Adiós, maestro

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Una de las grandes emociones que todavía siento es cuando tengo que identificarme telefónicamente en mi banco y tras preguntarme mi fecha de nacimiento y otros detalles para identificarme me preguntan cuál es mi libro preferido y yo contesto “El viejo y el mar”. Mi gozo es cuando la mujer, que por su voz me parece joven, acoge mi respuesta con una sonrisa de gozo.“El viejo y el mar” fue su mejor obra cuando ya tenía la respetable edad de 61 años, y después de haber luchado mucho con la máquina para conseguir algo que le distinguiera, que le hiciera recordar, ambición de cualquier escritor. La historia del viejo pescador cubano que fracasa después de tanto esfuerzo para arrastrar a la orilla a una presa enorme es la historia de todos nosotros. De todos los que nos levantamos todas las mañanas con la ilusión de que ese día va a ser diferente, mejor, quizá glorioso.Hemingway había tecleado mucho cuando por fin se metió a escribir esa historia que transcurre en la playa de Cojimar, muy cerquita de La Habana. Había escrito “Fiesta”, que es una linda novela pero que quizá mucha gente no entendió, por lo que no llegó a ser el chef d’oeuvre con el que todos los que escribimos soñamos. Era en 1926 y la alegría, el gozo de “El viejo y el mar” no llegaría hasta 1952.

Es muy difícil saber lo que cuesta escribir, lo que cuesta creer que pronto vas a conseguir esa historia que dejará a la gente boquiabierta, encantada y que por fin serás un hombre.Mientras maduraba la historia del pescador, Hemingway nos había enseñado que la vida es una partida de póquer en la que raramente ganas. Que se pierde más a menudo que se triunfa. Y probablemente corriendo por París en busca de la gloria inventó el término de loser (perdedor). El no lo era, ni mucho menos, tenía dinero más que suficiente, con unos cuantos dólares podías comprar casi la torre Eiffel pero en todo caso frecuentar los restaurantes más elegantes, como la Closerie des Lilas, correr por toda Europa haciendo reportajes y escribiendo. Fue un tipo feliz, suertudo pero no le bastaba con lo que conseguía.

Iba de guerra en guerra, se chuleaba del militar más prestigioso de Francia, presumía de haber vaciado las bodegas del Hotel Ritz de París cuando “liberó” la capital de la presencia alemana, adelantándose a las tropas regulares. Fue lo que los españoles llaman un chulo, o un señorito chuleta. Parecía que el mundo era suyo y eso que todavía no había escrito “El viejo y el mar” ni había tenido el Nobel de Literatura. Y era casi un cincuentón cuando “conquistó” París y dice incluso que bailó con Marlène Dietrich en el Ritz sin que ella llevara como vestido más que un abrigo de pieles.

Pura chulería, sin duda. Pero ya se le veía la angustia de no llegar. La prueba es que se pegó el tiro en 1961, con 61 años. ¿Corría tanto porque sabía que, tirase por donde tirase, terminaría como su padre, médico de Oak Park, que también había elegido la misma forma de quitarse de en medio?

Porque no cabe en cabeza humana, en nuestras cabecitas quiero decir, que después de la gloria del pescador y del Nobel decidiese terminar su ciclo con una escopeta entre las manos.Recientemente he descubierto un libro que odio profundamente. Se titula “Mrs Hemingway”, lo ha escrito una tal Naomi Wood y y durante 279 páginas es el relato de las mujeres que pasaron por la vida del escritor. Leyéndolo sin demasiada información da la impresión de que es imposible que Hemingway tuviese tiempo para convertirse en un portento de la literatura, de haber escrito obras que nunca pasarán de moda. Son 279 páginas de aventuras femeninas, con su primera mujer, con la segunda, con la que fuera. Borrachín y mujeriego.

Aunque mirándolo bien es una alegría. Un tipo sin grandes dotes que se sepa que fuese capaz de escribir cientos de reportajes, miles de páginas de novelas, miles de miles de literatura de la mejor, emborracharse cada dos por tres y además ocuparse de mujeres que no le dejaban ni un instante de respiro… Uff.

Pero si fue tantas cosas a la vez, bravo. Entonces es cuando le tenemos más envidia. Porque aparentemente no era el escritor encerrado en su torre de marfil dándole desesperadamente a la máquina de escribir hasta conseguir ser el mejor, el más grande, el que más ha influido en nuestra juventud. Era un dios bajado del Olimpo. Me recuerda a la historia del dios Zeus, cuando había dioses, que se enamoró locamente de una muchacha y para conquistarla de una forma muy sui generi se transformó en cisne y se arrojó sobre ella, hasta dejarla embarazada.

Creo que Ernest Hemingway no fue ningún dios, sino un hombre que escribía desde que salió del liceo (no fue a ninguna universidad, ni buena ni mala) y se propuso ser el mejor. Como hacemos los pobres.

Quién sabe si no tenía un pacto con cualquier diablo de esos de que nos habla el Papa de vez en cuando que a cambio de todo el talento del mundo tendría que irse al infierno rápidamente. ¿De ahí el tiro que resonó como las campanas de “Por quién doblan las campanas”?Desde luego, Hemingway no fue un escritor cualquiera, generalmente mediocre y sin más talento que fastuosas editoriales que convencen al mundo del valor de los autores que lanzan. Hemingway no tuvo ni siquiera esa maldita televisión que lo invade todo y lo vende todo. Y que, por supuesto, hace que la gente compre lo peor de la literatura sin rechistar.

Pero Hemingway tuvo, humanidad, perseverancia y talento.

 

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