Amigo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Te levantas una mañana temprano y al salir del afeitado te das cuentas de que solo te queda realmente un amigo, dos a lo sumo, pero no seas tan presumidos. Te percatas de que en realidad nunca tuviste amigos de verdad, de los que se pueden jugar el pellejo por ti o tú por ellos, de los que lloran cuando tu lloras y están dispuestos a tomarse el güisqui con Perrier aunque el agua francesa no les encante. Me maravilla de quien habla de sus amigos, de sus amigas con el aspaviento del plural a punto de estallar y estoy seguro de que no tendría a quien telefonear cuando le desborde la tristeza o la necesidad de confiarse a alguien. Nos criamos con la cabeza envuelta en héroes de ficción que ellos de verdad si fueron amigos porque les daba igual, estaban para eso. Soy de los que sigo emocionándome con los tres mosqueteros, de los que se le llenan los párpados de humedad pensando en Jean Valjean. Cuando éramos niño, hablo de mi vieja generación, ahora hay maquinitas, se hablaba de amistad en el colegio, en el instituto. Había pandillas que jugaban, que formaban un todo. Pero en realidad la amistad se veía con la adolescencia, se comprobaba con los años, cuando de pronto pides algo más que un pitillo, una sonrisa. En París, donde la vida no era tan acariciadora como la de Tánger, donde nadie me dedicó una sonrisa en mucho tiempo, aprendí que la amistad es casi siempre algo que depende de las circunstancias. Creo más en la amistad de las mujeres que de los hombres, porque tienen ese instinto que saben que las necesitas y les gusta estar allí, contigo, como un hijo, como un hombre o como lo que sea. Son superiores y te dan cariño, lo único que no puede comprarse.

Hoy, como hubiese dicho Jean Gabin cuando el mal humor le desaparecía detrás de una canción, solo tengo tres o cuatro amigos, contados, calibrados, capaces de echarme una mano al hombro cuando se te sube la pena por montera y te desesperas. Era en París. Un día de verano. Un accidente de auto. Unos gendarmes que te dicen noticias feas pero que no son para publicar sino para que te las metas en la cabeza, para que sepas que la parte más importante de tu vida se ha ido al carajo. Y no hay más que eso. Vuelven a ponerse el kepi, saludan y ahí te quedas con tu pena, compañero.

En la Agencia France Presse, había un montón de compañeros, de colegas, como dicen los franceses. Teníamos nuestra sección en español para América Latina y España. El carnicero de Buenos Aires ya había puesto firme a su pobre pueblo y algunos que escaparon se refugiaron entre nosotros, en aquella Redacción donde abundaban españoles, peruanos… Entre los que llegaron de las Américas corriendo había uno que se decía amigo mío. El día del entierro, cada catástrofe tiene su festejo, vino en representación de nuestra sección no el amigo del alma que él decía, Yago era más fiel y Otelo le hubiese cortado el cuello como a un pollo despellejado, sino otro redactor al que yo conocía muy poco. Un tipo cariñoso que luego nos comprendimos. El pobre maldito al que lástima que el General de Buenos Aires no lo hubiese cogido a tiempo entre dos coches sin placas, no había tenido tiempo de acercarse por el cementerio, que por cierto es muy bonito.

El amiguito corrido a patadas desde Buenos Aires a Madrid por expreso ni apareció para darme ese abrazo que por formalista no es menos necesario. Un día se murió él, el conquistador del universo, y desde luego que no me vieron a su lado.

Un amigo es este otro argentino –y miren que tenían mala fama en París—que es un enorme periodista y vive en la misma isla africana que yo, con sus problemas, su edad también, pero con dos hijas que le quieren y supongo le mimarán un poquito.Si en algún momento tengo una pena que soltar sé que lo tengo a una llamada de teléfono. Si nos necesitamos ahí estamos. Y no hemos hecho nada de extravagante el uno por el otro. Hemos sido compañeros de France Presse, él como el reportero que casi recogió el último suspiro de Salvador Dalí, y yo desde Madrid dirigiendo las maniobras de aquel gran momento periodístico.Creo que no necesitamos ni hablarnos y en realidad lo hacemos poco y por teléfono. Cuando descolgamos sabemos cuál es la temperatura ambiente y nos contamos nuestras cosas, que cada día están más encerradas y nos apreciamos, creo yo.

D’Artagnan tuvo también pocos amigos, y su única mujer, la mujer de su vida, se la mató aquella malévolamente bella Milady, con la que tuvo también un idilio maravilloso, el más fiel, el que dura una sola noche.Ya sé que algunos de los que lean esto me llamarán de todo. Incluso alguno de los poquillos amigos que andan por ahí, por el mundo sueltos. Porque dicen que es exhibicionismo. Si fuera millonario escribiría y presumiría de mis millones. Como nada más que tengo recuerdos, pues los brindo estas reflexiones por si les sirven de algo. Hagan cuentas.

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