La carcajada del General de Gaulle
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La muchacha vestida de azul, con aire de marinero, pero ya no es una chiquilla, se entusiasma y baila “Tequila” mientras cruza la calle. Es una preciosidad, su sonrisa hubiese dejado ciego al mismísimo general Charles de Gaulle, el libertador de Francia, el que venció a los aparentemente indestructibles nazis.He estado a punto de preguntarle si sabía quién era el general de Gaulle. Seguramente me hubiese contestado con otra sonrisa que solo las mujeres muy jóvenes, aunque arrastren un carrito de bebé, saben componer.Me he acordado de De Gaulle porque me hubiese gustado oír sus comentarios sobre la Inglaterra que hace aguas por todas partes con el Brexit y con la que él tuvo un largo idilio agridulce en los años cuarenta, cuando Hitler quería comerse Europa.Cuando las tropas hitlerianas invadieron Francia, París y sus alrededores, De Gaulle, que más tarde sería uno de los más grandes presidentes que jamás tuvo Francia, decidió tomar las de Villadiego y desde un puerto bretón zarpó en un barquito para Inglaterra, donde mandaba el primer ministro Winston Churchill, conocido por sus gustos que no cuadraban para nada con la austeridad que requiere una guerra, el güisqui más reconocido, la pintura, bastante mala, dicen los expertos, y los puros, algunos dicen que eran habanos traídos de contrabando Dios sabe cómo. Churchill era el “bon vivant”, cebado de buenos vinos y buenas viandas, y De Gaulle el señor nacido para ser militar que no entendía más que un lenguaje que al premier británico le parecería arameo. A Churchill se le debe aquella frase que dejó helado a los ingleses, “Os prometo sangre, sudor y lágrimas”, mientras degustaba un habano en su despacho de Londres. Por lo visto, era una frasecita para el consumo nacional. El siguió con sus horribles acuarelas, provocando faringitis a sus colaboradores con el humo y metiéndose entre pecho y espalda aquel güisqui tan rico que probablemente usaba como reconstituyente.Era la Inglaterra del Imperio, la que había conquistado y masacrado la India, una parte de África, en la que el premier estuvo como soldado. Eran entonces los ingleses unos atrevidos presumidos que querían apabullar a todo el mundo.

Por eso Hitler quería machacarlos. El resto de Europa les importaba menos.Pero llegó De Gaulle, como el Zorro de las películas de justicieros, se instaló en Londres y desde allí dirigió la resistencia, cosa que a Churchill se le sentó como un tiro de cañón turco, pero ¿quién iba a ser el guapo que lo echara de la capital? Desde entonces, los dos hombres se soportaron por razones de Estado, pero ni el más atrevido observador se arriesgaría a decir que se tenían simpatía. Probablemente se odiaban. Pero la guerra había que ganarla o perecer.

El 18 de junio de 1944, De Gaulle, que tenía una voz monacal impresionante, se dirigió desde un estudio de la radio BBC británica a los franceses con un discurso que ni Ulises hubiese pronunciado delante de Troya. Pero la verdad es que en Francia, con los malignos alemanes metiéndose en todo y fusilando a porrillo, fueron muy pocos lo franceses que le escucharon. A partir de Londres, el general, que no sonreía jamás, preparaba tropas y espías para echar abajo la chulería de los alemanes. Lo hizo muy bien, pero dicen que Churchill masticaba sus puros de la rabia que le daba. Pero De Gaulle seguía adelante hasta que llegó a desfilar por los Campos Elíseos como el vencedor de la Segunda Guerra Mundial en un mes de agosto de 1944 que fundía los tímpanos.Hubiese sido curioso oírle comentar lo que ocurre hoy día en esa isla llamada Inglaterra, que se sale de la Unión Europea que le había dado un trato más que de favor, sobre todo las cosas aberrantes del actual primer ministro Boris Johnson, que en lo payaso se parece mucho a Donald Trump. Cómo se hubiese divertido este literato que fue siempre el general francés que mejor dominaba la lengua francesa.

Aunque en los cuarenta años que le seguí de una forma u otra, en campañas o en actos cualquiera, no le vi jamás sonreír, creo que ahora se habría partido de risa. La vez que más cerca estuvo de la carcajada olímpica fue cuando en Montreal, territorio francés de Canadá, donde las damas hablan un francés de Campos Elíseos con algo canallesco de la Rue Saint Denis, se subió en una tribuna y con su uniforme de general dijo en aquel soleado 24 de julio de 1967: “Vive le Quebec libre!” (Viva el Quebec libre), un grito que resonó en el mundo anglosajón –no olvidemos que en Canadá mandan los de habla inglesa—como un llamado a la insurrección que podría haber salido de la Revolución, la primera del mundo, la de 1789.

Se hubiera reído mucho De Gaulle, aunque a hurtadillas, viendo lo que ocurre en Inglaterra, que por fin se va a convertir en una isla, aislada del mundo, salvo por el cordón umbilical que le une a Estados Unidos, pero habría que saber hasta qué punto la patria de Trump (los norteamericanos son los primeros, no lo olvidemos) le dará cobijo en un mundo tan competitivo y con la rabia que muchos países, miren hacia Asia, India, le tienen jurada.

No hay que olvidar que en 1963, Charles de Gaulle se opuso rotundamente a la entrada de Gran Bretaña en la Comunidad Económica Europea fundada en 1953. Aparentemente el general no había olvidado la humillación de haberse tenido que refugiar en Inglaterra y los ingleses tuvieron que esperar para formar parte de ese grupito poderoso de países de la CEE. Con el tiempo, las cosas se arreglaron y Londres ingresó.Y ya no está Winston Churchill para decir aquella cosa tan bonita pero tan estúpida de “sangre, sudor y lágrimas”. Los británicos de hoy, con los millones agregados de los extranjeros que no saben dónde meter, quieren vivir bien y dejarse de sacrificios. Vivir en el fondo como siempre lo hizo Churchill, sin lágrimas, ni sudor ni sangre, que ya han dado bastante.