Lumumba, Carpe Diem

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Llovía como solo se había visto llover en Verviers, un pueblecito minero de los alrededores de Lieja, en una Bélgica próspera donde todavía los más desgraciados podían comer gracias al carbón que extraían de profundas y estrechas minas. El bar no tenía calefacción ni la necesitaba. El calor del montón de gente que se extendía por el mostrador y se apiñaba en las mesas pequeñas y destartaladas era suficiente para mantener una temperatura de hotel cinco estrellas con algún asterisco. Se hablaba en voz baja y en tres o cuatro lenguas. Los mineros, todos jóvenes, venían de países como Turquía o Francia. Otros con uniformes de soldado descoloridos por el uso y por la porquería miraban el vaso de cerveza y de vez en cuando pensaban en voz alta. -Qué cojones tenía el capitán Kramer. Todos sabíamos que no defendía a Lumumba por lo que le pagaba sino porque creía que podría convertir el Congo en un país de cuento de hadas. Qué quieres que te diga… Lo teníamos todo, diamantes, oro, los metales más raros y muchos cojones. Los belgas, que habían reinado y martirizado el Congo durante toda la vida, ya se estaban yendo y un puñado de blancos colonos creyó que había llegado el momento de hacer un país donde blancos y negros vivieran en paz y prosperidad. Yo formaba parte de su escolta cuando después de pegarnos una paliza, se llevaron a Patrice Lumumba para matarlo, despedazarlo dicen algunos, en Lubumbushi. Hubiera dado la vida por él.

El que hablaba tenía todavía colgando de la camisa los galones de sargento. Era de los que habían comulgado con el líder izquierdista o Dios sabe qué Lumumba, convencidos de que podrían ser felices después de la partida de los belgas. Pero pronto se desataron las ambiciones y las armas rugieron. Mil clanes para un país. Y a falta de combatientes empezaron a reclutarse mercenarios en Europa, soldados, jóvenes o viejos, que por un buen dinero, pero nada excesivo, estaban dispuestos a luchar por lo que le dijeran.

Alain, le llamaban así porque tenía un parecido con Delon, me enseñó su contrato de mercenario firmado por Mobutu, líder de una de las facciones.Todo eso había ocurrido hacía cuatro días como el que decía. Estábamos en el invierno de 1961 y los restos de Lumumba ni Dios sabía dónde estaban. Todos vociferaban que las fuerzas de la ONU habían contribuido a aquel desastre de un país dividido, cuarteado, despedazado. Lola, la chiquita que servía entre tanto macho, sin que ninguno se atreviese a ponerle una mano encima, pese a que no tenía más de veintidós años, se subió en una mesa y pegó una voz:

-¡Carpe Diem, coño!.

Todos quedamos callados, mientras el agua seguía cayendo detrás de la cristalera del bar y las jarras de cerveza parecían salidas del mismísimo Ártico.

-¡Yo no conozco a ese Carpe Diem de que hablas!, espetó un excombatiente de apenas 17 años que estaba borracho como una cuba.

– Animal de bellota –le dijo con calma y educación la muchacha, por algo había estudiado en la facultad de Ciencias sociales de la Universidad Católica de Lovaina–. Carpe diem es una expresión que quiere decir en latin, más o menos: “aprovecha el día, el momento, y no te fíes del mañana”.

El silencio reinó cuatro o cinco largos minutos, como si Patrice Lumumba hubiese entrado por la puerta y les hubiese puesto firmes a todos.

-Disfrutemos de este momento en que estamos calentitos, tomándonos una cerveza mientras en la calle llueve a cántaros.

Alain la miró con la boca abierta.

-Sabes más que un profesor que tuve en el liceo. Y además eres más bonita que la parienta que yo tenía en el Congo.

Todos estallaron en una carcajada. Lola rio con ellos, pero en sus ojos estaba el llanto contenido. Llevaba un año y pico en aquel bar, desde que se fue de la facultad cuando las autoridades belgas le avisaron que su esposo, que luchaba en el Congo en el banco de Lumumba había caído en una emboscada. Con el remordimiento de haber contribuido a aquella catástrofe, cuando aquellas tierras se llamaban el Congo Belga, el gobierno de Su Majestad había repatriado el cadáver hasta Bélgica. Lola ya había olvidado aquellos tiempos, cuando soñaba con enseñar lo que le habían enseñado en Lovaina. Pensaba sacar a los desgraciados de la calle y darles una posibilidad de vivir otra vida, no la de un minero o la de un parado como había tantos en los alrededores de Lieja. Cuando terminó aquel “minuto de silencio”, el murmullo de las conversaciones volvió a a apoderarse del local. El patrón había prohibido el juego pero los mineros turcos se habían inventado un juego. Se apiñaban en el ventanal y apostaba a las matrículas de los coches que pasaban constantemente. Unos se dejaban la paga que acababan de recibir al salir aquella misma tarde de la mina y otros se llenaban los bolsillos.

Entonces Alain se subió repentinamente a una mesa y gritó más fuerte que nunca:

-¡Viva Lumumba! ¡Que dios lo tenga en su gloria!

Todos corearon la propuesta con gritos y llanto.

Cuando acabó el barullo, Lola se subió en una mesa con sus faldas de gitana francesa de la que salían unas deliciosa piernas blancas y levantó muy alto una jarra vacía;

-Camaradas, ¡¡Carpe diem!!

 

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