Érase una vez en La Habana parte I

Sergio Berrocal  | Maqueta Sergio Berrocal Jr

(Este fue mi primer libro, una novelita, sobre Cuba, escrito en 2002. Como todo lo primerizo, contiene toda la admiración sincera que sentí cuando conocí ese extraño país, y permitan que siga insistiendo en lo de extraño. Han pasado los años, muchos me parece a mí, han cambiado los tiempos, pero sigo sintiendo lo mismo por Cuba)

 Luis se había enamorado locamente de ella durante una gastroenteritis provocada por un exceso de ron “con rocas” (hielo) ingurgitado bajo 40 grados a la sombra durante una discusión sin fin con unos amigos que, como él, andaban buscando una solución para el fin de sus existencias. Porque cuando se han pasado los cincuenta años, al menos así lo pensaba él, es el momento de hacerse la pregunta clave: ¿he bajado bien las escaleras de mi vida o voy a tener que volver a subirlas para intentar bajarlas nuevamente? Hacía un año que la había visto por primera vez con una severa bata blanca en la que se trasparentaban sus largas piernas bronceadas. Unos amigos le habían recomendado que fuera a verla para quitarse la resaca y ella le había atendido con todo cariño, aunque considerando que para una pediatra era casi antirrevolucionario atender a “un niño tan crecidito”. Volvió a contemplarla arrobado, como si fuese la primera vez y recordó su primera noche pasada en la estrecha y modesta camita que la Doctora María utilizaba para sus guardias. Había sido un flechazo a primera vista, rápido y fulminante. Y por mucho que sus amigos quisieron ponerlo en guardia contra las amazonas que la policía secreta solía utilizar para poner trampas a los corresponsales extranjeros, se enamoró como no recordaba haberlo hecho nunca. María era una mujer excepcional, físicamente fuera de serie e intelectualmente poco corriente. Era crítica con todo y con todos, incluso con ella misma. Aunque decía que nunca abandonaría aquellas calles del viejo Vedado, donde los ruinosos hoteles particulares de antaño luchaban por no caerse en pedazos no vacilaba en criticar cuando se encontraba un discurso por oficial que fuese y aunque hubiese salido, ya con menos fuerza y firmeza que cuarenta años atrás, de la misma boca del Comandante. No tenía pelillos en la lengua, lo que en algunas ocasiones le había jugados malas pasadas profesionales y se mostraba igual de mordaz con las crónicas de su novio. Aquella noche estaba deseando verle para darle algunos toques a la que acababa de leer en el periódico belga gracias a Internet.

Mientras aparcaba trató de recordarla con exactitud para rebatirle algunas cosas a Luis, quien temía como a una vara verde aquellas sesiones de crítica e invitación a la autocrítica, porque la muchacha que había mamado en la enseñanza marxista poseía unas disposiciones más que naturales, y en todo caso temibles, para la dialéctica.

Después de aparcar primorosamente, María optó – era ella quien siempre decidía—por ir a cenar a un “paladar” cercano a la quinta avenida. Con el dólar galopando por las calles, los “paladares” habían sido otro de los grandes inventos de la “renovación” social de Fidel Castro. Se había autorizado a quien estuviese dispuesto a pagar los correspondientes impuestos a instalar en sus casas un par de habitaciones, con un cupo impuesto de mesas, para servir comidas más o menos caseras. La medida había sido una bendición para muchísima gente que tenía la suerte de vivir en un piso grande o en una de las casonas del Vedado. Los clientes solían pagar en dólares, aunque oficialmente se admitían, al menos en algunos, los pesos cubanos. Pero la mayoría de los clientes eran extranjeros que se habían acostumbrado a este tipo de restaurante, donde además de comerse bien, algunas veces excelentemente, se evitaba la monotonía de los restaurantes estatales, mucho más caros y generalmente menos buenos.

El pollo relleno, acompañado de cerveza Bucanero, estaba para chuparse los dedos y María, que nunca había ido a Europa, aprovechaba estas oportunidades para  decirle a su europeo de amante que en esta parte del mundo había cosas que también merecían el respeto, la cocina y la resignación, pronunciaba con énfasis pueril. Solía Luis comer y callar, sonriendo por encima de los platos que las improvisadas camareras traían con la seriedad de profesionales de la restauración de toda la vida.

— Corazón, hoy se te ha ido la mano con tu crónica sobre los dólares… Das la impresión de que los tenemos por capricho.

–¿Qué se me ha ido la mano? Pero oye, María, si es escandaloso. Es como perder los signos exteriores nacionales, como si en Francia, pongamos por caso, hubiese que pagar en la calle con libras esterlinas y que el franco quedase para el museo.

–Lo que tú no entiendes es que la gente aquí necesita esta bocanada de aire fresco. Cuando Fidel despenalizó el dólar lo hizo para que quienes los tienen, es decir todos aquellos que los reciben de sus familiares del exterior, pudiesen utilizarlos libremente y vivir mejor.

Luis había pedido otra cerveza Bucanero y parecía buscar argumentos:

–No se trata de eso. Ni siquiera cuando estuvieron aquí los rusos a alguien se le ocurrió emplear como moneda nacional el rublo.

Sabía que aquella sería una discusión más de la que saldría vencido y de mal humor y decidió aplicarse el cuento de que para hacer la guerra se necesitan por lo menos dos campos. Le tomó una mano de dedos apenas manicurados y le sonrió. Ella sabía que había ganado una vez más.

A pocas cuadras del “paladar” donde tan ricamente habían cenado vivía Alex, un uruguayo que tenía la particularidad de haber estado en Cuba desde los comienzos de Sierra Maestra y que, periodista de profesión, nunca había querido regresar a su tierra. Año tras año fue enraizándose y aunque seguía teniendo un pasaporte uruguayo todo el mundo le consideraba como el extranjero más cubano de la Isla. Era un tipo largo y hecho todo en delgadez. Tenía un vago parecido con un Richard Widmark que hubiese sido un cruce de Humphrey Bogart y de Robert Mitchum. Lo que más impresionaba en él eran unos ojos que parecían haberlo vivido todo, haberlo conocido todo, haberlo sufrido todo. Desde que Luis le vio por primera vez siempre le había dado la impresión de salir de un largo sueño de cuarenta años y de haber aterrizado por casualidad en una bella casita de la zona de la Playa, llena de silencio, sombras y decorado Art Déco. Era un mundo silencioso como una iglesia, en la que los recuerdos, los suyos, se encaramaban por una escalera casi vertical que daba al piso superior y donde se le veía muy sonriente con el Papa Juan Pablo II y en otra con Fidel Castro, quien le tenía cogidas las manos en un gesto muy afectuoso. Pero Alex era el más pragmático de los latinoamericanos. Nunca decía por qué se había quedado en Cuba habiendo tenido otras posibilidades. Nunca hablaba mal de Fidel Castro. Nunca lo alababa excesivamente. Destacaba sus dotes de gobernante, pero de vez en cuando la crítica de algo que había hecho o dicho asomaba como una musiquilla en su conversación sin que nadie pudiese decir que era una acusación. Sabía de la fidelidad más que nadie. Quizá hasta moría de ella en su exilio de aquel Macondo perdido de La Habana. Pero le constaba que en el mundo suyo, en el que vivía desde siempre, por lo menos desde que tuvo juicio suficiente para decidir lo que quería hacer, el afecto, la fidelidad, el amor y el desamor, la traición y el desengaño estaban muy enmarañados. Sus ojos grandes y pálidos, perdidos en no se sabe qué infierno interior, parecían carpas de los nómadas del desierto cuando alguien evocaba en su presencia la suerte corrida por un personaje muy célebre en Cuba, sobre todo en los medios intelectuales.

El hombre había sido el fiel entre los fieles de Fidel Castro desde que ambos –tenían casi la misma edad—corrían como caballitos locos por las escaleras de la universidad habanera en busca de un mundo mejor. Contaban y no paraban de contar cómo aquel intelectual ahora rechoncho y excesivamente tímido había defendido a su amigo con el Colt 45 en la mano, enfrentándose a los policías de Batista que no han dejado ningún recuerdo de haber tenido nociones sobre los derechos humanos. Aquel hombre refinado que parecía a punto de desmayarse cuando se agarraba su eterna chaquetilla echada por los hombros con tres dedos de la mano derecha, había caído en desgracia. Eso era al menos lo que se contaban en los mentideros habaneros. Nadie sabía muy bien por qué, aunque no era un secreto para nadie que durante los últimos años había defendido posiciones intelectuales de apertura en la sociedad cubana que no siempre habían hecho morirse de felicidad a los más viejos y fósiles miembros del Comité Central del Partido comunista, una camarilla que rodeaba a Fidel y que seguía mandando, quizá más a medida que el tiempo pasaba, que el cronómetro de la Revolución contaba años y no días y que nadie sabía donde iba a terminar la aventura de Sierra Maestra.

Como siempre, Alex sonreía como si le hubiese partido el labio superior un especialista de efectos especiales de Georges Lucas que estuviese inventando en aquel momento personajes para otra Guerra de las Galaxias.

Adoraba a María, a la que había visto crecer en aquel barrio suyo y estaba encantado de que se hubiese encontrado con Luis, por el que sentía el cariño que suelen tener los maestros por los alumnos adelantados. En el patio detrás de la casa ya había en curso una pequeña tertulia en medio del humo de los cigarrillos y de los puros y teniendo como música de fondo del choque del hielo sobre las paredes de los vasos. Todo el mundo sabía que ser invitado a este santuario era la oportunidad, a veces única, de encontrarse con los personajes más importantes o interesantes de Cuba. Algunos de los colaboradores más allegados al comandante solían figurar una u otra vez entre los contertulios. Al día siguiente harían una síntesis de lo hablado al jefe, quien tenía fama de estar al corriente de todo cuanto ocurría y se decía en su isla.

Probablemente no dejaran de contarle que aquella noche el contertulio estrella había sido el risueño director de cine Pastor Vega. La cinematografía es el apartado cultural de más impacto en Cuba y la que para muchos ha actuado como embajador en Estados Unidos mientras los políticos de Washington y La Habana se tiraban los tratos a la cabeza. Pero ha sido siempre un cine crítico que ha llegado a molestar al mismo Fidel Castro, quien no ha vacilado en meterse con una cinta si consideraba que no era “nada patriota”.

Luis estaba interesadísimo en las palabras de Pastor porque le conocía como uno de los impulsores del diálogo que dentro del Festival de Cine de La Habana, que se celebra todos los años en diciembre, lleva realizándose hace años entre cineastas de los dos países, con repercusiones políticas probablemente más importantes de lo que puede parecer a primera vista. Muchos observadores estaban convencidos de que si la Academia de Hollywood seleccionó por primera vez en 1994 una película cubana, “Fresa y chocolate”, para los Oscars no fue mera casualidad. El filme, que trata de las relaciones entre un homosexual y un muchacho “normal” en un país donde los primeros han conocido hasta los campos de concentración, fue un auténtico bombazo en el Festival de 1993.

La noche ya era tinta china sobre La Habana, una joya del Caribe en la que cuarenta años de descuido urbanístico provocado por el férreo bloqueo norteamericano habían dejado huellas en los rincones más bellos. Con todo y con eso, tener la suerte de vivir en uno de esos caserones de otra época, donde las corrientes de aire bailaban día y noche con los fantasmas de un pasado reciente pero que los desacuerdos políticos habían ahondado como sólo puede hacerlo una guerra civil, era algo que quitaba el sentido. Sentarse en el porche mientras en la calle se oía el tráfago de coches y gente, mientras luces mortecinas indicaban la existencia de otras casas, de otras vidas, de otras historias, de otros cuentos por contar y nunca contados, era como una leyenda de una noche de verano. Con el tiempo, las mansiones del Vedado, algunas de las cuales estuvieron durante muchos años en manos de los comités de defensa de la Revolución, habían sido ocupadas por inquilinos normales que veían pasar el tiempo, unos muy orgullosos de un país que, según decía Pastor Vega, existía por un capricho del destino. Y otros que no soñaban más que en abandonarlo y en ver los escaparates tan repletos de golosinas de todo tipo como de mentiras de consumidores hambrientos de lo necesario y de lo superfluo pero no siempre con medios para satisfacer sus deseos.

María y Luis apenas hablaron en el trayecto de vuelta. Cada uno estaba sumido en sus cosas, en dos mundos tan distintos como eran los suyos. El se decía todas las noches dispuesto a seguir en Cuba para saber qué iba a pasar, con la esperanza de encontrar realmente un mundo mejor donde otros no veían más que dictadura mal administrada y peor consentida. Ella a veces soñaba con su padre, el hombre que la abandonó siendo todavía una mocita para volver a su país, en el centro de Europa. María se decía a ratos que le hubiese gustado conocer ese mundo europeo del que tanto hablaban quienes le conocían. Luis siempre se mostraba cauto cuando ella le preguntaba sobre las excelencias del capitalismo porque estaba convencido de que, en fin de cuentas, la felicidad puede hallarse en los lugares más insospechados y no necesariamente teniendo tres televisores, cuatro videos y una aparente libertad. Como cubana, ella ansiaba conocer esas cosas, convencida de que era imposible que el mundo se redujese al perímetro de la isla donde le había tocado nacer. Pero tenía miedo de lo que él le contaba: que de nada servía tanta riqueza cuando no beneficiaba a todo el mundo y cuando los que más tenían eran los menos y cuando los más pasaban a veces necesidades en dominios tan elementales vistos desde Cuba como la salud o la enseñanza.

Cuando bajaron por la Rampa, al fondo y a la izquierda el Hotel Nacional parecía una pura ascua. El sonido agudo de las trompetas y el sincopado del saxo flotaba hasta la puerta, donde agentes de seguridad procuraban que entre los invitados y los clientes del hotel no se deslizara ninguna “jinetera”, esas prostitutas que en los años sesenta habían sido como un adorno más de La Habana –la mayoría jóvenes y bonitas estudiantes llegadas desde el fondo de sus provincias- pero que ahora eran expulsadas de una tan sensual ciudad, en un extraño deseo de “limpieza moral” que amargaba la estancia de muchos turistas. Era como si con los años al régimen le hubiesen entrado achaques de vieja cotorra. Unos años antes, un corresponsal extranjero había sido expulsado por haber titulado una crónica de forma sensacionalista, “Una mujer cubana vale dos mil dólares”, cuando en realidad explicaba sencillamente que las gestiones para que un extranjero pudiese casarse con una cubana y sacarla del país alcanzaban esa suma.

Todos los santos varones y todas las suculentas hembras de la música cubana parecían haberse dado cita alrededor de la piscina del Nacional cuando pudieron entrar finalmente, no sin que antes tuviesen un encontronazo con dos almidonados guardas que miraban con recelo a María y hubiesen llevado más a fondo sus investigaciones si él no hubiese puesto el grito en el cielo.

El Todo Habana del cine estaba desparramado por los alrededores de la piscina que lucía con tanto fulgor como si de un momento a otro se esperase el salto de Esther William y de sus sirenas. Sólo faltaba Xavier Cugat con su chihuahua en el regazo dirigiendo aquella orquesta de violines que hizo célebre en el Hollywood de cuando los cielos azules de las películas tenían el mismo brochazo y los actores eran machos bravíos y las mujeres hembras de armas tomar. Numerosos cineastas extranjeros y otros que nada tenían que ver con el cine andaban dándole costalazos a exquisitas botellas de ron Habana Club que ayudaban a pasar la frontera del gaznate con una impresionante cantidad de “rocas” heladas. Nadie hubiese dicho que Cuba vivía un período casi de guerra y que a pocos kilómetros del Malecón habanero los guardacostas norteamericanos no quitaban los ojos de la tierra cubana. Sin duda hubiesen quedado sorprendidos si hubiesen visto a Fidel Castro departir amablemente con sus invitados. Era la primera vez que Luis le veía desde hacía un año y se le antojó que tenía los ojos tan cansados como los de un Cristo que había encontrado perdido en una carretera de Bretaña, allá por la lejana Francia.

Pero el personaje que más concitaba la atención era el gafudo Alfredo Guevara, el hombre más importante del cine nacional y amigo íntimo de Fidel Castro de cuando los tiempos difíciles. Refinado como el embajador de Cuba ante la UNESCO que fuera en París, luciendo en la solapa izquierda el distintivo de la prestigiosa Legión de Honor que el gobierno francés le había concedido, sonreía y hablaba con quienes le rodeaban como si estuviese confesándolos.

(De “Cuba, Revolución y dólares »)