El abrazo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Leo, y leo cualquier cosa. Ese periódico-almanaque-bloc de notas universal que es Face Book, y que han inventado los norteamericanos, naturalmente, los europeos nos limitamos a escribir con o sin faltas de ortografía en esa publicación que conoce el mundo entero, es algo tendenciosamente delicioso. Hoy me ha alegrado la vida con una frasecita muy simple pero que me ha hecho feliz, qué quieren ustedes los europeos somos gente simple y siempre con una canción de Charles Trenet en la cabeza, aunque sea aquella que habla del mar, que por cierto yo tengo bajo mis ventanas y ni le hago caso. Porque no es el mar al que cantaba con su voz inimitable el cantante francés. La frase a la que me refiero es de lo más simple, hasta a mí se me podía haber ocurrido; “Ojalá hoy te den un abrazo de esos que te cierran los ojos”.No sé quien la ha escrito, si ha sido Quevedo, Cervantes, Victor Hugo o cualquier escritor moderno y analfabeto. O un aficionado. Pero me da igual. Me ha regalado un cachito de felicidad y cuando se acerca el invierno europeo, cuando el mundo es un revoltillo de guerras, revoluciones hechas hasta con una enorme biblia en mano (¡que eso haya ocurrido en una foto que me remiten desde Bolivia me da risa!) y de hambre a porrillos y estafas políticas que ya no sabemos qué hacer con ellas. Llevo esperando mucho tiempo encontrarme a alguien en la calle, por la que voy pensando en la coyuntura mundial, en el hambre de esos niñitos africanos a los que les miden sus muñequitas raquíticas, que se me abalance y que, sin yo esperarlo, ni imaginarlo, me de un abrazo que me cierre los ojos. Prometo no abrirlos hasta que el conductor del autobús que me avisa de un inminente atropello me llame la atención. Y con todo y con eso, si es un abrazo que de verdad venda mis ojos como aquella canción que decía “Humo en los ojos al encontrarnos, al abrazarnos el mismo cielo se estremeció”, entonces me atropellará el bus.

Estoy dispuesto a que me pille un coche, no muy fuerte, no exageremos, con tal de vivir esa experiencia. Y si, además, cuando abra los ojos me encuentro con esa carita de Jean Seberg que un día amé sin que ella me hiciera ni puñetero caso, pues imaginen la felicidad.Aclaro. Jean Seberg fue la maravillosa intérprete de “A bout de soufle”, donde vendía periódicos en los Campos Elíseos y encuentra a un Jean-Paul Belmondo guapetón. Era en 1962.

Pero no tengo ninguna esperanza de que me ocurra tamaña aventura. Porque si de verdad alguien –pero por favor, que sea bonita, tengo una cierta debilidad por las mujeres bonitas, ustedes perdonen—me da ese abrazo tan espantosamente formidable como para que mis ojos se cierren, prometo llevar un ramo de flores a la virgen de una iglesia de esta isla africana donde a menudo entro un rato para charlar con Jesús y con una chiquilla que conocí hace ya muchos años.

Les confieso que yo ya soy un señor que ha pasado la edad de los amores que florecen en una esquina al comprar el periódico, aunque ya poco hay que leer. Pero como uno tiene sus letrillas fui un gran admirador de “Lolita” aquel libro que escribió Vladimir Nabokov por los años 1955 creo recordar. Es una joyita sobre todo para los que amamos a Anais Nim y otros autores que nunca le han tenido miedo a esos caimanes de la censura.

Lolita es el enamoramiento de una niñita, aunque no tanto, por un señor atractivo y mayor o si ustedes quieren, la pasión de un señor mayor por una jovencita. Hay incluso una película.Pero pese a los años he tenido mis cositas. Hay muchachas jóvenes a las que les gustan los señores mayores, porque, según los psicólogos, les dan más seguridad en la cama y en las tiendas. (Yo creo que sobre todo en las tiendas) Recientemente ha habido un matrimonio de ese tipo con una muchacha que solo pueden permitirse los jugadores multimillonarios de pega patadas a los balones de fútbol. Pero, bueno, dejémonos de monsergas. Yo me conformaría con que una de estas mañanas que salgo a buscar los periódicos, dos y franceses, los otros son pura basura, pueda contar al regresar; “Hace un rato me han dado un abrazo de esos que te cierran los ojos”.

 

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