin condiciones, sin complicaciones, de una forma pura. Estábamos todavía a años-luz de la catástrofe amorosa del siglo XXI, cuando los divorcios y el desamor pueden con todo. Eran los años sesenta y el cine filmaba el amor como una promesa de eternidad.Vivíamos de las rentas amorosas del glamur de una vida de peliculeros que se arrastraban desde las pantallas norteamericanas a las europeas dejando réditos de felicidad.Llegaron los hunos de las crisis sociales que todavía sacuden a Europa cada poco y el verano del 42 se convirtió en el otoño del 39. El amor se transforma en furor o en algo peor, el Alzheimer del entendimiento Ahí tienen a Winona Ryder ofreciendo su sexo a un muñeco ridículo en una escena grotesca. La película se titulaba The Ten, No lo olviden. Debe de ser una preciosidad del negacionismo ambiente. Me tiembla el cerebelo de indignación, pero no pasa nada. En el mundo de todo a cien los sentimientos más agradables y más nobles se venden en los baratillos de comerciantes chinos, los modernos mercaderes del templo. Y luego eructa el escritor Antonio Gala, que dice tanto entender de estos fueros, aseverando que “el amor es un trastorno mental transitorio”. Parole, parole, parole.Da la impresión de que amar en tiempos del cólera de todas las guerras es un pecado, o un delito, según que usted sea religioso o no. Y el cine refleja esta tendencia con derroche de sexo y con padres eternamente divorciados e hijos felices. Es tal el poderío de la pantalla que los guionistas norteamericanos han convencido al público del resto del mundo que el divorcio es sano. Y casi que los hijos son mejores con padres divorciados. Luego un adolescente empuña un fusil y hace una escabechina en la escuela, en la universidad. Lo siento, antes éramos diferentes. El cine nos hacía felices aunque los cielos que filmaba fuesen más azules de lo normal y pudiese creerse que los niños venían de París.

Leo, porque hay que leer, que de lo contrario un país tan boyante como España puede convertirse en un desierto de analfabetos universitarios, reseñas sobre tres filmes franceses, La graine et le mulet (Abdellatif Kechiche), Un baiser s’il vous plait (Emmanuel Mouret) y Si c’était lui (Anne-Marie Etienne). Cuentan quienes las vieron, porque de esto ya hace, que son sencillamente primorosas, preñadas de buenos sentimiento. Si no las he visto es porque aquí en esta isla africana donde vivo ver una película inteligente es muy raro. La última de Woody Allen pasó como un suspiro, quizá porque estas carteleras son azotadas a menudo por el viento de Levante que quizá les de la prisa fácil del taquillazo a costa del infantilismo senil de esas producciones que el mismo W. Allen decía destinadas a niños (norteamericanos) de seis o siete años de edad cerebral.

Tres películas de amor y dos de ellas de tremendo talento, ¿para qué? ¿Hay mucha gente capaz de declinar el verbo amar? Y déjense de puñeterías. No es demagogia. A menos que esos extraños cineastas franceses hayan descubierto en un rincón de sus corazoncitos ese sentimiento tan políticamente incorrecto, que la mayoría de la gente oculta en bolsillos llenos de depravación insultante.Una vez, cuando yo era joven y virgen, me contaron que Francia era el país del amor y París la capital de los enamorados. Con una crisis social más llegó el desamorpara siempre. Y de pronto, hace como cinco minutos de eternidad, los franceses han decidido volver a celebrar el amor en el cine como ya nadie lo hace. Como yo soy sentimentalmente supersticioso me da gusto que esas tres películas estén en cartelera cuando el entonces Presidente de la República francesa, Nicolas Sarkozy, había sido visto del brazo y a toda pasión de una cantante italiana llamada Carla Bruni, 39 años de edad, y un historial amoroso sólido ya que la relacionaron con Mick Jagger y Eric Clapton. Creo que por separado. No les quepa la menor duda. Francia es el país delamor. Antes de que Sarkozy dejara a la voluptuosa Cecilia, anterior esposa de un animador de televisión celebérrimo del empalago en Francia, o se dejaran, que en

todas partes cuecen habas, Jacques Chirac, que ya se nos fue para siempre, en olor de multitudes, ocupó el Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia en París. Este rey caído pero nunca recogido, al que su prepotencia no permitió aprender que donde la dan las toman y que la caída siempre es más espantosa, fue otro mujeriego de postín. Se enamoraba, me contaba uno de sus consejeros, en cada conferencia de prensa, donde sus ojos de halcón trianero elegían una presa, bonita y distinguida. “Con él el día tiene 48 horas…”, me gemía el consejero dolido de no ser tan charmant como él, sin saber que estaba componiendo un fandango. Su esposa era una santa mujer conocida por recoger monedas de pocos céntimos para sus obras sociales.

Antes estaba Valéry Giscard d’Estaing, al que también se le atribuían aventurillas extra caseras. Y qué decir de François Mitterrand, el Presidente socialista que se permitíatener una hija bastarda a la que reconoció ante todo el país en las postrimerías de su vida o en el alba de su muerte, según se mire. Y qué muerte la suya. En el cementerio,delante de la tumba, todos los franceses pudieron ver a su esposa oficial y a la otra, la de la copla, la que le había dado una hija de postín.¿Entiende ahora por qué afirmo y rubrico que Francia es el único país con Baluchkistán donde todavía pueden producirse películas de amor?

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