El último sorbo

 

Sergio Berrocal | Marqueta Sergio Berrocal Jr.

Todos lo hacemos, aunque seamos abstemios, aunque no nos guste beber. Todos tomamos en un momento de nuestras vidas, que nadie conocer, una última copa, la que no llega al estómago porque la legión de termitas de la angustia te llega desde una punta del intestino a lo alto del cerebro.Y a veces esa última copa, que es la última , te lo juro, se queda en suspenso antes de que algo o alguien determine que tu vida pone punto y aparte y empieza el final o el comienzo de lo que no tienes ni idea. Robertito recuerda que fue en el restaurante Monseñor (o Monseigneur), que se encuentra frente al Hotel Nacional de La Habana. Con unas amigas celebraban cualquier cosa y allí se aposentaron alrededor de una mesa redonda donde los vasos panzudos se llenaban como por magia de ron fresquito. En Montevideo tomó una copa de champaña y luego ya no supimos nada más de él. Pero el lugar no importa. Podría ser Tánger, Teruel, París o Bogotá. Pero siempre es el último sorbito, ese que sabe tan rico. Aunque podría ser Montevideo, donde Mario Benedetti, el hombre que pintaba poesía con las frases más banales en apariencia y más terribles en realidad conoció la vida, el amor, casi la muerte del confinamiento, de la falta de libertad.Tú estuviste en una de esas calles, y hasta te lo dijeron pero no recuerdas cuál, después de haber subido a aquel enorme piso desde donde se veía Buenos Aires. El champán corría por las copas como en una película en la que Jack Lemmon se enamoraba de la ascensorista y finalmente la llevaba a su pisito de soltero. Seguro que ni pensaste en aquellas copas últimas que Lemmon y Shirley MacLaine tomaban alegremente pensando que el mundo era de ellos, y que aquella copa de falso cristal sería una de las muchas que tomarían en toda una vida. Cuando aceptaste la copa de champán mirando a la ciudad de Buenos Aires no se te ocurrió pensar que si no la hubieses tomado… Pero ella, la amiga que tan amablemente había subido contigo en el ascensor, te la había puesto en la mano y antes de que lo pensaras ya habías pedido otra, mientras ella hacía surgir el vino blanco del cuello dorado llegado desde Francia.

Luego, mientras agarrados por la mano recorríais despacito caminos de Benedettti, las calles estaban desiertas y del mar llegaba una suave y agradable brisa. De un cafetín salía música.Ella y tú hablasteis o eso te pareció, aunque dijisteis muchas cosas, estás seguro, pero en ningún momento se te ocurrió preguntarle lo que te rondaba por la cabeza: si no hubiésemos tomado esa última copa, ¿habrían cambiado las cosas, habría cambiado la vida, la manera de mirarla y de enfrentarla? Tú ya estabas convencido, pero no te atrevías a decírselo, estaba ella tan feliz, que a lo largo de nuestras vidas recorremos pocos o muchos caminos según quién pero solo uno, nadie te dice cuál, está claro, conducirá adónde tu querrías, suponiendo que sepas adonde quieres realmente ir a parar en el tiempo que te hayan concedido.Todos, estaba convencido, tomamos en un momento dado esa maldita última copa, aunque sea imaginaria, aunque no te la hayas acercado a los labios, porque la angustia, las termitas que corren por tu interior te dicen que hay que echar el ancla y que no se puede estar ni hacerlo todo.

Y ahora has vuelto a la isla africana donde tu padre, te enseñó que el champán es una bebida de caballeros. Por si acaso, no has vuelto a probarlo pero cuando te pierdes por una casualidad por el aeropuerto, que está muy cerquita, calculas que en veinticuatro horas o menos podrías estar de nuevo en Montevideo. Subirías a la torre desde donde se ve Buenos Aires y pedirías una copa de champán. Un gurú afirma que se puede volver atrás a condición de que sea con los mismos gestos que provocaron el encantamiento. ¿Ella estaría dispuesta a acompañarte, a volver a las calles de Montevideo? ¿Y no tendrías a última hora, cuando la noche abre las puertas del día, reparo en tomar la segunda copa del regreso?

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