Adiós, amigos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Te vienen a la cabeza recuerdos que creías olvidados en un cajón sin llave ni cerradura y que no se podía volver a abrir. Te vienen recuerdos que en sus comienzos fueron una maravilla para pensarlos de viejo. Pero con el tiempo todo se acaba, todo se hace cisco. Hasta esas cosas vividas.A la gente no le gustan las quejas. Hay que ser feliz. Hasta un lector me ha tratado de algo parecido a un viejo puto callejero nostálgico, aunque quizá el pobrecito, que presume mucho, no sepa ni lo que es eso. Porque muy poca gente sabe lo que valen las palabras. Y como tú las has aprendido a cacerolazo durante cincuenta años te reprochan que las recuerdes, que recuerdes tus peores momentos, esos que ni con el rifle de John Wayne se podían liquidar. Decir que la vida es una mierda ofende la rectitud de ese malogrado aprendiz de carnicería que un día se creyó buey.Por eso ahora estoy encerrado en una isla africana, ya sé que no es una isla, imbécil arrepentido, pero a mí me gusta llamar este lugar así.Entonces, y ante la persistencia de esos embrutecidos por la ignorancia, que no saben distinguir entre pena y llanto, en una media tarde como hoy me acuerdo de algunos amigos extraordinarios, no los otros, los que hacen como si te besaran las manos, y pienso en la ciudad que me hizo tan feliz, Brasilia, capital de la República Federativa de Brasil. Y saco del cajón un viejo artículo por si no lo han leído y que Satanás les enseñe a leer.Cuando el avión que me llevaba por primera vez de mi vida a Brasilia empezó a preparar el aterrizaje, la inmensa sabana convertida en la más mítica y surrealista capital del futuro de no sé qué por dos arquitectos locos se asemejaba al manto de una virgen andaluza loca cubierto por matorrales a lontananza y edificios en forma de cubos. Acababa de dejar la dulce demencia de Río de Janeiro para internarme en una especie de monasterio perdido en la nada donde por contrato debía permanecer por lo menos dos años.

Llegaba como corresponsal de la Agencia France Presse (y a quien le de envidia que se compre un chupete de goma envenenado con serpiente de cobra) después de haber pasado toda mi vida en una Europa aburridamente previsible y mi única referencia de la capital federal brasileña era una especie de proverbio salido de no sé dónde: “En Brasilia se llora dos veces, cuando se llega por primera vez y cuando uno se va para siempre”. Las dos secretarias de la delegación fueron las primeras que me dieron ánimos para luchar contra el tedio, una lengua que apenas chapurreaba y unos asesinos mosquitos que, según me contaría meses más tarde un viejo y querido coronel jubilado, son los únicos capaces de contener la invasión de la rica Amazonía por las tropas norteamericanas. Yo todavía lloro esa pérdida de vez en cuando, pero en petit comité. Y si a algunos de mis lectores les fastidia, todavía quedan chupetes venenosos. Fíjesnse hasta donde llega mi amor por esa ciudad de la que me tuve que ir, porque el tiempo manda y llega un momento que todo se acaba, que ni les voy a citar las monstruosidades del presiente-teniente ese que va a la iglesia evangélica de su barrio en Rio puntualmente, y seguro que hasta paga el diezmo.

Cuando tuve que hacer las visitas protocolarias de rigor para cualquier enviado especial: Presidencia de la República, ministerio de Exteriores, etc., no me quedó más remedio que reconocer que si allí no hablabas brasileño (agradable variante del  rudo portugués) eras hombre muerto porque hasta los altísimos y sonrientes diplomáticos que te deseaban la bienvenida y que hablaban perfectamente francés se negaban a aventurarse fuera de su territorio nacional lingüístico, lo que maldije en los primeros momentos y luego saludé como una expresión de nacionalismo vital y eficaz. Entre los mosquitos, la lentitud clásica y maravillosa de los brasileños (“amanha de manha”), lo que no quiere decir ni mucho menos que tal cosa se hará al día siguiente sino cuando Dios quiera) y el despiste de cualquiera que penetra en esa tierra de nadie que es Brasilia, empecé a contar rápidamente los meses, días, horas y segundos que me quedaban estar en aquel infierno.Hasta que me tropecé con el argentino Humberto Giannini, corresponsal jefe de la agencia de prensa italiana ANSA, que tenía la rara virtud de entender a las mil maravillas no solamente ese país-continente con el que yo me acababa de tropezar sino que era un erudito en política americana, de la que yo ignoraba hasta las más elementales tres reglas. Ya no hablo de quebrados ni de logaritmos pues pronto me percataría que la vida política brasileña no tenía nada de cartesiana y que Maquiavelo podría haber nacido en Brasilia D.F.

Alto, fortachón con la placidez de quien está de vuelta de todas las guerras, Giannini fue mi primer amigo en aquel desierto de tierra roja de aquellos años rondando los dos mil.. Había sido, era o iba a ser de nuevo presidente de la Asociación de Prensa Internacional de Brasilia, cuyo estado mayor lo formaban el boliviano Walter Sotomayor y la siempre risueña salvadoreña Any Cabrera, grupito al que pronto se uniría un onírico corresponsal de la Agencia Lusa (Portugal), Alfredo Prado. El único europeo fuera del ámbito luso, y por si fuera poco francés, era yo. Con el tiempo en esta desgracia me acompañaría mi hijo Tony que después de pasar por la Universidad Nacional de Brasilia empezó a hacer sus primeros pinitos en periodismo y consiguió ser corresponsal de una agencia de prensa gráfica española, apuntándose el tanto de charlar informalmente con el Presidente de la República mucho antes de que yo tuviese ocasión de hacerlo.

Mi ego nunca se lo ha perdonado Este grupito viviríamos a lo largo de mis tres años de corresponsalía en Brasil momentos maravillosos como el viaje del Papa Juan Pablo II a Río de Janeiro, la emotiva hasta las lágrimas marcha del Movimiento de los campesinos sin tierras (MST) sobre Brasilia y horas de angustia insostenible cuando la orgullosa moneda nacional, el real (un real = un dólar) se vino estrepitosamente abajo sin que ninguno de los cinco supiese contar más de diez y sin que tuviésemos la menor idea de macroeconomía. El único consuelo que nos quedó en aquellos días horribles en que el Presidente Fernando Enrique Cardoso veía como su orgullo se fundía con la cotización del real fue escuchar al ministro de Hacienda, decirnos el primer día de la catástrofe financiera algo así: “Yo sé que ustedes no van a entender probablemente mis explicaciones. Pero no se preocupen, yo les ayudaré”.

En esto se atravesó la elección presidencial, en la que Luis Inácio Lula da Silva, líder de la izquierda, volvería a morder el polvo antes de que en su cuarto intento llegase finalmente al palacio presidencial de Planalto. Un corresponsal anglosajón sufrió un amago de infarto de miocardio y tuvo que ser evacuado a un hospital, adonde yo le seguiría al día siguiente víctima de lo que a todas luces había sido un ataque agudo de estress provocada por tres meses de insomnio y trabajo casi de sol a sol.

Estuvo la visita sorpresa de Fidel Castro, que nos hizo atragantarnos mientras degustábamos un enorme y delicioso pez de río en nuestro restaurante preferido del lago Paranoá. Porque el secretismo se conjuga también en brasileño. Y el viaje de Hugo Chávez, que en aquellos momentos llegó no como el presidente electo de Venezuela sino como una especie de posible redentor de América Latina. En medio de la paranoia de no dejar escapar una noticia teníamos momentos de pausa, en general en mi casa del Lago Sul o en el piso de Giannini, que parecía un zepelín suspendido en la inmensidad de Brasilia. Cuando Humberto agarraba la guitarra y se dejaba ir por tangos y boleros, el güisqui corría alrededor de la piscina y debajo de las palmeras imperiales, mientras él se aclaraba la garganta con su vino tinto preferido. Eran momentos que nunca olvidaré. Este gran argentino lo mismo cantaba una milonga que te pasaba un informe confidencial que a las pocas horas sería la noticia del día. Lo hacía con la misma generosidad que entonaba uno tras otros boleros que nos transportaban al paraíso, mientras el sol de mil colores/segundo de Brasilia jugaba a escenario de película musical. Walter Sotomayor, allí sigue, creciendo muy lejos de su Bolivia natal. A Anny su agencia, Associated Press, se la llevó un buen día a México y allí un mal día apareció muerta, sola, en su piso del DF. Y me cuentan que el portugués ha abierto un maravilloso restaurante con especialidades de su tierra. Ya hace unos años que me dieron las últimas noticias del inmenso Humberto Giannini.

Acababa de fallecer en esa sabana rojiza que eligió para vivir y para morir. Eran mis amigos. Siempre serán mis amigos, compañeros de grandes alegrías, de inmensas angustias, enormes risotadas y alguna que otra lágrima coreada por las cuerdas de una guitarra que Humberto había llevado desde Buenos Aires como si fueran las mismísimas reliquias de Santa Teresa de Avila.

Adiós, amigos.

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