El otro barco
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se dijo que nunca lamentaría lo suficiente no haber tomado aquel carguero mixto que desde el puerto de Tánger, todavía ciudad internacional en aquellos años de 1957, transportaba un cargamento de pianos de cola para unos almacenes de Nueva York.En lugar de ese barco se había metido en el más barato, uno que zarpaba a la misma hora o casi para Marsella, en Francia.Creía que uno era capaz de llegar a perdonarse solito y sin cura los errores y otros pecados cometidos pero no conseguía darse la absolución. Estaba condenado. Y, de todas formas, ya era demasiado tarde. El tiempo había pasado y le llegaba el momento de rendir cuentas envuelto en las llamas de una incineración barata incluida en una poliza de seguro del hogar.Tenía metido desde siempre en la cabeza que todos tenemos dos número que jugar en la lotería de la existencia pero que era difícil equivocarse tan burdamente como él había hecho.

Pasaba el día lamentándose, lamentando no haber tenido los mil quinientos francos que le faltaban para el billete en una cabina de tercera del carguero norteamericano. Y entonces fue cuando se decidió por el francés, que zarpaba casi al mismo tiempo y le llevaría a Marsella, una caminata corta. Cosas de la vida. Pero nunca dejó de pensar qué hubiese sucedido de haber desembarcado en el puerto de Nueva York, sobre el que sabía apenas lo que le habían enseñado las películas. Ah, no, había leído una novela de Scott Fitzgerald que presentaba obreros feos y mujeres elegantes.

Y eso que no podía quejarse del destino que le había llevado a Marsella. Salvo el frío y la lluvia de las primeras semanas, luego llegó la primavera y se le secaron las suelas de sus mocasines. Y no podía decir que la suerte no le hubieses sonreído. El oficio de reportero mundano, de estudio de cine en estudio de cine y de fiesta en fiesta, le había permitido conocer una fauna pintoresca y muy agradable.Brindó por la vida con mujeres bonitas y muy desenvueltas, tan diferentes de las de Tánger, donde todas las religiones presentes parecían unirse en la castidad, que gracias al método horizontal de medianoche le permitieron aprender un francés del que hasta entonces solo había tenido una vaga idea.

Las chiquillas, todas starlettes, es decir que trataban de entrar como fuese en el mundo del cine donde él ya tenía algunos conocimientos, aunque al más bajo nivel, camareros, ayudantes de realización de séptima regional cuya misión era gritar para que los demás se callaran durante una toma –los directores tienen la garganta frágil—y repartir bocadillos.

Incluso llegó a hacerse una pequeña reputación de despistado genial cuando contaba que si estaba en París era porque se había equivocado de barco y había confundido el que iba a Nueva York con el que finalmente le llevó hasta Marsella en una borrachera de lluvia.Pero tantos años después, cuando esperaba que Montgomery Clift tocase la corneta por última vez, se hacía todas las preguntas que todos solemos hacernos cuando ya no hay la posibilidad de dar marcha atrás.

París seguiría siendo siempre su paritorio, la ciudad que le dio la posibilidad de ejercer un periodismo de alta calidad gracias a la suerte que había tenido de ser contratado como aprendiz o poco más en la Agencia France Presse, que más de medio siglo después seguía siendo una de las tres más importantes proveedoras del mundo de noticias.Y además los años sesenta fueron probablemente los más a propósito para enriquecer una vida. Le dejaron ser y estar, a él que entonces no era más que un extranjero con pasaporte español. Hasta que se sintió más francés que el General De Gaulle y consiguió que los franceses le considerasen como uno más entre ellos. Francia era entonces un gran país, el único que había hecho dos revoluciones, la de 1789 que enseñó el camino al mundo entero, incluyendo a los más poderosos, y aquella broma de Mayo del 68, en la que los estudiantes creyeron que todos cabrían en el Palacio presidencial del Elíseo.Y él vivió todo eso y más. Aprendió a vivir, a ser algo más que un periodista del tres al cuarto. A correr por el mundo con el carnet de prensa al que la bandera francesa daba un valor especial y hacía cuadrarse de respeto.

Conoció el orgullo de ser y no solo de estar. Hasta que llegó el momento de volver a la vida civil.Y eligió la isla africana en la que ahora terminaba y entonces se dio cuenta de que a todos sus logros, sobre todo profesionales, pero alguno personal también, no le habían servido de nada, no había aprendido nada que ahora, en el último tramo, pudiese servirle. Había sido orgullosamente feliz pero no había conseguido hacer feliz a nadie que le importase. Quizá la razón habría sido un pelín de exceso de orgullo, un pelín de falta de humildad.

Por segunda vez había perdido el barco. O quizá era sencillamente que no había sabido salirse de la pantalla del cine en la que había vivido gran parte de su vida, confundiendo realidad con ilusiones. También lo hizo Tarantino e imagino que habrá querido hacerlo Robert de Niro. A ellos probablemente les den un Oscar. Para ti, otra vez será. En otra vida de alguna de esas canciones tendenciosamente deliciosas que canta Roberto Carlos.