Cuando Fidel liberó un hotel

Sergio Berrocal |Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando tienes emborronada la cabeza por lo que pudo ser y no fue nunca porque para eso está el destino acuérdate de cuando unos hotelitos de La Habana eran el refugio de tus ilusiones.Y eran mucho las ilusiones en aquellos años ochenta cuando Fidel Castro no había terminado un discurso y ya emprendía otro, a menos que fuese una lección magistral a cineastas de toda América Latina para que no se dejasen tentar por Estados Unidos. Hoy sería una desilusión. Algunos de los mejores realizadores de América Latina tiene un pie o los dos en Hollywood, pero, claro, yo les hablo cuando el argentino Fernando Birri, que ya se fue a otros platós donde probablemente rodará de nuevo algunas de las películas que le hicieron famoso, pero esta vez en olor de santidad, era el personaje que todos saludábamos con respeto y admiración. Porque aquella Habana era, ya no sé si ya seguirá siéndolo, me temo que no, una trinchera para los desesperados de la nostalgia que acudíamos desde Europa o desde Estados Unidos para encontrar un cine tan realista como el de Birri o con intenciones de serlo, porque no todo el mundo podía ser el Papa del nuevo cine latinoamericano que ya está envejeciendo y no es tan bonito como antes. La Habana tenía sus hoteles donde nos encontrábamos en general todos los que queríamos tener que ver algo con aquel cine, que tipos como Robert de Niro, entonces un chaval, venían a veces a admirar, a informarse. Estaba el regio Nacional, donde no iba cualquiera, el Capri, donde admitían a los menos afortunados como yo y el Habana Libre, donde mi hijo Toni y yo nos alojamos una noche porque era como leer una parte de la historia de Cuba.

Eran enseñas internacionales, donde todos los que habíamos transitado por Gander (Canadá), parada indispensable antes de La Habana City, nos encontrábamos de un modo u otro.Un año quise alojarme en el Habana Libre porque era la leyenda más auténtica que podía encontrarse. Por un problema en el Nacional, donde iban a acogerme por primera vez, emoción, nos mandaron a Toni y a mí una noche al Habana Libre. Me pareció que toda la historia de la Revolución se entremezclaba mientras entrábamos en busca de la recepción.

Guevara, Castro y la plana mayor de los que habían hecho lo que ya era la Cuba libre habían planeado allí más de una acción.Pero como éramos comodones europeos pusimos cara rara cuando nos dimos cuenta de que el papel de la habitación estaba casi despegado, que el teléfono no funcionaba. “Así debió ser”, me dije pensando en los tiempos heroicos cuando una cadena norteamericana lo fundó, antes de que Fidel se lo expropiara a la compañía Hilton. Sé que tenía, imagino que seguirá teniendo, 27 plantas, porque tuve que bajar una buena parte de ellas andando y otra en ascensor. Había reparaciones por todas partes y el teléfono de mi habitación no funcionaba.

Llegamos a las entrañas más profundas del edificio donde una dama de cierta edad nos vio entrar en su garito con cierta sorpresa. Le explicamos, nos explicamos y telefoneamos. Luego estuvimos un rato de charla con la empleada que hizo maravillosamente de cicerone, contándonos cómo cuando el gobierno cubano expropió el hotel a la compañía Hilton, le arrancó su nombre norteamericano y aunque los yanquis (era 1960) lo habían bautizado Habana Hilton pasó a llamarse Habana Libre. No dábamos crédito a nuestros oídos cuando la amable telefonista nos dijo cómo agentes de la CIA habían intentado por dos veces asesinar allí al mismísimo Castro. También nos habló de una tal Marita, que por lo visto era amante del Comandante, que los malos de esta película intentaron manipular para que envenenara a Fidel. Y hasta con cianuro quisieron liquidarlo en 1963 según creo recordar. Una verdadera película de terror. Todo esto lo he visto escrito en un diario español de prestigio por lo que pienso que algo habrá de cierto.

Cuando subimos a nuestra habitación mirábamos a todo el que encontrábamos de reojo, porque la verdad es que todo ese telefilme tan realista que la amable telefonista nos había contado nos puso el vientre revuelto. Dormimos con frio y miedo pero cuando amaneció y nos dimos una ducha salimos corriendo en busca del desayuno, que tenía lugar en una especie de terraza estilo español, o eso nos pareció –perdonen pero ya han pasado años—donde nos repusimos de todos los sobresaltos de la noche.

Lo más bello de aquella mañana fue una adorable concertista de piano que a la entrada de la enorme sala amenizaba el ambiente, aunque la mayoría de los huéspedes eran de una mala educación ejemplarizante. Estuve un rato echado sobre el piano de cola, con la sonrisa de la pianista y sus melodías, todas muy conocidas pero que a mí me parecieron como si las estuviese escuchando por primera vez. Estábamos en Cuba y pese a los turistas majaderos que no paraban de hablar, la música era tan rico como el desayuno.

Cuando salimos a la calle, nos volvimos al unísono y nos quedamos mirando un buen rato aquel edificio nada excepcional pero donde se había cocido parte de la historia de Cuba.Cuando nos instalamos en el Nacional, regio hasta más no poder, cómo echamos de menos el Habana Libre, la telefonista que nos había metido tantas maravillosas historias en la cabeza y aquella pianista de la que hubiese sido fácil enamorarse.Después de haber estado allí, con el fantasma de Fidel y del Che rondando por todas partes, el Nacional nos pareció un poco demasiado “comme il faut”, es decir, aburrido. Ni el malecón nos consoló.

Pensábamos en el Habana Hilton. Verdad o mentira, media verdad o no, qué más daba. Era la historia de las Revoluciones. Era la Revolución Cubana y eso bastaba.

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