¿Está usted vivo?

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Después de mucho meditarlo, he llegado a la conclusión de que ser ciudadano de medio pelo o jubilado como un servidor es realmente una lata. Yo pensaba que ya había terminado mi ciclo y me dedicaba a escribir tranquilamente sin ocuparme del mundo administrativo que me rodea.La primera sorpresa es que regularmente tengo que presentarme ante una autoridad con mi documentación y un impreso para que me digan que sigo vivo y lo hagan constar por escrito y con por lo menos dos sellos impresionantes. Alguna vez he pensado qué ocurriría si al bajar las escaleras caigo y me mato. Según el documento estaría vivo. No quiero ni pensar en el rompecabezas que originaría. Por eso tomo el ascensor.Otra cosa graciosa es que después de haber sobrevivido a un montón de años yendo por el mundo en busca de noticias sigo siendo un sospechoso que tiene que identificarse en todo momento.Se me ha ocurrido la idea genial de preguntar a mi banco por un crédito, algo pequeñito, a mi medida, claro, para pagar los nuevos impuestos que me han caído sobre la cabeza porque los funcionarios, simpáticos sin duda, han decidido que tengo que pagar más, mucho más de lo que pagaba. Sin saberlo he sido un peligroso estafador. Al Capone pudo ser capturado porque el fisco se metió en sus cuentas y terminó su vida después de haber conocido a fondo las cárceles norteamericanas.

El empleado del banco no había nacido todavía cuando yo ya cobraba cheques en esa entidad que ahora le da de comer. Pero no importa. Me ha dicho que tengo que demostrar que estoy jubilado (“pero si ustedes reciben el dinero de mi jubilación…”, argumento sin entender nada de esta sinrazón funcionaria). El muchacho se cerraba en banda y yo le cuento cuando durante la divertida resolución de mayo del 68 los bancos también se pusieron en huelga y ese mes, en la que había que buscar las patatas y la gasolina en la frontera belga, dos empleados repartían por la recepción sobrecitos con dinero. Casi menos complicado que ahora.

Creo que no entendió que los sacrosantos billetes pudieran ser distribuidos por alguien que no fuese un empleado de una entidad bancaria debidamente acreditado o acreditada, que quien sabe.Pero les confieso que para mí el momento más terrible es cuando voy al ayuntamiento en busca del certificado de vida, creo que le llaman así y, como esta última vez, el empleado, que no le falta mucho para verse en mi lugar, mira cuidadosamente la foto de mi carné de identidad y luego me mira a mí. Claro que como uno es tan inocente y ellos ya tienen mucho mundo no entiende que pudiera producirse un engaño.

Esto me recuerda una maravillosa película de Lino Ventura, La bonne année, en la que para atracar una joyería de Cannes, esa ciudad que en realidad solo vive en el mes de mayo, el del Festival de Cine, pero que posee las tiendas más lujosas que solo pueden hallarse en un paraíso como París.Ventura, que no tiene que ir a buscar el certificado de vida para que le paguen su jubilación porque ya se murió, se escondía tras una maravillosa máscara de viejo –propio para jubilarse—que se hace pasar por un millonario para después desvalijar una joyería de lo más elegante frente al mar.

Ahora que lo pienso, supongo que Lino Ventura no tendría que someterse a esas sandeces ni en su banco le preguntarían cosas tan extrañas como si estaba jubilado…Ese es el problema. Si no eres rico estás jodido porque dependes de una subvención que te has ganado trabajando toda la vida.Aunque fuentes fiables me dicen que ser rico riquísimo puede ser incluso más molesto. Siempre tienes la angustia de saber si la revista Forbes te va a poner entre los que más tienen o si en la próxima clasificación te quitarán un puesto. Una botella de champaña menos. ¡Qué angustia, Virgen de la Caridad del Cobre! Por lo tanto me he resignado a ser jubilado con paga. Y, después de todo, tiene su jolgorio que regularmente, siempre cuando más tranquilo estás y cuando menos te lo esperas, te llega el papelito que la autoridad del lugar debe de rellenar avisando que estás vivo al menos en el momento de poner el sello. Finalmente, si te lo tomas por las buenas, es como si fueras al médico y éste te dijera que estás como un roble. Aquí tengo el último parte que conservo como oro en paño. Lo peor será cuando se termine…

Por cierto, me han denegado el préstamo de que les hablé más arriba. A partir de una edad, los jubilados, que son los que más necesitan, están excluidos de ese tipo de transacciones. Como para morirse.De nada sirvió que le enseñase mi recién sellado certificado testificando que estoy vivo, vamos en el momento de pedir el crédito. Pero son tan previsores los banqueros…

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