Un café en Viva Veneto

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Un viejo paseo Un chispeante sol de otoño juega sobre la espesa arboleda y Via Veneto, la calle romana más famosa del mundo y del Cine, parece un estudio antes o después de un rodaje. Pero aquellos maravillosos y locos noctámbulos que le dieron celebridad con la película La dolce vita han sido reemplazados por turistas anglosajones que en lugar de degustar un martíni o un güisqui con hielo tragan aburridos refrescos. En este mes de otoño con pinta de invierno, Roma rezuma una paz que para aquellos que se paseaban por la vida a doscientos por horacon la puesta a punto de la muerte era una inquietud constante. En 1960, uno de los grandes genios del cine, porque también los hay pequeños y hasta enanos, Federico Fellini contaba La dolce vita. Era al comienzo de una época de prosperidad económica insoportable para Europa. Corría el dinero y la alegría de vivir de los momentos de crisis se convertía en angustia hacia un futuro que nadie podía, nosabía o no quería prever.Aunque a su salida en las carteleras provocó un enorme escándalo, es difícil definir lo que fue exactamente aquella obra. Irreverente sin ninguna duda, ya que vapuleaba a los poseedores del poder temporal y espiritual. Yo diría sencillamente que era una película políticamente incorrecta. Pero no es suficiente. Fellini dejaba entrever sus ansias del futuro en sus fotogramas en blanco y negro. Unas preocupaciones tanto en lo que se refería al estado de la sociedad, de la política y de la religión que tomarían cuerpo ocho años después con Mayo del 68, una “revolución” bastante sui generi y que el escritor francés Robert Merle califica con cinismo y lucidez de“una broma de estudiantes”. En las aceras amplias y lujosas como alfombras asfaltadas que recorren el pedazo de colina que toma la Via Veneto, Marcello Mastroianni, el periodista desesperadode La dolce vita, hace tiempo que ha desaparecido. La escultural y glacial Anita Ekberg que daba vida al pecado original sólo Dios sabe dónde estará. Y todos los demás personajes…

Hay un enorme vacío en esta calle de todos los pecados, de todas las ilusiones, de todas las ambiciones, aunque la asociación de comerciantes del barrio deja estallarsu orgulloso agradecimiento con cartelitos: “Grazie, Federico”. En algunos escaparates se ve al realizador. Y en el Café de Paris, donde la leyenda de lo infinito y de lodesconocido sitúa la marabunta noctámbula del periodista mundano, una serie de fotos plasman las imágenes de Marcello Mastroianni y de otras celebridades del cine que fue y que ya no es.

En la terraza al aire libre donde en La dolce vita todos aquellos que huían de una fea realidad que iría plasmándose como una verdad trágica e inevitable engañaban susangustias vitales con alcohol, gritos y mentiras, se ha transformado en una especie de invernadero con cristales de horrible “arquitectura”. Jaulas para turistas extranjeros, principalmente anglosajones, al lado de las cuales los romanos pasan displicentes, casi con el mismo cuidado que se lleva para no aplastar esos regalos que los canes del mundo entero suelen dejar esparcidos por las aceras, por aristocráticas que sean.

Aunque ya nadie quiera hacer cine que permita pensar y hacerse preguntas, esta maravillosa ciudad todavía huele a película fresca, como las pastas que sirven en el Café de Paris. Una camarera, demasiado joven para saber que tiene un cierto parecido con aquella señorona de la alta sociedad romana que encarnaba la francesa Anouk Aimée en lacinta de Fellini, me contesta con una sonrisa muy cinematográfica: “¿La dolce vita? ¡Claro que se acabó!”. Y me sirve una tremenda ensalada mixta con agua sin gas.

En la vecina Via Sextina, el propietario de una perfumería que se muere de ganas de hablar en medio de sus lujosísimos y probablemente inútiles potingues de eterna juventud, explica: “El mundo está totalmente cambiado. En aquellos años, que yo he conocido, en Cinecitta (los estudios cinematográficos de Roma) se rodaban a diariomultimillonarias superproducciones extranjeras, ya que la mano de obra era entonces muy barata. Desde Cleopatra a tantas y tantas películas “históricas” por allí desfilaron las más grandes estrellas de la pantalla, de Elizabeth Taylor a Richard Burton. Cuando por la tarde se terminaba el trabajo en los estudios, actores y realizadores se daban cita en los bares de Via Veneto y empezaba la juerga. Hoy los rodajes han cesado prácticamente. Y la dolce vita ha muerto”. Me quedan dudas sobre el fallecimiento porque no quiero que mis esperanzas se vayan para siempre. Uno sepasea por toda una vida con la ilusión de que nadie le robarásus sueños. Y yo me niego a que se los lleven de mala manera.

En una terraza de la parte baja de Via Veneto, donde me tomo un descafeinado con leche que no tiene nada que ver con el insípido brebaje que suelo absorber en el fondode España frente al mar, mis esperanzas dan un brinco. Un tipo esbelto, con traje que por lo menos ha salido de lostalleres de Armani, toma una copa de champaña apoyándoseen la puerta de un bar con luces tamizadas.Más allá,un bello romano como los que aquí se ven cada dos portres, elegantemente trajeado de azul oscuro, come conmordiscos hambrientos un modesto sándwich. Pero da la impresión de estar degustando un canard à l’orange (nada que ver con un vulgar pato a la naranja) en el gabinete privado del cardenal Mazarin cuando este singular primerministro de Luis XIV preparaba el robo del collar de la Reina quien, dicen cronistas, entre guerra e intriga, era su amante. El hombre tiene mucho del periodista mundanoMarcelo Mastroianni, que como casi todos los periodistas honestos – hay algunos – se mueren siempre de hambre y de sed.

Cuando cae la noche, vuelvo a encontrarlo con una sonrisa que Sergio Leone, otro grande de este cine italiano,hubiese filmado en primerísimo plano. Mi dandy metiende una tarjeta y me dice que en el restaurante que estáa sus espaldas se come como en ninguna parte. Cosas de cine.Este paseo tiene ya un tiempo, unos años. ¿Seguirá todo igual o hasta los recuerdos habrán sido borrados?

 

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